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En el seno de aquel ambiente diseñado
para satisfacer todo elevado rigor de higiénica y contemporánea
espiritualidad, en medio de aquel espacio mesuradamente cálido,
discretamente aromático y generosamente silencioso, aterrizan
ahora mis agitadas mañanas en busca de centro espiritual,
serenidad mental y esbeltez muscular. Desde hace pocos días,
los suficientes para ser consciente de cuánto ha cambiado
mi vida, me recreo a imagen y semejanza de mis sueños de
liberación e independencia, tirada en el piso de Soham Yoga,
abriendo mis brazos al cielo y sonriéndole feliz al dolor,
mientras fijo la mirada en los enormes palos de bambú que
decoran el recinto de ocasión.
Siempre he sabido -con las ideas y desde
el corazón-, que el placer y el dolor son una sola
cosa y que ambos tienen una comunión perversa, indescifrable
y sagrada. Quizás sea por eso que adoro el modo en que mis
glúteos, desde hace un par de días, protestan silenciosa
dolencia muscular a cada uno de mis movimientos, y quizás
por esa misma razón, que el hombre de mi vida me trate a
veces con displicencia y resignación, es algo que en el fondo
me satisface. Sin una ponderada y necesaria suma de esfuerzos, el
placer podría llegar a parecer banal e imperfecto. Claro,
que lo crea yo, que soy el producto de una lapidaria y castrante
moral judeocristiana y que heredo en mi genética el chip
alienante y cercenador de las ideas de éxito y progreso que
mueven al mundo occidental, puede ser visto con comprensible desdén.
Sin embargo, cuando estoy allí, concentrada en uno de los
movimientos más exigentes de mi debutante rutina de yoga,
entiendo que más allá de mis limitaciones circunstanciales
y de mis vicios culturales, el placer es dolor y el dolor consagración
de la fe.
Buscar la perfección siempre es doloroso,
esto lo aprendí en la escuela, en la calle y en mi primera
clase de Hatha Yoga. Después de la primera vez, redescubrí
del modo más espontáneo e ingenuo, que la perfección
es belleza, y que la belleza y la perfección definitivamente
valen la pena. Para algunos lo importante del Hatha Yoga consiste
en la reconciliación con el centro perdido, en el reencuentro
con la propia gravedad exhumada, en el abrazo a la flexibilidad
extraviada del cuerpo, de la mente y del alma. Para mí, que
soy algo escéptica y que la idea de creer que voy a toparme
con alguna suerte de experiencia consagradora, en el fondo siempre
me parece un tanto presuntuosa, ser objeto de mi propio esfuerzo
por alcanzar el rigor y la belleza de una torsión imposible,
es motivo suficiente para intentarlo una y otra vez. Embellecerme
de adentro hacia fuera es mi único sagrado objetivo terrenal,
por ahora.
La clase de yoga a la que asisto empieza a
media mañana, y mientras me concentro en mi propia respiración
y trato de olvidar que tengo que entregar muy pronto la crónica
de Estampas que aún no he escrito, concientizo con absurda
naturalidad que mi respiración es vulgarmente hermosa. Mientras
me asaltan diversos pensamientos -tengo que buscar a los niños
en el colegio al mediodía porque el señor que me hace
el transporte está enfermo, quiero llamar a mi hermana para
recordarle que la quiero, necesito encontrar algún momento
para pintarme las uñas de las manos del color de la blusa
que voy a ponerme en la tarde- comprendo que soy lo único
que cuenta en el instante de feliz resistencia al que por voluntad
propia me entrego.
Mientras me reconcilio -gracias a la asombrosa superioridad
del yoga- con toda la ternura, toda la bondad, toda la sabiduría,
y toda la fiereza que albergo en mi ser, muy a pesar de mí
misma, mi organismo revalorizado y mimado me da las gracias con
silenciosos aullidos de dolor y con saladas gotas que me recorren
el cuerpo entero. Exhalo, inhalo, me doblo y me desdoblo, y no me
canso de agradecerle al destino, y a mi nueva rutina, la oportunidad
de concederme cada mañana, una hora de sudado sosiego. En
mis recientes mañanas de yoga, abro los brazos y el corazón
en señal de agradecimiento. l
tofano@hotmail.com
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