EN LAS AFUERAS DEL TEATRO TERESA CARREÑO
|
CRISTINA AMARAL
Primera bailarina del Teresa Carreño, ofrece arte a una estresada
capital cuando cada
semana eleva la cultura de la ciudad sobre
sus puntas. Por Johan M. Ramírez
Foto: Natalia Brand
"Aquí es muy
fácil ser feliz"
Cristina Amaral pasó sus años infantiles en Parque Central, pues en uno de los pent house estaba la Escuela Franklin, donde dio sus primeros pasos como bailarina. Desde allí, con la ciudad tendida a sus pies -pero no literalmente-, descubrió que su mundo estaría siempre en puntas, elevándose sobre la cotidianidad urbana, para volar como el cisne bueno hasta las cumbres del arte. Hoy, tras 17 años en el Ballet del Teresa Carreño, cada mes conmueve a la Caracas que se cita en el Teatro para verla, la envuelve con su mágico danzar, y se halla ovacionada, al término de la obra, con la ciudad, de nuevo y ahora sí literalmente, rendida a sus pies y desbordada en aplausos.
"Tanto tiempo en Parque Central, y ahora somos vecinos, pues hoy mi vida transcurre en el Teresa Carreño", dice, y afloran en avalancha sus emociones. "Para mí esto no es sólo un teatro, sino aquello que me ha visto crecer. Aquí he pasado los mejores y los peores momentos de mi vida: he llorado y he reído, me he caído y me he levantado, me he ilusionado y desilusionado, y he recibido los aplausos del público", dice con ojos de cristal.
| "El caraqueño debe hacer lo propio y no esperar que otros trabajen por su ciudad" |
"Este lugar es el alma de la ciudad, donde confluyen todos los sentimientos, el drama de las óperas, el lirismo de los ballets, el virtuosismo de los músicos", continúa.
No es en vano ese caudal de cumplidos, pues hasta a su esposo lo conoció allí cuando recién comenzaba en el ballet y él era el médico de los bailarines. Pero su vida no sólo ocurre entre la tramoya y la expectación de una audiencia; asimismo se afana como madre de dos niños y como abogada ocasional, egresada de la UCV.
Mujer proactiva, sus días son un constante trajín, recorriendo la Cota Mil varias veces, cosa que disfruta pues no hay huecos ni basura, y porque, además, contempla la ciudad mientras conduce. "Desde allí, Caracas no se ve caótica", apunta. Pero cuando no logra evitar las trancas y se halla en medio de una, se aísla, pone música, y se transporta al mundo etéreo del ballet.
"La gente dirá que estoy loca, pero, sin darme cuenta, a veces me pongo a practicar algunos movimientos dentro del carro, haciendo algo del cisne, o de Giselle, como en un ensayo, aunque sentada", sonríe.
Consciente de la realidad capitalina, le motiva lograr que el público, que llega cargado de estrés, se marche relajado y renovado. "Es que con el ritmo de la ciudad el tiempo no alcanza ni para que uno descubra sus emociones", dice.
Lamenta que no haya en Caracas tantos estudios de danza como podrían… pero prefiere fijarse en lo positivo. Por eso mira El Ávila, se deleita con el azul celestial, con la delicia de un clima amable, con el fulgor del sol capitalino, y reconoce sin demagogias: "Aquí es muy fácil ser feliz".
Por otra parte, así como en el ballet, no espera que nadie haga algo por ella, sino que asume sus personajes con dedicación, cree que "el caraqueño debe hacer lo propio, y no esperar a que otros trabajen por su ciudad, sino tomar ellos mismos la iniciativa para cambiar lo que haya que cambiar".
Como anécdota cuenta que no es raro encontrarla una noche, después de la función de turno, comiendo en alguna arepera de Las Mercedes. "Es comiquísimo, porque termino allí toda maquillada, y a veces hasta con la peluca y las uñas postizas todavía", dice.
Algo más: desde su casa tiene una bella vista de la ciudad. Escogió ese sitio, pues cree que al levantarse frente a una panorámica caraqueña, siempre tiene, casi garantizado, un día absolutamente maravilloso.
johan_ramirez3@hotmail.com
Asistente de fotografía: Anita Carli
|