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revista Estampas
 

Ana Karina
Manco


Reapareció en la pantalla chica local gracias a Aunque mal paguen, la nueva telenovela estelar de Venevisión. Su rol,
que por primera vez en mucho tiempo no es el de protagonista,
le permite una flexibilidad laboral
Pablo Blanco. Fotos: Carlos Marques

Indistintamente del rol que
le toque asumir, ella siempre
ha sido un colirio para los ojos
del espectador. Su talento tiene
la naturalidad como carta de presentación. Y si se le ve en persona es inevitable sentirse
en el set de algún comercial
de acondicionador. Una morena clara con pinta de sifrina y dueña de la  típica belleza criolla, emanando ese encanto natural
que embruja hasta al más indiferente. Tiene 23 años delante de las cámaras y siempre le dicen que está igualita. De hecho, según cuenta, recientemente una dama adicta al quirófano le preguntó el secreto de su eterna juventud. “O sea, ¿Hello? ¡Yo lo que tengo son 36 años!”, aclara alarmada por el tema de su “increíble” longevidad. Ana Karina Manco dice vivir, actualmente, el equilibrio perfecto entre su oficio de actriz y su rol de esposa, gracias a haber aceptado ser la mamá de la protagonista (María Antonieta Castillo) en Aunque mal paguen, la nueva telenovela estelar de Venevisión. Esto último se traduce en menos horas de trabajo y también en una “jugosa” negociación y concesiones especiales estipuladas en su contrato, privilegios supuestamente criticados en los pasillos del Canal de la Colina. Ella atribuye la ventaja a su propio lugar en la farándula venezolana, ganado a punta de disciplina y con los numeritos del rating como aval. 

Contra vientos y mareas. “¿Ya comenzamos la entrevista formalmente?”, pregunta a la vez que comienza a comentar sobre sus supuestos aires de diva. “A mí me inventan unos cuentos que terminan divirtiéndome. Hacen de mí un personaje que no soy. No me considero una diva sino una persona a la que le gusta que la traten como gente y que, además, basa sus relaciones profesionales en el respeto. ¿Que soy fregada? Sí, soy fregada y bastante, no soy perita en dulce. Pero no por capricho sino por ser justa conmigo misma. Algunos dirán que soy un fastidio con mis escenas, pero es que me gusta que mi producto quede bien. Y eso incluye desde el decorado hasta mis compañeros de trabajo. De hecho, si me siento incómoda con los elementos del set, los cambio. Paso la letra una y mil veces con el actor que me toque grabar. Algunos ceden gentilmente, a otros los tengo que convencer. Todo lo hago en pro de la telenovela de turno”.

Para la otrora protagonista de Contra viento y marea, las nuevas generaciones de talentos son, en muchos casos, una especie muy diferente a la de sus comienzos. “No quiero generalizar, pero me he percatado de que algunas de las muchachas que están comenzando ya se creen estrellas y pretenden tener los mismos privilegios que los que ya tenemos rato trabajando en esto. Lo que no entienden es que la estrella soy yo. Yo y muchos de mi generación, que ya hemos construido una sólida trayectoria y que nos merecemos el respeto que nosotros le teníamos a las estrellas de nuestros inicios. Imagínate si, cuando yo empecé, se me hubiera ocurrido pretender estar por encima de Flor Núñez, que para la época ya era una actriz respetada en todo el país”. Aclaratorias van y vienen de Ana Karina, acostumbrada a combatir las malas lenguas con su voz ronquita. “Me la llevo muy bien con María Antonieta Castillo. Hasta ahora hemos tenido muy pocas escenas juntas, pero me he dado cuenta de que la chama es buena actriz. Para ser su tercera telenovela y su primera protagonización lo hace muy bien. Es cierto que quizás es un poco exagerado que yo haga el papel de su mamá porque es un mujerón (risas). Pero bueno, así son las telenovelas y así es mi trabajo: yo soy actriz y si es de ponerme a hacer de abuelita lo hago. Y si me voy a ver tan buena como mi nieta, mejor todavía (risas)”.  

Doña Catalina. Después de 20 años de prisión, una mujer recupera su libertad gracias al conflicto de intereses que genera un secreto que ella oculta y que puede desencadenar el desenlace de varias historias. La mujer en cuestión es Catalina Quiroz, el personaje de Ana Karina en la telenovela de Alberto Barrera. “Me visten burda de raro, ¿sabes?, como a una Doña Bárbara, aunque el rol no es el de una
Doña Bárbara. Es una tipa enigmática, mustia. Si ella habla todo se derrumba. Mató a su marido y, por ello, su suegro (Alejo Felipe) hace que vaya a prisión, haciéndoles creer a todos, en el pueblo de El Guayabo, que ella está muerta. Paradójicamente será él mismo quien la vuelva a poner en libertad”. Después de resumir el perfil del personaje, la artista explica que, prácticamente, no le dio chance de construirlo, por lo cual ha dejado que el rol fluya. Sin embargo...  “Antes de asumir algún personaje trato de darle forma en la realidad. Por eso me fui a una cárcel de mujeres que está en Los Teques a hacer un trabajo de observación. Me sorprendió ver cómo todas las presas tenían las uñas acrílicas y el pelo planchado. Haciendo ese ejercicio de observación es que se rompen los esquemas que uno tiene de la presa con el uniforme de rayitas y el número en la espalda. Me recuerda un poco el caso de mi rol de guerrillera en Cosita Rica; hubo quien criticó que fuera una rebelde militar tan deslumbrante, hasta la llamaban la ‘guerrillera Pantene’ (risas). Pero si tú te metes en www.google.com y comienzas a buscar imágenes de guerrilleras  te darás cuenta de que algunas hasta llevan puesto un Rolex. Es que ganan mucho dinero. Por eso, para criticar, primero hay que investigar”. Al mencionado trabajo de campo se suman algunas memorias. Una de ellas, inevitablemente, tuvo que ver con el accidente que sufrió la actriz al caer de un avión ultra liviano, hace 12 años. “El día que grabé la escena en la que salgo de la cárcel me acordé del día en que yo salí a la calle después de 11 meses y medio de reposo. Todo había cambiado: los casados se habían divorciado, el que era heterosexual se había vuelto gay, algunas abuelitas se habían muerto, el restaurante que me gustaba había quebrado y, bajando a La Guaira, a lo que antes era una montaña llena de ranchos, ahora se sumaba otra. Yo también había estado encerrada, pero con todas las comodidades y apoyada emocional, espiritual y económicamente por toda mi familia, mis amigos, conocidos y desconocidos. Por eso, cuando iba a grabar esa escena me pregunté: ¿Cómo puede sentirse una mujer que queda en libertad después de 20 años de estar presa y execrada, si, para mí, después de apenas 11 meses y medio de reposo, Venezuela era otra?”.   

De fanáticos e ídolos. Por placer o por trabajo, Ana Karina ha recorrido lejanas y cercanas latitudes que, según comenta, siempre le generan dos cosas: el asombro de tener fanáticos en lugares impensados y la reflexión sobre lo que tiene y no tiene en su propio país. “Acá en Venezuela la gente no tiene ni idea del alcance de nuestras telenovelas en países como Turquía, Polonia o Croacia. Yo aluciné cuando una chama me paró en las calles de Praga para tomarse una foto conmigo porque allá Sabor a ti tuvo muy buena audiencia. Muchos se te acercan hablando español; si bien antes nos doblaban la voz, ahora nos colocan subtítulos. De manera que la gente aprende a hablar español gracias a nuestras telenovelas. A mí eso me parece interesantísimo”. En este marco de proyección internacional se le pregunta quiénes cree ella que son las venezolanas más reconocidas en el extranjero. “En diseño de moda la más destacada es Carolina Herrera. Sus tiendas son las más espectaculares del mundo y sus vestidos y fragancias son sencillamente irrepetibles. Es toda una referencia. En actuación, ¿quién más?, María Conchita Alonso. A mí me llena de orgullo como actriz venezolana el hecho de que esa mujer haya llegado hasta donde llegó en Hollywood. Yo estaba en un barco en Australia y la película que estaban pasando era con María Conchita. Me ocurrió lo mismo en un hotel de Nueva Zelanda. La conocí en Miami (Ana Karina vive entre Miami y Caracas), es amiga de una vecina mía. Le di la cola a la tienda Neiman Marcus. Nada de lo que agarraba combinaba (risas). Es supersencilla y encantadora. Además la acompañé al estudio donde está grabando su nuevo disco que, cabe decir, lo está produciendo con dinero de su propio bolsillo”.

Venezuela desde afuera.
Sobre sus viajes de placer, la artista resalta su inolvidable experiencia
en Singapur y un largo recorrido por Latinoamérica. “Singapur es la capital del cielo. Pero no fue nada fácil que llegara a esa categoría. Hace 50 años era un país penitenciario y hoy en día
es quizás uno de los más desarrollados del mundo: sus habitantes, por
exigencia académica, hablan tres idiomas, sus avenidas están pulcras, debido a que botar basura en la calle está gravemente penado, al igual que cometer un delito de robo. Su grandeza como nación está en que el pueblo pasó de un alto porcentaje de pobreza a este nivel de calidad de vida: el gobierno da la opción de adquirir viviendas a través de buenos planes de financiamiento y los niveles de desempleo son casi nulos. Pero no hay que irse a Singapur para conocer un país lleno de privilegios. En Colombia, que la tenemos al lado, los niveles de seguridad urbana han subido considerablemente, tanto en Bogotá como en Medellín. Además las calles están limpias y la gente es educada. Argentina, después de la crisis económica y social que trajo El Corralito, es quizás el país más espectacular de Sudamérica. Chile también es demasiado hermoso. Y ni hablar de Punta del Este en Uruguay: allí la seguridad es tal que la gente todavía se atreve a pedir cola. Te anima ver que tanto bienestar está tan cerca, pero, al mismo tiempo, te deprime reflexionar sobre lo que tenemos y lo que no tenemos en Venezuela. Una de nuestras máximas paradojas es ser un país petrolero con las calles llenas de huecos. Tenemos inseguridad y miseria a granel, cuando antes éramos la Meca de Latinoamérica. Somos un país caribeño, pero con las playas y algunas vías abandonadas. Nosotros grabamos parte de la novela en Chichiriviche y nos tomaba seis horas llegar a la locación. Es interesante preguntarse: ¿Cómo es un fin de semana del venezolano de la clase media? La respuesta se resume en opciones limitadas de entretenimiento: ir al cine, ir a comer o asistir a un bingo”. A estas últimas la artista propone una alternativa que, pese al panorama descrito, la regocija. Se trata del hipismo. “Mi esposo y yo tenemos un caballo en el hipódromo y, gracias a eso, he descubierto un mundo que desconocía. En definitiva es un disfrute más para los venezolanos, lástima que el espacio esté tan deteriorado. La gente comparte en familia, uno ve a los padres comprarles perros calientes a los hijos. Cuando puedo, voy. Si me dejo ver entre el público las personas me saludan y se ríen conmigo. Es una experiencia bien bonita porque me reencuentro con la gente que siempre me ha apoyado. En conclusión, yo paso a ser la segunda atracción del lugar, después  de las carreras (risas)”.

 

pblanco@eluniversal.com

 


Ver también en Encuentros:
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