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Un problema
global

La Organización Mundial
de la Salud (OMS) dice
que la hepatitis C se
asemeja a una “bomba
de tiempo”. Más de 180 millones de personas
están infectadas con
el virus y 130 millones
de esos enfermos son portadores crónicos
en riesgo de desarrollar cirrosis y hasta cáncer
de hígado. Lucía Lecuna

Foto: www.latinstock.com.ve/corbi/M. Thomsen

El higado, órgano situado en el lado derecho del abdomen, constituye el laboratorio principal del organismo humano, donde se metaboliza lo que ingerimos para que el cuerpo lo aproveche o lo deseche a través de la bilis. Sus funciones son sintetizar sustancias útiles para el cuerpo (por ejemplo, para la coagulación) y desintoxicar o eliminar las sustancias tóxicas para el organismo. Una de las enfermedades que cada día afecta con mayor frecuencia a niños y adultos es la hepatitis o inflamación de las células llamadas hepatocitos, los cuales componen la parte mayor y más importante del hígado. El daño que genera la hepatitis hace que el hígado falle incluso en tareas necesarias para el buen funcionamiento de otros órganos. Ocasionalmente, podría ser éste el primer paso para el desarrollo de cirrosis y, la patología más fatal de todas, cáncer de hígado.

Según la Organización Mundial de la Salud hay dos mil millones de personas que están infectadas con los virus de las hepatitis B y C en todo el mundo. De estas, más de 350 millones sufren infecciones crónicas el resto de su vida. En Venezuela la hepatitis C se encuentra en alrededor del 1,5% de la población llamada sana, y la mayoría de ese porcentaje no presenta síntomas. Los habitantes de los estados occidentales de Venezuela son los más afectados, según cifras del Ministerio de Salud y Desarrollo Social.

El doctor Vicente Lecuna Torres, médico gastroenterólogo y especialista en hígado del Centro Médico de Caracas y ex jefe del Servicio de Gastroenterología del Hospital Clínico Universitario de la Universidad Central de Venezuela, explica que la hepatitis ocurre como consecuencia del ataque de un virus o cuando aparecen alteraciones inmunológicas que repercuten en este órgano.

Las hepatitis virales se clasifican, básicamente, en las que surgen como consecuencia de los virus A, B y C. Cada virus se diferencia en su estructura y forma de afectar al hígado. Otras hepatitis menos frecuentes, pero que pueden ser severas, ocurren luego de los ataques de otros virus como la mononucleosis infecciosa, el citomegalovirus, el herpes y el dengue,  entre otros.

Los virus de la hepatitis hoy día afectan a más personas que el virus del sida y su contagio es particularmente elevado en el continente asiático donde ocurre de manera vertical —durante el momento del parto, de madre a hijo—, así como en Africa, América Central y América del Sur.

Las hepatitis virales afectan al hígado de forma aguda. Los virus B y C pueden evolucionar hacia formas crónicas; es decir, alojándose en el hígado de por vida,
si no son tratados.


 

 

 

 

 


En cuanto al contagio

Las personas más propensas a contagiarse de hepatitis y evolucionar hacia la cronicidad son aquellas que tienen un sistema inmunológico deficiente. Es el caso de niños pequeños, ancianos, personas con cáncer, aquellos que reciben tratamientos que afecten el sistema inmunológico (por ejemplo, quimioterapia) y quienes padecen el síndrome de inmunodeficiencia por el VIH.

“La hepatitis A se contagia de forma alta en la infancia y generalmente ocurre sin manifestaciones clínicas (ictericia o tez y ojos amarillosos). Su diagnóstico requiere pruebas del hígado porque el paciente sólo presenta síntomas gripales”, señala el doctor Lecuna. Su propagación entre los niños ocurre a través del intercambio de cualquier secreción corporal, como moco, saliva o tos. Este tipo de hepatitis no tiende a evolucionar hacia la forma crónica y no deja secuelas en el paciente.

La hepatitis B se contagia principalmente por contacto sexual y por transmisión vertical (madre a hijo).

La hepatitis C se contagia por el contacto de una persona sana con sangre infectada
o sus derivados. Puede ocurrir durante intervenciones quirúrgicas u odontológicas, la aplicación de tatuajes permanentes, los contactos sexuales violentos y la colocación de piercings. El gastroenterólogo subraya que “desde hace más de diez años se hacen pruebas rigurosas que descartan el virus de la hepatitis B y C en las bolsas para las transfusiones, por lo que no se debe generar un temor a recibir ni a donar sangre”.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha declarado hace poco que la hepatitis C se asemeja a una “bomba de tiempo”. Se señala que “más de180 millones de personas —3% de la población mundial— están infectadas con el virus. De esos enfermos 130 millones son portadores crónicos en riesgo de desarrollar cirrosis en el hígado y/o cáncer”. Entre unos tres y cuatro millones de personas se infectan cada año, de las cuales 70% desarrollará, lamentablente, hepatitis crónica.
Otro dato de la OMS es que “el virus de la hepatitis C es responsable de entre 50 y 76% de todos los casos de cáncer de hígado, así como de dos tercios de todos los trasplantes de hígado que se realizan en las naciones desarrolladas”.

Atención a los síntomas

Un síntoma frecuente en los enfermos con hepatitis, sobre todo en la mayoría de los pacientes adultos, es la presencia de dolor leve y constante en el lado derecho del abdomen, a la altura del hígado (costillas inferiores). Ese dolor lo genera la inflamación del órgano por distensión de la cápsula o tejido que lo envuelve.
Otros síntomas que producen las hepatitis agudas se asemejan a los de una gripe, seguidos por ictericia y orinas oscuras.

Las hepatitis crónicas generalmente son asintomáticas, pero algunos pacientes presentan cansancio o debilidad. Cuando son diagnosticadas, normalmente se observa un aumento en el conteo de las transaminasas, una sustancia que segrega
el hígado en cantidades elevadas cuando hay muerte de los hepatocitos. “Toda persona con una elevación, aunque mínima, de las transaminasas, debe ser evaluada. Es lamentable y relativamente frecuente atender a un paciente que tuvo
las transaminasas levemente elevadas, y que, en su momento, su médico le restara importancia”, apunta Lecuna.

Las hepatitis crónicas requieren determinar la cantidad de virus existente en sangre
y a cuál genotipo (B ó C) pertenece. Es probable que se le indique una biopsia hepática al paciente con hepatitis B ó C crónica, la cual afinará el diagnóstico
y pronóstico. Este procedimiento se realiza mediante una extracción de tejido hepático, con el paciente bajo anestesia local. El especialista destaca que “muchos casos de cirrosis y de venas esofágicas surgen como consecuencia de una hepatitis que, para el momento de la consulta, se encuentra en un estado avanzado”.




Tratarse como es debido

Cada caso de hepatitis crónica requiere un tratamiento individualizado, y es el médico especialista quien determinará los factores a considerar para aumentar o disminuir las dosis de los medicamentos.

Las hepatitis crónicas por el virus C requieren tratamiento por períodos de varios meses, con la administración de interferón pegilado y ribavirina. “Recientemente, los medios científicos han publicado los resultados de nuevos medicamentos con menos efectos secundarios. Ya se dispone de adefovir dipivoxil o el entecavir para la hepatitis B”, anuncia Lecuna.

Las hepatitis agudas, en general, no requieren tratamiento. Excepcionalmente, algunos pacientes con hepatitis B aguda severa reciben interferon o lamivudina.
Lecuna recuerda que hace unos años el tratamiento para los pacientes con hepatitis aguda requería aislamiento, reposo estricto y dieta. Hoy día se ha comprobado que esas medidas no aportan beneficios para evitar la dispersión del virus. El reposo
y la dieta dependerán del malestar del paciente.

Más vale prevenir

Desde el año 1982, según la OMS, más de mil millones de vacunas para la hepatitis
B se han administrado en todo el mundo. La vacuna consiste en tres dosis de inyecciones intramusculares. Su efectividad  es de 95%, previniendo el desarrollo
de infecciones crónicas si aún no se está infectado. En muchos países donde
entre ocho y quince por ciento de los niños solía desarrollar una infección crónica
por el virus de la hepatitis B, la tasa ha disminuido a 1% gracias a la vacuna.

Las vacunas para la hepatitis A y B se
deben reforzar cada cinco o diez años.
No existe vacuna para el virus
de la hepatitis C, aunque se está
desarrollando mucha investigación
en torno a ella.

Los especialistas recomiendan lavarse
las manos con agua y jabón después
de haber ido al baño, luego de cambiar
los pañales a un bebé, así como antes
de preparar los alimentos o comer.
Aquellos que están infectados con la hepatitis
B deben habituarse al uso de preservativos o condones pues es la única forma
de proteger a su pareja.  Así mismo, deben informar a sus tratantes sobre esta condición, más aún si necesitan cirugía o tratamientos odontológicos.

Los padres pueden solicitar la vacuna de las hepatitis A y B a los pediatras. Esa vacuna funciona para los adultos que no están inmunizados. El MSDS y algunas alcaldías promueven jornadas de vacunación en los principales hospitales y centros comunitarios de todo el país.

Para mayor información:

twww.who.int
www.msds.gov.ve

 

 
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