- Otro inglés
a la carga

- El monitor se pasea por la música. Vuelve la leyenda

 CRONICA
- Truhán
- Guía de la medicina natural
- Condoleezza Rice
La nueva dama de hierro
- Helena Ibarra
en su tinta
BELLEZA
- Nocturna belleza
SALUD
- Recupérese después del parto
MODA
- Simpáticas
COCINA
- Ricas ensaladas con quesos franceses
MASCOTAS
- Saludables y felices
 CRIMENES
 HOROSCOPO
 HUMOR
 MAYTTE
 CRUCIGRAMA
 ARCHIVO
 CONTACTENOS
 
  Truhán
Rosa Elena Pérez

 

Los emblemas del éxito resplandecían en él cual medallas rigurosamente obtenidas en la arena pugilística que es la vida. Y es que ésta no le fue fácil, por ello, a punta de codazos, puntapiés y trastadas se fue haciendo un nombre casi insustituible en el mundo de las artes escénicas y los fantoches, ganado más por sus bribonerías y artilugios que por sus virtudes. La mascarada era su ámbito; la verdad, su más firme contendora; el plagio, su arma.

Al comienzo -dentro de espacios polvorientos y oscuros de teatros clausurados por el dudoso prestigio de obras pasadas- fue desplegándose entre los de su misma especie. Sus encantos poseían la calidad de una anémona que se adhería a todo ejemplar que pudiera ofrecerle un peldaño más para la carrera que se había propuesto iniciar. Así iba puliendo las habilidades que por vía genética le habían sido conferidas, al tiempo que crecía en experiencia y adquiría mayor confianza en su cualidad rastrera. Inmune a cualquier señal que exigiera de él una actitud no tan cargada, al menos, de la indiferencia que lo acompañaba de continuo, fue desarrollando una musculatura apta para la violencia, lo que hacía singularmente tenso cualquier ambiente en el que se introdujera. De modo que así se efectuó el incubamiento de una criatura sobresaliente en el arte de ser versátil y simultáneamente perverso.

Las tablas, pues, fueron el marco para una vida que se construía en clave de emboscada. Los personajes arrogantes, narcisistas, plenos de falacias, urdieron su repertorio en el que la vileza destacaba como un estandarte. Así, durante los ensayos de ciertas tragedias dejaba evidenciar la ferviente excitación que le producía observar el veneno derramándose a través de los labios de algunas de sus víctimas. Minutos antes de tan peculiar escena, surgía en él un histrionismo contenido que lo convertía en un ser penetrado por una energía desbordante y siniestra. En ocasiones, prestábase a dar forma a personajes audaces, seductores, donjuanescos, pero estos poseían tal carga de pintoresquismo y luminosidad que no cuadraban del todo con la esencia obscura y ruin que de él emanaba espontáneamente.

Nunca aceptó roles en los que la sencillez y la humildad fueran centrales: la madera de la que estaba hecho le impedía comprender, incluso de modo epidérmico, la naturaleza de tales virtudes. Por lo tanto, cualquier atisbo de claridad en los seres que representara lo terminaban haciendo sentir una incómoda repugnancia, un repudio instintivo estrechamente vinculado a su personalidad macabra.

Ya en la cúspide de su carrera, cuando encarnaba al malvado Iago de Othello -personaje que calzó con ufana precisión en su sugestivo estilo- arrancó de su público sombrías ovaciones, pavorosos aplausos producidos por una especie de éxtasis que la mayoría de las veces resultaba aterrador, pues fascinaba de manera hipnótica a un auditorio inocente y más bien predispuesto al engaño. En ese momento, asumía la máscara de la humildad falsa y flaca, de la carente modestia; no obstante, la arrogancia bullía bajo sus facciones enmascaradas y una veta maléfica recorría su rostro haciéndolo lucir como un engendro contrahecho de obscuras intenciones. Le era difícil borrar la mirada turbia y el tono jactancioso en los discursos que pronunciara a modo de agradecimiento, pues la sed de violencia lo iba azotando como una fiebre que fulminaría a su presa. Incluso llegó a tal grado de corrupción, que en las pequeñas celebraciones efectuadas después de una función y donde se encontraban sus admiradores más allegados, promovía hazañas desquiciantes que él mismo protagonizaba bajo el frío inhóspito de la noche.

Ya al final de su vida, el derrumbamiento de todo su talento fue inminente a partir de una noche en que sufrió un desenmascaramiento frente a lo más selecto de su público. La celada fue tramada por un grupo de colegas que se hallaba hastiado de tanta aclamación injusta. La humillación sufrida resultó tan desmoralizadora para su elevado ego, que su destreza en las tablas terminó siendo empleada en el escenario de un circo de pacotilla que al pasar por un camino lo recogió caritativamente para darle algún cargo de ayudante de payaso o de celador de animales. l

rosa_elena_perez@hotmail.com

 
volver a eluniversal.com | ir arriba
 
Contáctenos | Tarifario | Publicidad en línea | Política de privacidad
Términos Legales | Condiciones de uso