|
Los emblemas del éxito resplandecían
en él cual medallas rigurosamente obtenidas en la arena pugilística
que es la vida. Y es que ésta no le fue fácil,
por ello, a punta de codazos, puntapiés y trastadas se fue
haciendo un nombre casi insustituible en el mundo de las artes escénicas
y los fantoches, ganado más por sus bribonerías y
artilugios que por sus virtudes. La mascarada era su ámbito;
la verdad, su más firme contendora; el plagio, su arma.
Al comienzo -dentro de espacios polvorientos
y oscuros de teatros clausurados por el dudoso prestigio de obras
pasadas- fue desplegándose entre los de su misma especie.
Sus encantos poseían la calidad de una anémona que
se adhería a todo ejemplar que pudiera ofrecerle un peldaño
más para la carrera que se había propuesto iniciar.
Así iba puliendo las habilidades que por vía genética
le habían sido conferidas, al tiempo que crecía en
experiencia y adquiría mayor confianza en su cualidad rastrera.
Inmune a cualquier señal que exigiera de él una actitud
no tan cargada, al menos, de la indiferencia que lo acompañaba
de continuo, fue desarrollando una musculatura apta para la violencia,
lo que hacía singularmente tenso cualquier ambiente en el
que se introdujera. De modo que así se efectuó el
incubamiento de una criatura sobresaliente en el arte de ser versátil
y simultáneamente perverso.
Las tablas, pues, fueron el marco para una
vida que se construía en clave de emboscada. Los personajes
arrogantes, narcisistas, plenos de falacias, urdieron su repertorio
en el que la vileza destacaba como un estandarte. Así, durante
los ensayos de ciertas tragedias dejaba evidenciar la ferviente
excitación que le producía observar el veneno derramándose
a través de los labios de algunas de sus víctimas.
Minutos antes de tan peculiar escena, surgía en él
un histrionismo contenido que lo convertía en un ser penetrado
por una energía desbordante y siniestra. En ocasiones, prestábase
a dar forma a personajes audaces, seductores, donjuanescos, pero
estos poseían tal carga de pintoresquismo y luminosidad que
no cuadraban del todo con la esencia obscura y ruin que de él
emanaba espontáneamente.
Nunca aceptó roles en los que la sencillez
y la humildad fueran centrales: la madera de la que estaba hecho
le impedía comprender, incluso de modo epidérmico,
la naturaleza de tales virtudes. Por lo tanto, cualquier atisbo
de claridad en los seres que representara lo terminaban haciendo
sentir una incómoda repugnancia, un repudio instintivo estrechamente
vinculado a su personalidad macabra.
Ya en la cúspide de su carrera, cuando
encarnaba al malvado Iago de Othello -personaje que calzó
con ufana precisión en su sugestivo estilo- arrancó
de su público sombrías ovaciones, pavorosos aplausos
producidos por una especie de éxtasis que la mayoría
de las veces resultaba aterrador, pues fascinaba de manera hipnótica
a un auditorio inocente y más bien predispuesto al engaño.
En ese momento, asumía la máscara de la humildad falsa
y flaca, de la carente modestia; no obstante, la arrogancia bullía
bajo sus facciones enmascaradas y una veta maléfica recorría
su rostro haciéndolo lucir como un engendro contrahecho de
obscuras intenciones. Le era difícil borrar la mirada turbia
y el tono jactancioso en los discursos que pronunciara a modo de
agradecimiento, pues la sed de violencia lo iba azotando como una
fiebre que fulminaría a su presa. Incluso llegó a
tal grado de corrupción, que en las pequeñas celebraciones
efectuadas después de una función y donde se encontraban
sus admiradores más allegados, promovía hazañas
desquiciantes que él mismo protagonizaba bajo el frío
inhóspito de la noche.
Ya al final de su vida, el derrumbamiento de
todo su talento fue inminente a partir de una noche en que sufrió
un desenmascaramiento frente a lo más selecto de su público.
La celada fue tramada por un grupo de colegas que se hallaba hastiado
de tanta aclamación injusta. La humillación sufrida
resultó tan desmoralizadora para su elevado ego, que su destreza
en las tablas terminó siendo empleada en el escenario de
un circo de pacotilla que al pasar por un camino lo recogió
caritativamente para darle algún cargo de ayudante de payaso
o de celador de animales. l
rosa_elena_perez@hotmail.com
|