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Sencillamente, ¡relájese ya!

¿Qué causa más ansiedad que una película de un degollador, un estacionamiento desierto o un insecto en la ducha? Respuesta: Tratar de relajarse. He aquí por qué resulta tan difícil tomarse las cosas con calma

Una vida sin estres sería aburrida y estancada. Una vida con demasiado estrés resulta deprimente y peligrosa. El estrés es la forma en que el individuo reacciona cuando se ve atrapado entre la espada y la pared y, con frecuencia, se origina en el cambio. En ocasiones es la buena suerte la que resulta abrumadora -un nuevo bebé genera exigencias que nunca pudieron preverse. A veces, sencillamente uno se encuentra atascado en el tráfico, preocupado por llegar tarde. De vez en cuando el destino se torna cruel y arrincona a la persona: su médico le participa un diagnóstico alarmante; su esposo es transferido de ciudad. A menor control sobre las propias circunstancias, mayor el estrés que se experimenta. La mente reacciona inundando el cuerpo de hormonas del estrés -el cortisol y la adrenalina- cuyo propósito es estimular suficientemente al individuo para sacarlo de la terrible situación en que se encuentra. Si somos afortunados, nos forzamos a salir de la dificultad o nos adaptamos y el estrés disminuye. No obstante, si no es posible escapar o adaptarse, el estrés se hace crónico, y las hormonas del estrés se tornan tóxicas, se acelera el corazón, se olvidan las cosas, se sufre de insomnio y se debilita el sistema inmunitario por causa de la presión. En el mundo tan vertiginoso en que vivimos, resulta imposible evitar el estrés, pero ir aprendiendo a superarlo es, por otro lado, una de las acciones más sanas y saludables que podemos emprender.
A continuación, la periodista Lisa Kogan ofrece su testimonio de cómo logró alcanzar algo de serenidad y sosiego en su vida.
"Lleno mi bañera con burbujas, al igual que Doris Day en la película Pillow Talk. Enciendo un millar de velas color crema, al igual que Barbra Streisand en Nace una Estrella. Coloco música relajante en los audífonos de alta calidad, al igual que Julia Roberts en Pretty Woman. Pero, ¿por qué detenerme allí? Me pongo unas finas rodajas de pepino sobre los ojos al igual que Maggie Smith en Gosford Park. Y en menos de un segundo dejo la mente vagar, al igual que Jessica Lange antes de ser recluida en Frances. El agua está tibia, las luces son tenues, la música es cautivadora y es esto en lo que pienso: '¿Cómo fue que se escarapeló el gabinete de las medicinas? Exactamente, ¿qué significa 'lufa' y por qué diantres tengo dos? ¿He estado aquí sólo tres minutos? ¿A qué hora es la reunión de mañana para presentar ideas? ¿Cómo se puede vivir 40 años sin tener una idea que ofrecer en la reunión de mañana? Mi vida es ridícula. Necesito una nueva alfombra para el baño. ¿Es el timbre lo que suena? ¿Suena el teléfono? ¿Por qué hay guerras? ¿Cómo haré para quitar la cera de las velas de la pared de mi bañera? ¿He estado aquí sólo tres minutos y 26 segundos? ¿No deberían ya arrugárseme los dedos como pasas? Odio mi ropa. Odio mi cabello. Odio mis toallas. Odio la facultad que tengo para comerme más de una hamburguesa de una sola sentada. ¿Qué pasaría si no se me ocurren más ideas y pierdo mi empleo y me veo obligada a vivir en la calle sin tener dónde recargar mi cepillo de dientes eléctrico y me falla la vista y no puedo verme esa cana que me crece en el mentón y comienzo a asustar a los niñitos que se refieren a mí como La vieja de las encías sangrantes y me muero aferrada a mis dos lufas sin usar y cómo diablos he permanecido aquí sólo tres miserables minutos y 57 segundos?'.
Durante toda la vida han venido diciéndome que me relaje. Me colocan una mano sobre la rodilla para que deje de mover la pierna. Me llevan a la cabina de mando y me presentan al piloto. Evitan que vea las noticias de la noche y el periódico del día. Me ofrecen copas de merlot, tazas de manzanilla y chicle. Me hablan de las maravillas del yoga, los milagros de la meditación, y de un extraordinario psiquiatra del este de la ciudad. Todo esto me pone muy pero muy tensa.
Fraguan una intervención: amigos míos me invitan a pasar cinco días en un spa en Arizona, y antes que pueda protestar diciendo que estoy muy ocupada, me hallo en las vacaciones que no imaginaba que podía permitirme. Arizona es increíblemente hermosa. El aire está perfumado de romero y salvia, las mesetas están espolvoreadas con tierra de color chocolate claro y al ocaso el cielo se torna madreperla. Hay mermelada de tuna y hombres que llevan sombreros de vaquero blancos, grandes cañones y solitarias palomas. Mi esquiva búsqueda de la serenidad me ha traído a Miraval, un spa que al parecer no desea otra cosa que no sea verme relajada. Corren rumores de que otro spa de la zona revisa el equipaje de uno en busca de latas de papas fritas y chocolates de maní. Miraval sólo pide que se esté consciente de lo que se come y que se lo saboree. Su filosofía es que hay que vivir de manera muy consciente, que las personas que reciban todo el cuidado amoroso que necesitan querrán ser buenas consigo mismas, y para ello ofrecen a entrenadores, nutricionistas, terapeutas y maquilladores que las ayuden. Las técnicas de relajación que parecían una tediosa pérdida de tiempo en la ciudad se sienten como maná caído del cielo en Arizona. Me someto a masajes con piedras calientes y pedicura con cayenas; exfoliación con sal marina y unción con aceites; baños de sol, sauna y vapor; sesiones de estiramiento; descamación de la piel, loción y espuma; acondicionador y pulitura; alimentos y más masajes. Duermo la siesta, nado, leo, converso, paseo, respiro profundamente, bebo té frío de mango y vuelvo a dormir la siesta. Evito los teléfonos celulares, los correos electrónicos, los faxes, congestiones del tráfico, el frenético ritmo de mi reloj biológico y cualquier forma de medio de comunicación. Poco a poco el cuello reemerge conforme los hombros van descendiendo, la mandíbula se afloja, la parte inferior de la espalda se relaja, los dedos dejan de cerrarse hasta convertirse en puños, se desbloquean los chacras, se libera el chi y mejora el ánimo. Me convierto en un espaguetti mojado dentro de una bata de felpa blanca. Nada me perturba. ¿Se cae el cielo? No me digas. ¿El mundo está saliéndose de control? Encomiéndate a Dios y pásame el bronceador. Muestro una sonrisa involuntaria que raya en lo idiota. No deseo marcharme.
Es muy poco probable que llegue a casa y me reciba un nutrido personal sonriente esperando desbloquear mis chacras y liberar mi cautivo chi. No es probable tampoco que haya un chef preparando postres hipocalóricos enloquecedoramente deliciosos. De modo que la pregunta es ésta: ¿en cuánto envoltorio de burbujas debo encerrarme para conservar esta tranquilidad que acabo de encontrar?
Tras un mes de haber regresado a la gran ciudad, creo tener la respuesta: todo el envoltorio de burbujas y el té de mango del mundo no harán que el chi fluya luego que reciba unas cuantas sacudidas del mismo estrés que precisamente me hizo huir. No obstante, si algo me enseñó Miraval fue que tengo la capacidad de ayudarme a mí misma a sentirme mejor y, si no puedo eliminar totalmente el estrés, puedo, al menos, irme a un lugar en que comerme una luz verde no me convierta en una homicida. Boto mi colección de menús de comida china para pedir a los restaurantes, e invierto en un ejemplar de Cocina consciente: armonía de sabores para una vida equilibrada. Los sábados cocino y congelo, y durante toda la semana llego a casa a comer comida saludable. Me prometo a mí misma hacerme dar un masaje al mes y un facial ocasional. Regreso a las pequeñas cosas que solían hacerme feliz, como nadar y caminar por un parque. Aprendo a desconectar mi celular durante unos 20 minutos y todas las noches me acurruco a leer un buen libro. Me compro el nuevo CD de Tom Waits, el cual coloco en vez de ver el último reality-show en la televisión. Me encuentro con viejos amigos para almorzar el domingo. Me juro no dejar pasar un año más sin proyectar algún tipo de vacaciones. Además, cada tanto -luego de un día especialmente terrible- me instalo en un tibio y relajante baño de espuma (de cuatro minutos)". l

 
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