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Imagínese usted una sonrisa. No tiene
que ser una sonrisota así, del otro mundo. No. No hace falta.
Es tan sólo una suerte de placidez en el rostro, un brillito
en la comisura de los labios, un trasfondo en la mirada como divertido,
una sonrisa, pues, que no agrede ni contagia pero sí llama
la atención, despierta curiosidad, y cuidado si hasta su
poquito de envidia. ¿Ya se la imaginó? Ajá.
Muy bien.
Ahora vamos a ponerle esa sonrisita en el rostro
a un personaje, el que usted quiera, bonito o no, joven o viejo,
hombre o mujer. Puede ser quien usted quiera y como lo quiera, el
único requisito indispensable es que sonría. ¿Ya
lo hizo? Ajá. Muy bien.
Si quiere seguir jugando conmigo a esto lo que tiene que hacer ahora
es ubicar a nuestro personaje sonreído en un escenario. Imagínese
el que usted quiera, incluso puede ponerse tortuoso. Puede ser,
digamos, la cola de un banco un viernes quince en el que hace diez
minutos se fue la línea. O la sala de espera de un médico
famoso de esos que curan dolencias bravísimas pero que no
creen en la importancia del tiempo de los pacientes y, por lo tanto,
no utilizan el sistema de citas con horario sino el de "vaya
llegando y anótese que en algún momento del día
o de la noche lo atenderemos". O en pleno aeropuerto nacional
rodeado de innumerables pasajeros que a su vez están rodeados
de innumerables maletas, maletines, morrales, bolsos y bolsitas
a punto de romperse y dejar que se derrame el queso telita fresco
que venden en la tiendita de enfrente, inocentes todos e ignorantes
de que el vuelo que van a tomar ha sido retrasado hasta nuevo aviso,
cosa que la línea aérea no tiene ni la más
remota intención de informarles. O a golpe de siete y media
de la noche de cualquier día de la semana atascado en la
autopista de Prados del Este kilómetros antes de la altura
de Santa Fe. Usted puede escoger el escenario que desee, el único
requisito indispensable es que nuestro personaje se encuentre allí
con su sonrisita plácida, detalle que obviamente lo distingue
del resto de los seres que comparten la escena con él y que,
muy por el contrario, están histéricos, amargados,
luciendo la cara de cañón o esa extraña expresión
de control que presagia un ataque de locura. El aparentemente insignificante
detalle de la sonrisita de placidez hace de nuestro personaje un
ser superior al resto, casi un superhombre o una supermujer, dueño
de una sabiduría o por lo menos de un truquito que los demás
no poseen y que le permite mantenerse plácido, cuidado si
hasta feliz en cualquier tipo de caos criollo. ¿Ya adivinó
cuál es el truquito que posee nuestro personaje y que le
permite seguir sonreído y plácido a pesar de? (Ojo,
no se trata de una nueva tarjeta de crédito ni de que viene
de tener el mejor sexo posible. Las estadísticas demuestran
que ni el dinero ni el sexo pueden contra una cola de más
de cuarenta y cinco minutos y sus efectos sobre la amargura de la
víctima. Así que eso no es). Ajá. ¿Adivinó
el truquito que sí permite seguir sonriendo plácidamente
a nuestro personaje? ¿No? Permítame ayudarlo. Acérquese
un poco, un poco más y ponga cuidado en un extraño
objeto que reposa sobre las manos de nuestro sonreído personaje.
¿Vio?, ¿reconoce lo que es? Sí, señor,
es un libro, sencillamente un libro, el que usted quiera, del tema
que a usted más le guste y le interese, comprado en una librería
o hasta en la mismísima autopista entre Cocosettes e inflables
de Bob Esponja. ¿No me cree? Haga la prueba para que usted
vea. Métase en la cola que a usted le dé la gana,
es más, agréguele a su pareja peleando con los hijos,
es más, póngale de fondo las noticias de Globovisión
y... agarre un libro, un buen libro, déjese seducir y sin
darse cuenta usted se convertirá en el personaje superior
que, entre tanto loco furibundo, sonríe, viaja, vive, sueña.
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