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Dura lex
Mirtha Rivero

Para ser bella, hay que ver las estrellas, era la máxima que le repetía a Camila una tía abuela cada vez que quería ponerla bonita y presentable para una fiesta de fin de curso. La regla -irrefutable, según la doña- tenía que ver con los incómodos y martirizantes tratamientos que debía soportar para arreglarse el cabello, en una época en que no existía el secador de pistola o para embellecer el cutis cuando no se había popularizado la crema exfoliadora ni la máscara de arcilla.
Camila no ha olvidado a la tía, como no ha olvidado la última vez que se puso rollos en la cabeza; sin embargo, con el tiempo, la conseja basada en la vivencia personal fue sustituida por una norma fundamentada en el conocimiento científico: la segunda ley de la termodinámica. Desde que la descubrió -de la mano de Robert, un estudiante de ingeniería que fue su novio- ella se convenció de la necesidad de un constante y continuo esfuerzo para mantenerse en forma. Y es que la ley en cuestión establece que el grado de desorden en el universo tiende a crecer, lo que significa que toda cosa propende a perder su forma ordenada y reconocible. O sea, le explicaba Robert, que todo ente, todo cuerpo, por más exacto, armonioso o bonito que sea, tiene la propensión a desordenarse, a desaparecer como forma ordenada. Y eso es así, por ley.
Desde entonces -hace ya más de veinte años- Camila, que siempre le había dedicado atención a su imagen personal, se ocupa de una manera más firme y sistemática al cuidado de su aspecto. Porque todo se desordena.
Usa crema humectante para el cuerpo y un hidratante especial para la cara, asiste de forma disciplinada a las sesiones con la masajista, se hace manicure todas las semanas, y pedicure cada quince días, se blanquea los dientes una vez al año, y después que cumplió los cuarenta, cada treinta días se corta el cabello y cada cuarenta y cinco se ocupa de teñir las canas. Pone tal rigor en cumplir con esas rutinas que su marido le reclama tanto empeño, sobre todo en esta época de crisis. ¿Qué puede pasar si no vas a la peluquería en dos meses?, la increpa. Ella no le hace caso. Está segura de que su esposo sería el primero en poner el grito en el cielo si la ve con la cara flácida y apagada y con la raíz del cabello del tamaño de un rodapiés. Ni más faltaba. Debe cuidar la apariencia. Hay que hacer un constante esfuerzo para restaurar el orden.
Por eso mismo quiso acompañar a su amiga Lissette a la cita "de mantenimiento" con el cirujano plástico. Tenía el oculto deseo de superar el miedo y atreverse a una operación en el busto que remediara los efectos perniciosos que otra ley -la de la gravedad- le ocasionaba.
En el consultorio, mientras esperaban, Lissette comentó lo beneficiosos que eran los parches de silicona para la cicatriz. Camila pretendió entonces explayarse a hablar sobre las leyes de física y sus demoledores efectos, pero no contó con la respuesta de su amiga que nunca necesitó validación alguna para justificar su preocupación por la belleza.
-¡Mujer!, no hay que ser Einstein para saber que tienes que cuidarte-, y a continuación pasó a describirle la agenda que sigue para impedir el desgaste de su cuerpo.
En las mañanas, después del baño, toma vitamina C, que es antioxidante, y se unta siete cremas distintas en diferentes partes de su anatomía. Una para los pies, que evita durezas y callosidades; otra para el abdomen, que combate las estrías; una para el resto del cuerpo, a excepción de las manos en donde usa una especial. Una crema para el contorno de ojos y otra específica para la periferia de la boca y, por último, una hidratante con protector solar en la cara. Por las noches, antes de acostarse, se limpia el rostro con un tónico astringente, se aplica suero fisiológico en cubitos congelados y -una vez que la piel está seca- se unta con un hidratante especial para la noche y toma una cápsula de vitamina E, que es otro antioxidante.
"Pero eso es una fortuna -exclamó Camila, asombrada-. Cada una de esas cremas tiene nombre y apellido, no se compran en el mercado libre. Y eso sin contar gimnasio y peluquería".
"Por supuesto -asintió la amiga-. Yo no sé mucho de leyes de física, pero sí conozco la ley de Winston, mi estilista. El dice: para ser bella, hay que pagar. Y yo pago. Dura lex, sed lex".l

 
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