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  Multiplicando la gozadera
Mónica Montañes

 

Nunca en mi vida he pretendido ser crítica de nada que no sea de los hombres y su compleja relación con nosotras las mujeres. Mucho, pero muchísimo menos, ponerme el disfraz de “crítico” y meterme en honduras profundísimas como la literatura. Sin embargo, el año pasado me atreví a recomendarles dos libros en mi columna, dos libros maravillosos escritos por un par de amigos míos, queridísimos. El resultado fue chistoso para mí porque uno de ellos ni la leyó, o por lo menos no me dijo ni ñé, y el otro sí me llamó, pero para decirme que tuvo un lío en la imprenta y que ustedes no podrían comprarlo hasta no sé cuantos meses más tarde. En el acto me dije: “¿Quién te manda?, mejor sigue hablando mal de los hombres, escritores o no, y déjale los libros a la gente inteligente”.

Como quiera que rara vez me hago caso, aquí me tienen en un nuevo intento. Y es que últimamente he tenido una suerte enorme y han caído en mis manos unos libros extraordinarios que quiero recomendarles por dos razones. Una es que sus escritores no son amigos míos para nada. La otra es que pienso que si a uno le pasan cosas buenísimas tiene el deber de decírselo a los demás para que la gozadera se multiplique. En fin que aquí voy.

El primero es Una palabra tuya (Seix Barral) de la española Elvira Lindo y cuenta la historia de dos personajes que rara vez son protagonistas de nada. Son dos simples barrenderas de la ciudad y el libro habla de la amistad que las une, de las pequeñas y terribles cosas que les pasan y su particular manera de resolverlas. Es conmovedor, profundo, fuerte y, sobre todo, está muy bien escrito.

El segundo es El amor nunca se acaba (Circe) de la noruega Ingrid Noll, y son las memorias de una mujer que a sus ochenta años recibe la visita de un antiguo amor. Mientras se prepara para recibirlo nos cuenta su historia sencilla, dura, bellísima.

El tercero, los cuentos del catalán Pablo J. D'Ors, titulado El estreno (Anagrama), trata sobre episodios —¿inventados?— de la vida de otros escritores famosos y están escritos con un desparpajo sorprendente y cautivador. Divertidos, insólitos, impelables.

El cuarto es Desgracia (Mondadori) del surafricano premio Nobel J.M. Coetzee, un libro que te atrapa y no te suelta hasta dejarte vapuleado contra las cuerdas de la realidad actual de su país. Sencillo, crudo, magistral.

El quinto es El síndrome de Ulises (Seix Barral) del colombiano Santiago Gamboa, una historia descarnada, tan devastadora como erótica, que nos describe al oído la cotidianidad de los inmigrantes del Tercer Mundo en su afán por vivir en el primero, en este caso, París.

El sexto y último es De esta agua no beberé (Ediciones B) de la también colombiana Margarita Posada, una maravilla de libro, escrito en estricto bogotano, con una libertad narrativa envidiable, utilizada para adentrarse en el universo de la alta sociedad capitalina colombiana, a través de una sifrina tan encantadora como vacía. Universo que, no queda la menor duda, la escritora conoce muy bien. Divertido, conmovedor, terrible.

Los seis son distintísimos, cuidado si lo único que tienen en común es que están extraordinariamente bien escritos y que cayeron en mis manos para que pudiera decirle a usted, humildemente, que si se topa con cualquiera de ellos en una librería no los deje ahí. Yo, al menos, gocé un mundo leyéndolos. ¿Quién quita que a usted le pase lo mismo? l

 
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