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  Mañanas de yoga
Carla Tofano

 

En el seno de aquel ambiente diseñado para satisfacer todo elevado rigor de higiénica y contemporánea espiritualidad, en medio de aquel espacio mesuradamente cálido, discretamente aromático y generosamente silencioso, aterrizan ahora mis agitadas mañanas en busca de centro espiritual, serenidad mental y esbeltez muscular. Desde hace pocos días, los suficientes para ser consciente de cuánto ha cambiado mi vida, me recreo a imagen y semejanza de mis sueños de liberación e independencia, tirada en el piso de Soham Yoga, abriendo mis brazos al cielo y sonriéndole feliz al dolor, mientras fijo la mirada en los enormes palos de bambú que decoran el recinto de ocasión.

Siempre he sabido -con las ideas y desde el corazón-, que el placer y el dolor son una sola cosa y que ambos tienen una comunión perversa, indescifrable y sagrada. Quizás sea por eso que adoro el modo en que mis glúteos, desde hace un par de días, protestan silenciosa dolencia muscular a cada uno de mis movimientos, y quizás por esa misma razón, que el hombre de mi vida me trate a veces con displicencia y resignación, es algo que en el fondo me satisface. Sin una ponderada y necesaria suma de esfuerzos, el placer podría llegar a parecer banal e imperfecto. Claro, que lo crea yo, que soy el producto de una lapidaria y castrante moral judeocristiana y que heredo en mi genética el chip alienante y cercenador de las ideas de éxito y progreso que mueven al mundo occidental, puede ser visto con comprensible desdén. Sin embargo, cuando estoy allí, concentrada en uno de los movimientos más exigentes de mi debutante rutina de yoga, entiendo que más allá de mis limitaciones circunstanciales y de mis vicios culturales, el placer es dolor y el dolor consagración de la fe.

Buscar la perfección siempre es doloroso, esto lo aprendí en la escuela, en la calle y en mi primera clase de Hatha Yoga. Después de la primera vez, redescubrí del modo más espontáneo e ingenuo, que la perfección es belleza, y que la belleza y la perfección definitivamente valen la pena. Para algunos lo importante del Hatha Yoga consiste en la reconciliación con el centro perdido, en el reencuentro con la propia gravedad exhumada, en el abrazo a la flexibilidad extraviada del cuerpo, de la mente y del alma. Para mí, que soy algo escéptica y que la idea de creer que voy a toparme con alguna suerte de experiencia consagradora, en el fondo siempre me parece un tanto presuntuosa, ser objeto de mi propio esfuerzo por alcanzar el rigor y la belleza de una torsión imposible, es motivo suficiente para intentarlo una y otra vez. Embellecerme de adentro hacia fuera es mi único sagrado objetivo terrenal, por ahora.

La clase de yoga a la que asisto empieza a media mañana, y mientras me concentro en mi propia respiración y trato de olvidar que tengo que entregar muy pronto la crónica de Estampas que aún no he escrito, concientizo con absurda naturalidad que mi respiración es vulgarmente hermosa. Mientras me asaltan diversos pensamientos -tengo que buscar a los niños en el colegio al mediodía porque el señor que me hace el transporte está enfermo, quiero llamar a mi hermana para recordarle que la quiero, necesito encontrar algún momento para pintarme las uñas de las manos del color de la blusa que voy a ponerme en la tarde- comprendo que soy lo único que cuenta en el instante de feliz resistencia al que por voluntad propia me entrego.
Mientras me reconcilio -gracias a la asombrosa superioridad del yoga- con toda la ternura, toda la bondad, toda la sabiduría, y toda la fiereza que albergo en mi ser, muy a pesar de mí misma, mi organismo revalorizado y mimado me da las gracias con silenciosos aullidos de dolor y con saladas gotas que me recorren el cuerpo entero. Exhalo, inhalo, me doblo y me desdoblo, y no me canso de agradecerle al destino, y a mi nueva rutina, la oportunidad de concederme cada mañana, una hora de sudado sosiego. En mis recientes mañanas de yoga, abro los brazos y el corazón en señal de agradecimiento. l

tofano@hotmail.com


 
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