Postales de Leningrado
Cuando los padres
son guerrilleros
Bajo la dirección de Mariana Rondón, el viernes 7 de septiembre llega a las salas
del país este film que registra lo que fue la lucha armada clandestina nacional
de los sesenta y setenta desde la óptica de una niña Por Pablo Blanco. Postales: Cortesía Sudaca Films

Caracas es una ciudad fiestera. En las pulcras calles del centro la gente celebra el Carnaval. El desfile
de reinas y seres anónimos ataviados con máscaras contagia su entusiasmo. La multitud se divierte y no para de bailar al ritmo de tambores y trompetas. Una voz en off narra, en perfecto inglés, las maravillas
de vivir en una metrópoli como ésta. Corre el año 1966 y, cuando la música cesa, una niña comienza a relatar su propia historia. La pequeña —de quien nunca se menciona el nombre— también habla de disfraces, pero no de los que adornaban la fiesta carnestolenda. Ella, más bien, recuerda las múltiples identidades que su familia tuvo que adoptar por estar involucrada en lo que fue el movimiento guerrillero venezolano de los años sesenta y principios de los
setenta. La voz cuenta, paralelamente, las vivencias de Teo, su primo, quien sólo tenía noticias de su mamá cada vez que llegaba una postal
desde una ciudad llamada Leningrado: "Un lugar desde el que
los padres nunca vuelven". Así comienza la trama de Postales
de Leningrado, una película dirigida por la venezolana Mariana
Rondón, la misma realizadora del laureado cortometraje Calle
22, de 1994, y de la cinta A la media noche y media, de 1999.
Sirvan, pues, las postales para que Mariana construya el relato
de esta experiencia.
El cuento pendiente
"Yo empecé a hacer los primeros trazos
de esta película hace 10 años. No la pude terminar sino hasta ahora. Es el problema
de no disponer de grandes presupuestos.
Que haya coincidido con el momento
político que vivimos actualmente es totalmente azaroso. Hay quien me ha señalado que la temática es muy vigente, pero no creo que sea así del todo. Estamos hablando de 1966, y en 40 años la vida cambia. Lo que pasa es que nunca vamos
a entender nuestros presentes si no revisamos quiénes somos y de dónde venimos. Hubo gente que, durante mi
proceso de investigación, me preguntaba: '¿Y es que aquí hubo guerrilla?'. Y cabe la pregunta porque eso no se enseña en los colegios. Quien estuvo ajeno a ese contexto no tiene por qué saberlo, porque sólo revisamos el imaginario de los próceres idealizados. Las historias de los países siempre dejan asignaturas pendientes y esta es una de ellas. En todo caso, Postales de Leningrado es un cuento que yo tenía pendiente conmigo misma como hija de padres guerrilleros; de hecho, es una película bastante autobiográfica. Es lo que nos tocó vivir a mí y a mis primos desde pequeños. Nací
exacta-mente como se cuenta en la trama: mi madre, a quien estaba buscando
la policía, me dio a luz en un hospital de Barquisimeto. Se me antojó nacer un
Día de las Madres y me sacaron en la primera plana del periódico, lo cual nos puso
al descubierto. Desde entonces tuvimos que empezar a huir. Huimos
hasta que vino el momento de la pacificación, por el año 1971".
Las memorias
"No tenía ganas de ser veraz sino más bien de respetar mis propios recuerdos como me llegaran, de manera torpe o desordenada.
Lo más importantes es que tuvieran esa estructura de pensamiento humano, de quien va de un lado
a otro, de quien no termina
de descifrar un acertijo. Busqué
la estética de los sesenta, la del
pop. Necesitaba algo que reflejara
el estallido visual que significó
esa década, el cual coexistía con
lo que era el estallido político.
Hago muchas referencias al cómic, al collage. De hecho, la película tiene 50 minutos
de intervenciones gráficas. El tema musical Hasta siempre, comandante, por ejemplo,
es de 1959, pero está versionado con acordes del pop-rock actual, para darle la dimensión que tenía en esa época. Otra referencia importante para mí durante
este proceso fue la escritora belga Amélie Nothomb, de quien estuve revisando
algunos libros sobre la infancia. ¿Las postales? Sí, conservo muchísimas de un Leningrado falso, aunque también algunas auténticas, porque sí era usual que
algunos de los que estaban en el movimiento viajaran a la Unión Soviética. Como
puede verse en la película, esos objetos conforman el único contacto padre-hijo. Además, son la única evidencia de que —como diría Milan Kundera— 'la vida está
en otra parte', de que la existencia no consistía, solamente, en esconderse y visitar la cárcel sino que había un refugio… Quizás en la imaginación. Una de las que más
me impactó tenía unos niños jugando con la nieve. Y cuando mis padres me decían
que iban a cambiar el mundo yo pensaba que lo iban a hacer para que nevara más".
El juego
"Cuando yo les preguntaba a mis
padres por qué nos cambiábamos tanto
el nombre, me resumían la situación diciéndome: 'Nosotros creemos
que hay que cambiar cosas que no nos
gustan y a la policía
eso no le parece correcto. Por eso
nos están buscando'.
Y yo siempre sabía cuándo las cosas
no andaban bien, tenía esa certeza, pero no se los decía. Por eso aprovecho la película para contar todo lo que no conté en ese momento. Para mí era como jugar al escondite. Recuerdo que así lo veían, también, algunos de mis compañeritos del colegio que estaban en la misma situación: 'Vieron a fulano, agarraron a zutano'. Y hoy en día me pregunto hasta qué punto mis padres, que en ese momento tenían apenas 20 años, no lo veían también como un juego. Y no lo digo por juzgarlos. De cualquier forma, fue algo que marcó mi manera de ver la vida.
Y es un poco la vía que encontré para darle forma a mi discurso cinematográfico,
siempre basado en estructuras y lenguajes en relación con el juego. A lo mejor es
una reinterpretación del género policial. Porque, en esencia, un policial es un
juego de acertijos".
Del rodaje
"Fueron siete semanas de filmación. Estuvimos en la capital de Mérida
y también en un pueblo musical
de los Andes merideños llamado Mesa de los Indios. Fue un rodaje supertranquilo, aunque parecíamos un circo (risas). Bueno, creo
que todos los rodajes terminan pareciendo un circo. Después
de que filmamos en el centro
de la ciudad, un montón de adolescentes se vino con nosotros
a la montaña y se le unió gente
de todo tipo. Las tomas de la cárcel fueron hechas en una penitenciaría de régimen especial: los presos salen a trabajar de día, pero pasan la noche en la cárcel. Muchos de ellos nos sirvieron de extras. Los niños que aparecen en la película son todos merideños y resultaron ser maravillosos.
El caso de William Cifuentes, el niño que hace de Teo, es excepcional. Es hijo de la
jefa de casting y fue testigo de todo el proceso de selección. Un día, en vista de
que no encontrábamos quién interpretaría ese personaje, dijo: '¡Lo hago yo!'.
Y resultó ser extraordinario. Por otro lado, muchos de los amigos que ayudaron
durante el proceso de preproducción resultaron ser hijos de guerrilleros. Me enteré
a medida que me lo decían ellos mismos. La productora de la película, Marité Ugas, aprovechó la ocasión para registrar sus testimonios y hacer el documental Los hijos
de la guerrilla, que será estrenado paralelamente con la película. Mis padres
ya vieron Postales de Leningrado, pero aún no me han dicho
ni una sola palabra al respecto".
pblanco@eluniversal.com
Ver también:
- La mágica improvisación de Gabriela Montero
- Postales de Leningrado Cuando los padres son guerrilleros
- El bolso o la vida
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