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  El personaje de la sonrisita
Mónica Montañés

Imagínese usted una sonrisa. No tiene que ser una sonrisota así, del otro mundo. No. No hace falta. Es tan sólo una suerte de placidez en el rostro, un brillito en la comisura de los labios, un trasfondo en la mirada como divertido, una sonrisa, pues, que no agrede ni contagia pero sí llama la atención, despierta curiosidad, y cuidado si hasta su poquito de envidia. ¿Ya se la imaginó? Ajá. Muy bien.

Ahora vamos a ponerle esa sonrisita en el rostro a un personaje, el que usted quiera, bonito o no, joven o viejo, hombre o mujer. Puede ser quien usted quiera y como lo quiera, el único requisito indispensable es que sonría. ¿Ya lo hizo? Ajá. Muy bien.
Si quiere seguir jugando conmigo a esto lo que tiene que hacer ahora es ubicar a nuestro personaje sonreído en un escenario. Imagínese el que usted quiera, incluso puede ponerse tortuoso. Puede ser, digamos, la cola de un banco un viernes quince en el que hace diez minutos se fue la línea. O la sala de espera de un médico famoso de esos que curan dolencias bravísimas pero que no creen en la importancia del tiempo de los pacientes y, por lo tanto, no utilizan el sistema de citas con horario sino el de "vaya llegando y anótese que en algún momento del día o de la noche lo atenderemos". O en pleno aeropuerto nacional rodeado de innumerables pasajeros que a su vez están rodeados de innumerables maletas, maletines, morrales, bolsos y bolsitas a punto de romperse y dejar que se derrame el queso telita fresco que venden en la tiendita de enfrente, inocentes todos e ignorantes de que el vuelo que van a tomar ha sido retrasado hasta nuevo aviso, cosa que la línea aérea no tiene ni la más remota intención de informarles. O a golpe de siete y media de la noche de cualquier día de la semana atascado en la autopista de Prados del Este kilómetros antes de la altura de Santa Fe. Usted puede escoger el escenario que desee, el único requisito indispensable es que nuestro personaje se encuentre allí con su sonrisita plácida, detalle que obviamente lo distingue del resto de los seres que comparten la escena con él y que, muy por el contrario, están histéricos, amargados, luciendo la cara de cañón o esa extraña expresión de control que presagia un ataque de locura. El aparentemente insignificante detalle de la sonrisita de placidez hace de nuestro personaje un ser superior al resto, casi un superhombre o una supermujer, dueño de una sabiduría o por lo menos de un truquito que los demás no poseen y que le permite mantenerse plácido, cuidado si hasta feliz en cualquier tipo de caos criollo. ¿Ya adivinó cuál es el truquito que posee nuestro personaje y que le permite seguir sonreído y plácido a pesar de? (Ojo, no se trata de una nueva tarjeta de crédito ni de que viene de tener el mejor sexo posible. Las estadísticas demuestran que ni el dinero ni el sexo pueden contra una cola de más de cuarenta y cinco minutos y sus efectos sobre la amargura de la víctima. Así que eso no es). Ajá. ¿Adivinó el truquito que sí permite seguir sonriendo plácidamente a nuestro personaje? ¿No? Permítame ayudarlo. Acérquese un poco, un poco más y ponga cuidado en un extraño objeto que reposa sobre las manos de nuestro sonreído personaje. ¿Vio?, ¿reconoce lo que es? Sí, señor, es un libro, sencillamente un libro, el que usted quiera, del tema que a usted más le guste y le interese, comprado en una librería o hasta en la mismísima autopista entre Cocosettes e inflables de Bob Esponja. ¿No me cree? Haga la prueba para que usted vea. Métase en la cola que a usted le dé la gana, es más, agréguele a su pareja peleando con los hijos, es más, póngale de fondo las noticias de Globovisión y... agarre un libro, un buen libro, déjese seducir y sin darse cuenta usted se convertirá en el personaje superior que, entre tanto loco furibundo, sonríe, viaja, vive, sueña. l

 
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