| Valiéndose
de la fe
Este farsante se valió de mujeres
insatisfechas con sus matrimonios para hacerse millonario.
Max Haines
La cura mediante la fe era el juego del doctor
Morris Bolter. Evidentemente, allá por los años veinte,
la vocación de la cura a través de la fe, sin ayuda
de la televisión, no era el negocio lucrativo en el que se
ha convertido hoy en día.
Debemos, inmediatamente, pedir disculpas a
la profesión médica por llamar doctor a Bolber. El
no era tal cosa. Era un mentiroso, un embaucador, un falsificador
y asesino. Eso es lo que él era. Pero él se llamaba
a sí mismo doctor.
Morris vivía y curaba en la adorable
ciudad de Filadelfia; más específicamente, en el distrito
italiano. Era 1931 y los tiempos eran duros. La Gran Depresión
golpeó el juego de la sanación duramente, y si no
fuera por su otra ocupación, Morris habría tenido
problemas para llegar a fin de mes. Su clientela consistía
en mujeres importantes que se quejaban amargamente de las escapadas
de sus maridos. ¿Para qué vamos a engañarnos?,
dormían por ahí con otras mujeres.
Morris tenía algo de éxito al
curar a estos caballeros y proveer a sus mujeres con una mezcla
de soda de jengibre y salitre para administrar a los huidizos hombres.
Miren, no era la práctica de la Medicina como la concibió
Hipócrates, pero mantenía las deudas alejadas de la
puerta de Morris.
Fue en febrero de 1932 cuando la esposa de
Anthony Giacobbe, de 30 años, entró en la oficina
de Morris quejándose de que su marido estaba cayendo en la
bancarrota por culpa del ron y las mujeres salvajes. Morris estaba
agarrando el salitre cuando la señora Giacobbe mencionó
que no sólo tenían problemas para pagar la renta,
sino que también tenían problemas para mantener su
seguro.
Las cejas de Morris se arquearon. “¿Qué
es este seguro?”, preguntó. La señora Giacobbe
explicó que su marido poseía un seguro de 10.000 dólares.
Como Ford, Morris tenía una mejor idea.
Morris puso su cerebro en acción. A
la vuelta de su oficina trabajaba un conocido, un tal Paul Petrillo.
Era dueño de una sastrería casi en bancarrota. A veces,
el deshonesto Morris le proveía al igualmente deshonesto
Paul con los nombres de las mujeres despreciadas a cambio de nuevas
ropas.
Ahora, Morris tenía cosas más
grandes en mente. La señora Giacobbe sería la primera.
Paul, quien más allá de su falta de moral, no era
un sujeto de mal aspecto, seduciría y haría que la
señora Giacobbe se enamorara de él. Luego ambos envenenarían
al señor Giacobbe y dividirían las ganancias que la
señora Giacobbe recibiera, por supuesto.
Así es como sucedió. Paul, haciéndose
pasar por un vendedor de libros, conoció a la señora
Giacobbe. Dos semanas más tarde, la dama sostuvo una cita
con Morris, mientras Tony estaba persiguiendo más mujeres
que antes. Pero había un lado positivo. La señora
G., tenía un amante que sabía cómo tratar a
una mujer. Ahora estaba locamente enamorada de un sastre llamado
Paul Petrillo. De hecho, la señora G., la dama de sociedad,
se casaría con Paul cuando quedara libre.
Eso era todo lo que nuestro Morris quería
oír. Le dijo a Paul que las palomas estaban listas para ser
despellejadas. Unos días más tarde, Paul se acercó
a la señora Giacobbe con la novedosa sugerencia de asesinar
a su marido. “¡Qué idea maravillosa!”,
exclamó ella.
Unas noches más tarde, cuando Tony
llegó borracho a la casa, la señora Giacobbe ayudó
a Paul a desvestir a su inconsciente marido, para ubicarlo desnudo
al lado de una ventana abierta. Se llamó a un doctor, le
echó una mirada y le recetó una medicina.
La señora Giacobbe le pasó la
botella de medicina a Paul, quien a su vez se la pasó a Morris.
El deshonesto de Morris la substituyó con una hierba letal,
cicuta, la cual a veces es llamada tsuga. Después de todo,
era lo suficientemente buena para Sócrates, así que
debía ser suficiente para Tony Giacobbe. Cumplió con
su función.
El funeral fue una obra de teatro. La compañía de
seguro pagó. Por arreglo previo, la señora Giacobbe
se quedó con cinco mil pesos para ella, mientas que Paul
y Morris dividieron los restantes cinco.
Unos meses más tarde, cuando la señora
Giacobbe se quejó a Morris porque las formas amorosas de
Paul se habían enfriado desde la tragedia, Morris sólo
ofreció sus condolencias. Los chicos son chicos y no había
nada que él pudiera hacer al respecto.
Morris se dio cuenta de que tenía algo
bueno entre manos. El y Paul buscaron y encontraron otra posible
víctima: el señor Lorenzo. Morris hizo lo suyo. Arregló
para asegurar a la víctima.
El nada sagrado dúo solicitó
la ayuda del primo de Paul, Herman Petrillo. Lo que podemos decir
de Herman es que haría cualquier cosa por dinero. La función
de Herman era hacerse pasar por Lorenzo y comprar una póliza
de seguros por 10.000 dólares, con una cláusula de
doble indemnización en caso de sucumbir como resultado de
un accidente.
El plan se puso en marcha. Paul sedujo a la
señora Lorenzo. Ella aceptaría su propuesta de matrimonio
sólo si pudiera quitarse de encima a su marido. Eso podía
arreglarse. Herman, haciéndose pasar por Lorenzo, llamó
a Prudential Insurance Co, para adquirir un trozo de la roca. Al
día siguiente, un vendedor apareció en la residencia
de los Lorenzo cuando el verdadero señor Lorenzo estaba afuera
arreglando un techo. Herman, con la ayuda de la señora Lorenzo,
tomó la identidad del hombre, y adquirió exitosamente
un seguro por 10.000 dólares. Herman fue examinado por un
doctor de Prudential y se emitió la póliza.
Entonces el ocupado Herman conoció
al verdadero Lorenzo. Con la excusa de venderle unas pinturas, Herman
se encontró con él en un techo de Filadelfia. Un empujoncito
y la carrera de techista de Lorenzo terminó abruptamente
siete pisos abajo.
Varios meses más tarde, el grupo se
deshizo del señor Fierenza, quien casi pidió a gritos
ser la víctima. Su hobby era pescar. Al año, Fierenza
estaba pescando en el río Schuylkill. La ganancia era 25.000
dólares.
En 1933, Morris Bolber, Herman y Paul Petrillo
estaban viviendo la buena vida cuando decidieron expandirse. Para
facilitar sus planes, tomaron a un cuarto socio. Su nombre era Carino
Favato. Sí, Carino podía proveer mujeres cuyos maridos
tenían aversión por sus hogares.
Es casi increíble informar que entre
1932 y 1937, la banda hizo florecientes negocios. Morris y Corino
buscaban a una mujer enfadada, Paul haría que la susceptible
dama se enamorara de él, y la convencería para matar
a su marido. Herman se hacía pasar por la víctima
y obtenía un seguro. Pronto, la víctima moriría,
por accidente o por enfermedad inducida por veneno.
La
pandilla pasó un susto justo antes del final. Un día,
Herman reconoció al doctor examinador como el que lo había
examinado apenas un año antes, cuando él se había
hecho pasar por otra persona. El doctor pensó que conocía
a Herman, pero Herman dijo que eso era imposible. Nunca había
sido asegurado antes. El doctor estuvo de acuerdo en que debía
estar equivocado.
Una lengua suelta marcó la caída
de la pandilla. Un caballero llamado Harrison estaba cumpliendo
su sentencia en una cárcel en Fili. En busca de algo mejor,
inventó un fluido de limpieza. Luego de su liberación,
le dijeron que había un sujeto llamado Herman Petrillo que
tenía fondos para mercadear tales productos.
Cuando se le acercaron, Herman no mostró
interés en el negocio de la limpieza, pero al saber que Harrison
era un ex convicto, le confió que estaba a la pesca de nuevas
víctimas para asesinar. Harrison escuchó atentamente
y fue directamente a la policía. Herman fue arrestado. Cuando
su foto apareció en el periódico, fue vista por el
doctor de Prudential que lo había examinado bajo dos nombres
distintos. El doctor corrió a la policía.
Herman fue interrogado y pensó que
era muy injusto que él cargara con toda la culpa. Gritó
y la pandilla fue rodeada. Cada miembro se declaró inocente
y culpó por completo a otro miembro. El número exacto
de sus víctimas nunca fue establecido. De todas formas, se
estima que la diabólica trama fue responsable por la muerte
de 30 individuos.
Todos fueron a juicio. Unas pocas esposas
participantes recibieron sentencias a prisión. Carino Pavato
fue sentenciado a cadena perpetua, así como Morris Bolber.
Este último murió de causas naturales mientras cumplía
todavía su sentencia. A Paul y Herman Petrillo no les fue
tan bien. Ambos fueron ejecutados por sus crímenes. l
Ilustraciones: David Márquez
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