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EL DÍA EN QUE LLEGÓ mi hijo

Las madres de Siudy Garrido, Mayré Martínez, Román Chalbaud y Fedosy Santaella recuerdan cómo nacieron sus consentidos.
POR NÉSTOR LUIS LLABANERO. FOTOS: RAFAEL SERRANO

LA BULERÍA DE SIUDY,
LA NIÑA PELONA

El 23 de julio de 1982, las noticias domésticas informaban en los periódicos sobre el decreto de prohibición de vidrios ahumados en los vehículos, y Gran Bretaña -en guerra con Argentina- levantaba el bloqueo en las disputadas Islas Malvinas. En Venezuela, país danzando en esplendor económico, la bailarina Zhandra Rodríguez era recibida luego de una gira internacional cumplida con su Ballet Nuevo Mundo. La fiesta tomaba ribetes colectivos con la celebración de los 415 años de la fundación de Caracas. Pero, en lo personal, nada de eso importaba tanto a Siudy Quintero como su inminente conversión en madre, esta vez de una hembra. "Mi niña Siudita nació el 23 de julio de 1982". Era el cumplimiento de su ruego a Santa Bárbara, a quien le suplicó ayuda para coronar su sueño de tener un par. Ya el varón tenía 13 años, producto del primer matrimonio. A la embarazada, de 39 años de edad, le fue atendida la solicitud. Había nacido Siudy Garrido, la bailaora más internacional de Venezuela. Midió 55 centímetros y pesó tres kilos y medio. Era viernes. "Añoraba una hembrita porque tenía mi escuela de flamenco y las niñas eran tan bellas que cuando me casé por segunda vez, salí embarazada con ganas de tener una de ellas. No había ecosonogramas, pero algo por dentro me decía que tendría la niña. Fue un embarazo bellísimo, comía y dormía bien, sin náuseas".

Madre orgullosa, cuenta que su barriga era tan dura que la recuerda como un tambor. "Mi hermana Aloma me acompañó a la Clínica Ávila. Cuando el doctor me vio, me subieron a la habitación a las ocho de la noche y en una hora Siudita estaba conmigo. Fue una belleza ese momento. El médico me dijo que había nacido una Miss Venezuela. Le pedí que prendiera la luz roja para que todos supieran que era mi hembrita. La ropa que compramos fue en beige, amarillo y turquesa. No había nada en rosado. Fue una niña muy amada. Mimar a un hijo es una belleza, pero es importante ejercer la disciplina, además de tener fe y creer en ellos. Mi hija nació siendo una pelona preciosa, con una piel espectacular, con sus ojos abiertos; en principio fueron azules, pero luego grises. Al día siguiente le estaba dando pecho y hasta ahora ha sido de buen comer. Creo que dar a luz en la madurez, como en mi caso, es valioso porque uno está completamente preparado para asumir ese compromiso. La niña fue bautizada como Siudy Angélica porque nació regida por el signo Leo, que se extiende a agosto, el mes de los ángeles. Durante mi embarazo, estaba montando el espectáculo Mágico Disney, con 300 niños. Y cuando escuchaba la música tenía que apagarla porque sentía que el bebé se me subía hasta el cuello. Ella fue estimulada con música clásica de Verdi y con los cuentos de Blanca Nieves y Cenicienta. Saboreó los aplausos en el Teatro Teresa Carreño, y me dijo que no quería ser modelo sino lo que es hoy, bailaora".

"FUE UN PARTO NATURAL. AUNQUE ME DOLIÓ, YO AGUANTÉ. ELLA DIO TANTAS PATADITAS QUE DECÍAN QUE NACIÓ BAILANDO BULERÍAS"

 


"CHIQUITITA NACIÓ EN NOCHE DE LUNA LLENA Y CON LAS ESTRELLAS SE PRODUJO UN GRITO DE SOPRANO"

MAYRÉ, LA CHIQUITITA DE LA CASA
Caracas era un despliegue de fuerzas militares prometiendo garantizar el orden ante las elecciones presidenciales que dieron como ganador a Luis Herrera Campins sobre Luis Piñerúa Ordaz. Para la época, la capital bailaba con el sonido entonces gaitero de Guaco, antes de que esta agrupación se convirtiera en superbanda. Aquel 28 de noviembre de 1978, José Vicente Rangel, el tercero en disputa por la silla de Miraflores, cerraba su fallida postulación con un escuálido mitin capitalino. El hecho, sin embargo, generó dificultades para que a Mayra Blanco la trasladaran desde Los Ruices hasta la clínica Leopoldo Aguerrevere en Prados del Este. Se trataba del tercer parto de la señora de Cruz Martínez. A las 11 y 55 minutos de esa misma noche nació Mayré, la primera Latin American Idol.

Era martes. Las urgencias de la madre de la vocalista son recordadas como si hubiesen ocurrido sólo ayer. "Yo nunca dilato, por lo que siempre tengo que esperar que me pongan el suerito para estar lista. Fue un parto normal, pero con intensos dolores que empezaron en la mañana".

Desde Miami, donde vive ahora, la madre de Mayré narra el episodio apegada a una vivacidad oral con altos y bajos emocionales: "Estábamos mudándonos a otro apartamento, y cuando me levanté sabía que ese era el día. Arreglé el otro apartamento porque debía entregarlo, y mi esposo armó la cama en la nueva residencia. Luego me fui a arreglar las manos y los pies, para estar bonita. Nos fuimos a la clínica a las seis de la tarde, y le dije a la enfermera que estaba lista, pero no me creyó. Aunque sólo tenía 25 años, se trataba de mi tercer bebé. Teníamos dos hembras y estábamos preparados para una tercera si ese era el caso. Cuando vino al mundo, el doctor Carrera Michelle nos dijo que teníamos en la casa a una mezcla de las actrices Ingrid Bergman, Ava Gardner y Joan Crawford. Era una belleza de niña. Nació con su pelo, diferente a sus hermanas que fueron pelonas. En la barriga fue tremenda, súper pateadora y me producía acidez.

Cuando nació, lloró mucho. A la Chiquitita, como le decimos, yo la estimulé leyéndole libros de Piaget, con la idea de que los niños son seres humanos desde que se conciben. Me criticaron porque hablaba con ella como si fuese un adulto. Además porque iba a la playa con mi barriga, vivía a plenitud. Se me bajaba la tensión porque yo soy de tensión baja, pero bailaba hasta disco music. Y como me gustaban los móviles, se los colocaba, pero nunca faltaron los sonidos de la música clásica, jazz, blues y la música venezolana. Todas mis hijas se llaman de los Ángeles, pero Mayré lleva el Andrea en homenaje a Yaya, la tía abuela de su papá. Nació linda, pesó tres kilos y medio, y midió 51 centímetros. Mi esposo, Cruz Martínez, siempre ha sido su primer fan".


FEDOSY, EL MAYOR
DE NADIA KRUK

El país acababa de recibir el año 1970. Y en Caracas las esferas del poder anunciaban una década de entusiasmo económico. Era el primer gobierno de Rafael Caldera, entonces vital mandatario. El festín nacional iba más allá de las finanzas públicas, se desarrollaba también en las carteleras de cine celebrando el drama latinoamericano: Libertad Lamarque llorando en Rosas blancas para mi hermana negra; Lupita Ferrer divirtiéndose con Mario Moreno "Cantinflas" en Un Quijote sin manchas; las gemelas españolas Pili y Mili con La princesa hippie, y, con retraso de dos años, se estrenaba en la capital El ché Guevara, filme protagonizado por el español Francisco Rabal. Mientras los venezolanos pasaban la resaca del Año Viejo, en Puerto Cabello, Nadia Kruk -nacida en Alemania, pero traída a los dos años a suelo patrio- corría junto con su esposo, Víctor Santaella, a la clínica Guerra Más. Realmente los dolores de parto se le habían presentado minutos después de aquel cañonazo del 31 de diciembre de 1969. En ese momento fue internada para debutar como madre. Nada fácil. Tuvo que esperar hasta el viernes 2 de enero para darle la bienvenida a su primer hijo, Fedosy Santaella, convertido hoy en escritor ganador en 2006 del premio único en la mención narrativa de la Bienal Latinoamericana José Rafael Pocaterra, por su libro de cuentos Postales sub sole.

"ME ABRAZABA Y LE GUSTABA QUE LE RASCARA LA ESPALDITA, ME EMOCIONABA CUANDO ME EXTRAÑABA"

"Es mi primer bebé, el menor es Víctor", diferencia la señora Nadia con su verbo alegre. "Como no había ecosonograma, tuve que comprar ropita en color amarillo, verde y blanco. Ya habíamos acordado que si era varón le pondríamos el mismo nombre de mi papá (de origen ucraniano). El parto fue por cesárea. Fue un día muy bonito, yo estaba nerviosa por lo prolongado que se hacía todo. Sin embargo, me hacía feliz el hecho de tener a mi familia reunida conmigo. Cuando vi a mi hijito experimenté un sentimiento muy grande (su voz se conmueve). Es que convertirse en madre es lo más hermoso que hay. No sabía que sería varón, pero me encantó porque a mí me gustan mucho los varones (se ríe). Tengo preferencias por ellos (vuelve a reír). Tanto así que cuando salí embarazada de mi segundo hijo, también lo deseaba varón. Fedosy era sumamente catire, de pelito blanco, pesó tres kilos con 940 gramos y midió 54 centímetros. Lo primero que le dije cuando me lo pusieron en los brazos fue 'te amo'. Él nunca fue de buen comer, pero cuando creció le gustó siempre leer. A muy temprana edad comenzó a escribir. Me convertí en su fan. ¡Cómo no! Sus libros me los leo hasta cinco veces. Él me enseñaba lo que escribía y yo lo disfrutaba. Soy una fan de mi hijo. Realmente -se despide riéndose- todas las madres somos fanáticas de todos nuestros hijos".

 

 

 

 

 

 

 

ROMÁN, EL HIJO DE LA SEÑORA ALICIA
Aunque no era Semana Santa, El mártir del calvario, un espectáculo dramático sobre la pasión y muerte de Jesús, en el Teatro Municipal, acaparó la atención de Caracas el 10 de octubre de 1931. La ebullición cultural era compartida por una audiencia que acudía al cine en igual efervescencia. De manera que a los capitalinos de aquel momento no les importó pagar un bolívar para sentir El Beso de Greta Garbo, en sitio preferencial. No era cualquier película, era "la película". Para quien, por razones de economía, no podía cancelar semejante monto, quedaba reservada la opción de pagar 0,50 y sentarse en la zona menos ostentosa de balcón. Llenos totales. La gente salía a la calle a buscar el entretenimiento que ahora regala la televisión. Así que el hotel Majestic promocionaba a la vedette Pilar Alcayde. Furor pacato, pero furor. Y en Mérida, una aldea enseñoreada por sus caballeros, la señora Alicia Quintero Godoy, amante de las formas, obtenía el premio de su vida, dar a luz a Román Chalbaud. Era sábado.

Hoy, desde su apartamento en San Bernardino, ella dice sentirse "maravillosa". Cuando se le pide remontar el tiempo para hacer memoria de su primer parto hace casi 78 años, sonríe y reniega: "¡Qué me voy a acordar de eso!". Para aquel instante de maternidad estrenada, contaba con 19 años de edad, y cree que "estuvo bien" pasar esos primeros años en Mérida, donde el niño de seis años se enfrentó con los Tiempos Modernos, parte de la cinematografía de Charles Chaplin.

"...YO LO VESTÍA, LE HACÍA TRAJECITOS BELLÍSIMOS. ÉL SIEMPRE ANDA BIEN PUESTO Y YO ANDO ELEGANTE"

"Yo soy una mujer curiosa", revela de sí misma esta madre de 97 años cumplidos el 5 de marzo. No se pone en dudas su autovaloración. Cuando su hijo empezaba la primaria, decidió trasladarse con él a la urbanidad que suponía la capital venezolana. Todo un mundo para explorar por gente precisamente curiosa. Román, ahora convertido en un señor y embelesado de nostalgia, se adelanta a su madre y revela que fue de cuatro días y cuatro noches la travesía iniciada desde su casa en la Plaza Bolívar de aquella ciudad y culminada en el Nuevo Circo, donde se hospedó en una pensión. Mientras el cineasta relata esa historia, la señora Alicia, sentada en la sala y en la intermitencia de sus recuerdos, advierte a la enfermera sobre los cuidados que debe tener para Chino, la mascota de la casa. Y al cruce de piernas, por donde corre la seda de su vestido azul, reclama en clave de humor: "¿A mí por qué no me ofrecen café?". Entonces, luego de dar el primer sorbo, agrega: "Esto sí está bueno". Enseguida evoca algunos datos que dan cuenta del nacimiento de Román en casa de la tía Rosa, hermana de su esposo, dentro de una vivienda ubicada en las inmediaciones de la catedral andina. Se voltea y dice con ternura: "Es muy buenmozo", refiere de su hijo mayor y único sobreviviente de dos partos. "Ahora tiene barriga", describe la prominencia anatómica de su primogénito.

nllabanero@eluniversal.com

 

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