El secreto de la verdadera
pasión
Para que la llama de la pasión entre dos personas no se extinga nunca sólo existe un secreto: las
relaciones de pareja necesitan
más introspección y menos romanticismo. El amor es un
desafío existencial, y la recompensa es una vida sexual que se enriquece y es cada vez más satisfactoria con el tiempo. Elizabeth De Vita- Raeburn
Cuando mi esposo y yo éramos
novios y empezamos a salir, inmediatamente nos convertimos
en una de esas parejas impulsivas
que no podían dejar de acariciarse todo el tiempo. Nos besábamos
cada vez que nos parábamos
en una esquina para cruzar
la calle; en Nueva York, ese
es un comportamiento un tanto extraño. Eramos tan descarados —no había un instante en que no estuviésemos amapuchándonos— que cuando uno de los restaurantes que solíamos frecuentar eliminó las mesas y se convirtió en un local de comida sólo para llevar nos preguntamos si nuestra actitud tenía que ver en dicha decisión. Una vez, mientras nos despedíamos con un beso en plena calle —debo admitir que fue una despedida bastante larga— un grupo de muchachos literalmente nos separó para poder pasar.
Nuestra relación fue incluso mucho más allá: terminamos casados. Al igual que la mayoría de las parejas movidas por la pasión, éramos presumidos. Estábamos convencidos de que todos esos clichés según los cuales el fuego pasional termina apagándose con el tiempo se referían única y exclusivamente a aquellas parejas que no estaban hechas el uno para el otro. Pero poco a poco las cosas fueron enfriándose. Aún nos amábamos, aún nos tomábamos de la mano. Sin embargo, los besos en el cruce peatonal y los abrazos apasionados en el andén del metro fueron desapareciendo. En lugar de pasar muchas horas juntos en la cama los fines de semana, empezamos a levantarnos temprano para ir al gimnasio.
No podía evitar darme cuenta y torturarme por lo que eso significaba. Tendría que haber sido una tarada durante los últimos 10 años para no saber que actualmente la mitad de los matrimonios termina divorciándose, y que una de las principales quejas de las parejas disfuncionales tiene que ver con los problemas sexuales. ¿Acaso fue así cómo empezó todo?
Fue un consuelo saber que muchísimos otros enfrentan la misma situación. En un importante sondeo de opinión sobre deseo sexual, casi una tercera parte de los adultos encuestados respondió que habían tenido ciertas dificultades sexuales en los últimos 12 meses. Algunos expertos atribuyen la culpa a la política del género, el estrés laboral y los cambios culturales. Otros, rayando en lo cínico, a la monotonía del matrimonio. No obstante, todas estas explicaciones plausibles, y socialmente aceptables, ocultan una verdad más inquietante: el sexo, y más importante aún, las relaciones de pareja, son destrezas de adultos, y la mayoría de nosotros, metafóricamente hablando, aún estamos en pañales. Todavía nos aferramos a la idea del romanticismo, cuando en realidad las verdaderas relaciones íntimas en una pareja requieren algo mucho más difícil: superar nuestros límites para ser personas más auténticas.
Es un hecho que dos personas que tienen contacto íntimo terminan pensando casi igual con respecto a la mayoría de las cosas. Se conectan casi a la perfección, particularmente en la cama. Sin embargo, con base en las ideas radicales del terapeuta sexual y consejero matrimonial David Schnarch, “la mayoría de las personas tiene una idea equivocada de lo que significa relaciones de pareja”, explica. “Solemos creer que es nuestro compañero o compañera quien tiene que hacernos sentir bien y darnos su aprobación”. Ese es el concepto cultural que tenemos del amor “verdadero”. Pongamos el ejemplo de Tom Cruise en la película Jerry Maguire, cuando le declara su amor a Renée Zellweger: “Tú me complementas”, le dice, con voz temblorosa.
Salvo en las películas, nadie tiene un matrimonio así. Es más, agrega Schnarch, nadie debería tenerlo. Es cierto que la frasecita “tú me complementas” funciona, pero sólo al principio de una relación. Incluso es graciosa. Al igual que en las carreras de tres piernas (en las que la pierna derecha de una persona es atada a la pierna izquierda de su compañero), las parejas sienten una satisfacción plena al funcionar inseparablemente con una fluidez perfecta. Pero cuando tratan de mantener esas ataduras indefinidamente, la realidad se interpone. Dos personas nunca van a estar de acuerdo en todas y cada una de las decisiones que deben tomar. Llegará el momento en que una o ambas se cansarán de estar complaciendo a la otra constantemente, o bien al dejar de expresar lo que sienten, hacer lo que la otra dice o apoyarla en todo.
Tarde o temprano, muchos de estos matrimonios “de tres piernas” terminan fracasando. Ambos se sentirán cada vez más frustrados por la aparente falta de disposición de su pareja de estar de acuerdo siempre con ella —y eso los molesta sobremanera. Es en ese instante en el que surge el conflicto entre verdadera intimidad en una pareja e ilusiones, cuando muchos de nosotros nos damos cuenta de que el sexo ya no es como antes. Pero aún cuando muchos temen que ese es el principio del fin, Schnarch afirma que es precisamente en ese momento cuando, a menudo, las cosas finalmente empiezan a ir bien. Significa que el matrimonio comienza a entrar en el implacable proceso de hacer lo que se supone debería hacer: alejarnos del ejemplo de pareja ideal Renée-Tom y obligarnos a conocernos a nosotros mismos como personas.
La verdadera relación de pareja es aterradora a veces. Requiere una suerte de honestidad y respeto por uno mismo a los que muchos no estamos acostumbrados. No obstante, 30 años de experiencia aconsejando a parejas disfuncionales han bastado para convencer a Schnarch de que vale la pena hacer el esfuerzo. Una conexión realmente íntima entre adultos es menos volátil, porque las personas se preocupan menos por lo que su compañero hace o deja de hacer para apoyarlo siempre en todo lo que hace. También es más sólida, porque se basa en la realidad. “En fin, logran salir del atolladero y llegar a un punto en el que cada uno se presenta tal cual y como es, en el que lo verdaderamente importante es darse a conocer y no esperar la aprobación del otro”, agrega. Lo mejor de todo es que casi siempre surge una mayor creatividad y una conexión más intensa durante el acto sexual. Literalmente, ambos dejan de ocultarse tras una máscara.
Aprender el lenguaje del sexo
Al intentar solucionar sus problemas en la cama, las parejas frecuentemente concentran toda su atención en asuntos como tomar Viagra, usar ropa íntima más seductora o intentar nuevas posiciones. Pero el sexo, aun el más terrible, no tiene nada que ver con esas cosas, acota Schnarch. Es un lenguaje mediante el cual se expresa absolutamente todo lo que sucede en el matrimonio. “Incluso la manera en que las parejas evitan tener relaciones sexuales es una ventana que les permite ver quiénes son cuando están juntos”.
La falta de deseo sexual se manifiesta, a menudo, con una expresión muy trillada: “Es que no sé qué es lo que me pasa realmente”. El concepto equivocado que las parejas tienen de lo que significa relaciones íntimas las hace depender demasiado de su compañero o compañera en lo que a su propio sentido del yo respecta. Sólo esperan que su pareja les dé su aprobación, y entonces empiezan a contar con ella para asegurarse de que todo está bien y que sus sentimientos son válidos. Esa actitud les impide seguir siendo completamente honestos el uno con el otro. Uno o ambos empiezan a sentirse asfixiados, y la intensa vulnerabilidad de la pasión sexual que era tan fácil al principio se vuelve imposible.
Teresa, de 36 años, y su esposo, Jorge, de 34, estuvieron luchando con un impulso sexual no correspondido por muchos años. El deseaba tener relaciones sexuales todo el tiempo. Ella lo evitaba. “Realmente no me importaba si no volvíamos a tener más sexo”, cuenta ahora Teresa. Con la esperanza de salvar su matrimonio, ella tomaba suplementos vitamínicos y testosterona para aumentar el deseo sexual. Pero no funcionó. Tampoco lo hicieron las recomendaciones de una terapeuta que le sugirió que intentara algo nuevo, como —por ejemplo— pasar un cepillo suavemente por todo el cuerpo de Jorge. “Ya no deseaba tener más relaciones íntimas”, dice aún molesta. “Definitivamente ya no quería saber nada de eso”. Cuando fueron a la consulta de Schnarch, estaban a punto de divorciarse.
Después de tres días de terapia intensos, era evidente que el problema de Teresa no era biológico. Jorge necesitaba, emocionalmente, que su esposa lo hiciera sentir bien, tanto en la cama como fuera de ella. Teresa, como muchas otras mujeres, desempeñaba el papel de cuidadora en todos los aspectos de su vida: era maestra, tenía dos hijos pequeños y estaba considerando la posibilidad de emprender una nueva carrera: la enfermería.
Con la ayuda de Schnarch, empezaron a darse cuenta de que, si bien sentían que estaban distanciados,
en realidad eran completamente interdependientes. Jorge no sabía qué hacer cuando comenzaba
a sentirse inquieto. Acudía a su esposa y al sexo para calmarse. Por su parte, Teresa no sabía cómo abordar sus propios sentimientos, o incluso cuáles eran sus verdaderos sentimientos. Tampoco tenía la energía, porque gran parte de ella la utilizaba para apoyar a Jorge. Inconscientemente, al evitar tener relaciones sexuales con su esposo, estaba diciendo: ¡ya basta!
Para que la relación pudiera sobrevivir, era necesario que cada uno retrocediera un paso y cambiara la
manera en que individualmente abordaba sus emociones, en lugar de tener que aprender, y ofenderse, por el otro. Jorge tenía que aprender a calmarse solo y reconocer que no podía esperar que su esposa lo hiciera por él. Teresa tenía que conocerse a sí misma y saber qué es lo que deseaba. De lo contrario, tendría que vivir una vida sin siquiera saber quién era y mucho menos lograr que alguien más la conociera. Además, tuvo que aprender a decir lo que pensaba cuando estaba en desacuerdo con algo, en vez de quedarse callada para no causar problemas.
Después de un año, Teresa y Jorge ya son totalmente honestos entre sí. No se ocultan nada. “Antes no hablábamos de nuestros problemas para no molestar al otro”, afirma ella. Ahora siempre se cuentan todo lo que piensan o sienten, indistintamente de la reacción que cada uno pueda anticipar. “Aun cuando la situación sea muy desagradable”, admite. “Y todavía necesito ser más discreta”. En el caso de esta pareja, todo volvió a la normalidad. En apenas pocos meses durante los cuales cada uno aprendió a ser él mismo cuando estaba con el otro, Teresa sintió nuevamente el deseo de tener relaciones sexuales con su esposo. Están más felices que nunca, comenta. Es más, “acabamos de renovar nuestros votos nupciales”.
El sexo forma personas adultas
El planteamiento de Schnarch acerca de la interdependencia del sexo y la intimidad en la pareja constituye un gran cambio del modelo tradicional según el cual la preocupación es la causa subyacente a los problemas de índole sexual. Con mucha frecuencia, los problemas de alcoba son considerados aisladamente de las riñas emocionales típicas del matrimonio y la convivencia en pareja. Sin embargo, Schnarch y otros terapeutas ofrecen un enfoque alternativo en el que la intimidad es la base de la sexualidad y en el que la sexualidad y la intimidad son la base del desarrollo del ser humano. Las dificultades en las relaciones sexuales son una suerte de prueba que ofrece un indicio no sólo de la dinámica de las relaciones íntimas, sino también del continuo proceso de desarrollo de un ser humano totalmente independiente.
De acuerdo con Schnarch, lo que sucede con muchas parejas disfuncionales es similar a lo que les ocurre a los niños a medida que maduran emocionalmente. Una de las claves del desarrollo de los adolescentes es formar una identidad única y distinta a la de sus padres (de eso se tratan los comentarios desdeñosos y los piercings en cualquier parte del cuerpo, ¿cierto?). Cuando contraemos matrimonio, suponemos que estamos dejando todo eso atrás. Pero no es así, explica. Sólo que el centro de nuestra atención cambia, de nuestros padres a nuestra pareja. Temporalmente, algunos llegamos a pensar que las relaciones de pareja extremadamente interdependientes son el arquetipo del matrimonio perfecto. Pero la rebeldía, la necesidad de separarnos y ser nosotros mismos surge una vez más. Nos damos cuenta de ello, dice Schnarch, cuando empezamos a sentir que estamos cada vez más en desacuerdo con nuestra pareja y que la atracción sexual ya no es la misma.
O cuando nos empecinamos en algo que Schnarch llama “discutir por la realidad”. Es cuando una pareja hace o participa en algo juntos —como ver una película o recordar un momento pasado de sus vidas en pareja—, pero, debido a que cada uno lo percibe desde una óptica distinta, no dejan de discutir hasta que uno de los dos tira la toalla. Schnarch describe los recuerdos que las parejas tienen de su primer hijo de la siguiente manera: para la mujer, es el momento más íntimo que jamás haya compartido con su esposo, mientras que para el hombre, es un momento en el que sintió unas náuseas horribles debido a tanta sangre. Esas opiniones encontradas sobre un acontecimiento “importante” comienzan a formar parte de una discusión acalorada que surge una y otra vez. Dado que ninguno de los dos acepta el punto de vista del otro, sienten que están distanciándose. Para Schnarch, esta diferencia de opiniones es normal, y no es un indicativo de que la relación se esté viniendo abajo. Después de todo, se trata de dos adultos completamente distintos.
Por lo general, el tratamiento que prescribe Schnarch se realiza en varias sesiones de cuatro días de terapia intensos y no se presta para consejos rápidos. Sin embargo, hay algunas estrategias básicas en términos de comportamiento de las que se pueden beneficiar significativamente las parejas en conflicto. Todas tienen que ver con el mismo proceso: cada miembro de una pareja se responsabiliza de sus propias emociones y aprende a vivir con la idea de que su compañero o compañera no es un gemelo espiritual. Significa que ya no deben esperar que su pareja les esté dando su aprobación constantemente; que cada uno tiene el derecho de admitir cuando sea necesario que las ideas de su pareja no son muy convincentes, y no estar asegurándole que siempre tiene la razón. Cada uno debe examinar su comportamiento y determinar qué espera que su pareja haga por él o ella que él o ella puede hacer solo —por ejemplo, aprender a sentirse bien consigo mismo sin la necesidad de que alguien más lo esté elogiando o diciéndole cumplidos.
Tampoco debe esperar que su pareja lo esté aplaudiendo cada vez que dice una verdad y, muy importante, intentar decirla sin ningún motivo de malicia. Ser honesto no significa ser vengativo. “Es decirse la verdad mutuamente, aun cuando sea difícil, por cariño y compromiso; no porque están molestos y desean herirse el uno al otro”, explica Schnarch. La ironía, en su opinión, es que en lugar de intensificar el conflicto entre las parejas —tal como pensaríamos que podría suceder— la honestidad emocional tiene el efecto contrario. Lo importante ya no es lo que su pareja hace o deja de hacer. Hay que aceptar el hecho de que su compañero o compañera, como todo el mundo, tiene sus fallas y limitaciones. Ahora el centro de la atención es usted, y el hecho de si está comportándose como un adulto o no.
Los placeres de la edad adulta
Schnarch aún es algo inconformista en el campo de la terapia sexual. Hable con 10 terapeutas (como lo hice yo) y obtendrá 10 opiniones convincentes. Unos consideran que él logró descifrar la versión del código genético en el área de las relaciones sexuales y maritales. Otros afirman que sus ideas son interesantes, pero no se aplican a todas las parejas. Mientras que otros sostienen que incorporan sólo algunos de los conceptos que él predica en sus terapias. El consejero matrimonial Frank Pittman, autor del libro Grow Up: How Taking Responsibility Can Make You a Happy Adult (Madurar: Cómo el asumir responsabilidades puede convertirlo en un adulto feliz), comparte uno de los planteamientos de Schnarch. “Sólo está enseñándoles a las personas los placeres propios de la edad adulta”, comenta. “Las maravillas que pueden suceder en una relación cuando asumimos nuestras responsabilidades, estemos en la cama en ese momento o no”.
La recompensa de todo este arduo trabajo, afirman Schnarch, Pittman y otros terapeutas, es un tipo de relación íntima que nos ayuda cada vez más a ser la persona que deseamos ser y que crea un vínculo intenso para toda la vida. A cambio, somos vistos y comprendidos por lo que verdaderamente somos. Por si fuera poco, también somos más amados y deseados. Es algo un tanto extraño, quizás la conexión más fuerte que podamos esperar sentir.
Este nuevo despertar, por así decirlo, conlleva una mayor libertad en la cama. Ya dejamos de fingir. Para Schnarch, por ejemplo, la habilidad de mirar a nuestra pareja directamente a los ojos durante el acto sexual o en pleno orgasmo o eyaculación es alcanzar la cima de la intimidad como pareja. Es un acto de autorrevelación mutua que no se compara con casi ningún otro aspecto de la vida. “Una vez que lo intentan, las personas logran conocer plenamente lo que significa relaciones íntimas de verdad”, acota.
Hacer el amor mirándose a los ojos no es
para las personas pusilánimes. Incluso la
esposa de Schnarch, la psicóloga Ruth Morehouse, que trabaja con él como terapeuta sexual y consejera matrimonial y adopta sus técnicas, confiesa haber tenido sus dudas.
En los años ochenta, cuando su esposo estaba perfeccionando sus ideas, no estaba muy convencida de las mismas. Para entonces,
relata, apenas dependía de los demás para
tener una respuesta positiva sobre ella misma, tanto en lo personal como en lo profesional.
No deseaba madurar realmente, al menos
de la manera como lo sugería su esposo.
Y con respecto a hacer el amor mirando
a nuestra pareja a los ojos, comenta:
“Al principio, me enfadaba con él por el
solo hecho de sugerir que esta era una
técnica que supuestamente todo el mundo
debía intentar. Era algo nuevo para mí. Literalmente, no podía mantener los ojos abiertos. Después de intentarlo un par de veces, finalmente lo logré, y nuestras relaciones sexuales cobraron más emoción y significado. Ya forma parte de mi vida sexual”.

¿Significa entonces que todos los problemas sexuales pueden resolverse de esta forma? Probablemente, no. Madurar como pareja no hará nada en lo absoluto por un vaso sanguíneo obstruido que está causando problemas de erección. O por alguien que está extremadamente cansada de estar detrás de sus hijos pequeños todo el día. No obstante, supone un territorio nuevo y promisorio en el que el crecimiento personal y los problemas existenciales se convierten en parte de la terapia sexual al igual que la preocupación y las patologías. Schnarch está desarrollando un enfoque novedoso basado en el crecimiento y las posibilidades: cómo mejorar las relaciones de pareja, incluido el sexo. ¿Quién puede no sentirse fascinado ante esta posibilidad?
En lo que a mí respecta, creo que aún tengo mucho qué madurar (¿discutir por la realidad? ¡Culpable!). Y todavía no me he atrevido a proponerle a mi esposo la idea
de hacer el amor mirándonos a los ojos, por temor a que me diga que sí. Creo que sería como tener que mantener mis ojos abiertos con unas tenazas, aunque realmente creo que me interesaría. Ahora, mientras estoy en el andén del metro o en la esquina de cualquier calle y observo a muchas parejas que realmente deberían estar amapuchándose sin vergüenza alguna, siento que no perdí mi tiempo. Porque, basándonos en el modelo de Schnarch, según el cual las relaciones sexuales mejoran sólo con el tiempo y la experiencia, llevo la delantera en este juego. O al menos les llevo una gran ventaja a esas parejas. Y eso me hace sentir presumida otra vez. •
Texto y Fotos: Psychology Today.
Derechos de El Universal.
Traducción: Sergio Viloria
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