| La pistola humenate
Frank le mostró a su esposa el
revólver y amenazó con quitarse la vida. Max
Haines
Las
historias de los millonarios caídos en desgracia causan cierta
fascinación. Nadie cayó más bajo que Frank
Smith.
La gente rica tiene tanto por lo que vivir
que uno pensaría que se abstendrían de matarse el
uno al otro. Además, el acto del asesinato en sí mismo
es de tan mal gusto. Las clases más altas en Inglaterra,
en particular, amaban tomar el té con panecillos y luego
asesinar a sus invitados.
Frank Smith tenía todas las credenciales
correctas. Era el nieto y heredero de un hombre extremadamente millonario.
Incluso él mismo se había graduado de Eton y Cambridge,
pero Frank sentía inclinación por hacerse el playboy
inglés, y se gastó alrededor de medio millón
de dólares de los bienes de su familia.
Luego se enamoró de una joven dama
llamada Kathleen, quien tenía alrededor de 10.000 libras.
La situación no era nada mala. Frank hizo un inventario y
recuperó las acciones y bonos que él se había
negado a convertir en efectivo. Decidió que lo que quedaba
de su fortuna familiar lo uniría a la fortuna de Kathleen.
Se casó, y evitó así el molesto hábito
de tener una actividad conocida como trabajo.
Durante un tiempo las cosas fueron bien. La
feliz unión produjo un pequeño niño juguetón,
al que bautizaron con el nombre de Jackie. Luego, un frío
día de enero de 1926, Frank conoció a un joven caballero,
un tal Jack Derham. Jack estaba hecho de la misma tela que Frank.
Había sido educado en Eton y Cambridge, provenía de
una familia adinerada, y se había inclinado hacia una vida
de mujeriego.
Frank insistió en traer a Jack a casa
para que conociera a su esposa. Amigos, cometió un grave
error. El lugar fue Hearne Bay, y allí Jack miró una
vez a la bella Kathleen y dijo: “Esa es para mí”.
A lo largo de la primavera y a principios
del verano de 1926, Frank y Kathleen reñían y peleaban.
El objeto de sus diferencias era siempre el mismo: Jack Derham.
Kathleen insistía en que no había nada más
que una amistad entre ellos. Frank, casi loco de celos, afirmaba
que había mucho más.
Algo tenía que cambiar. Frank dejó
su casa y se alojó en Londres. Kathleen también se
trasladó. Tomó a su hijo y se fue a la casa de campo
en Canterbury. Es interesante notar que la casa era propiedad del
padre de Derham.
Frank estaba fuera de sí por el deterioro
de su matrimonio. Comenzó a prenderse de la botella más
de lo acostumbrado. Incluso llegó a ponerse agresivo y visitó
la casa de Canterbury. Kathleen no estaba en la casa, pero Frank
no desperdició la visita. Pasó 15 minutos destrozando
los muebles, sólo por diversión. Frank también
era un hombre rápido con la pluma. Le escribió a Derham:
“Tú, maldito cochino. Sólo deseo que tengas
el coraje de verme…Tú, sucio y cobarde tonto. Me mentiste
y ahora sufrirás”.
Luego le escribió una nota a Kathleen:
“Me estoy volviendo loco de pena. Te digo que no puedo seguir
viviendo sin ti. Me enfrentaré con ese sinvergüenza
condenado de Derham primero… Jackie no querrá tener
dedos apuntándole como el hijo de un asesino de su desleal
esposa y su amante... y de un suicidio. Vuelve a mí, mi niña,
mi pequeño brezo blanco”.
Kathleen, pensando que vivir en la casa del
padre de Derham había sido un factor contribuyente a los
celos de Frank, decidió mudarse a la casa de Tankerton, cerca
de Whitstable, en Kent.
El lunes 9 de agosto, Frank visitó
a su esposa en la casa de Tankerton. Ella no sabía de la
exclusiva compra que él había realizado en Londres:
un revólver. Esa tarde, la pareja habló de forma civilizada
sobre su situación marital. Fue una charla tan civilizada
que Frank le mostró el revólver a su esposa, explicándole
que su confusión era tal que pensaba quitarse la vida. Esa
noche la pareja durmió en habitaciones separadas.
A la mañana siguiente, Kathleen había
cambiado de parecer completamente. Le dijo a su marido que había
terminado con Derham y que nunca lo volvería a ver. Esa noche
todo era dulzura y suavidad. Frank y Kathleen compartieron la misma
cama.
Así tenía que ser, pensaba Frank; pero debía
preparase para un despertar duro. El miércoles por la mañana,
Kathleen nuevamente cambió de parecer. Le dijo a Frank que
se marchara. Frank, quien estaba al borde, le envió un cable
a Derham pidiéndole que les visitara. Firmó con el
nombre de Kathleen, y, por supuesto, Jack apareció.
Frank trató de llegar a un arreglo
con Derham, pero fue rechazado. Esa noche, Kathleen comenzó
a preparar la cama para el invitado. Frank no quería saber
nada. Tuvo lugar una discusión larga y acalorada. Finalmente,
Frank gritó: “Me mataré”. Jack y Kathleen
estaban tan preocupados por esta declaración desesperada
que apenas miraron a Frank. Este disparó un tiro. Jack Derham
cayó al piso con un agujero en la cabeza. Murió una
semana más tarde.
Frank fue arrestado y culpado de asesinato.
El 25 de noviembre de 1926, su sensacional juicio comenzó
en Maidstone Assizes.
La defensa de Frank era simple pero efectiva.
El sostuvo que, fuera de sí, tomó su revolver y estaba
tratando de matarse. Su mujer y Jack se apresuraron para quitarle
el arma. Esta se disparó sola y, accidentalmente, mató
a Derham. Frank aseguraba que nunca había puesto el dedo
en el gatillo. Kathleen no fue llamada como testigo porque una esposa
no puede testificar en contra de su marido.
James
Barton ofreció evidencia sorprendente en el juicio. Barton
estaba caminando directamente por la puerta de la casa en Tankerton
en el momento exacto del asesinato. Escuchó el disparo, se
dio una vuelta, y al mirar a través de la ventana vio la
forma de un hombre y de una mujer corriendo hacia Frank Smith. La
forma de hombre se derrumbó en el piso. Esta era evidencia
extremadamente perjudicial, ya que Barton escuchó los tiros,
luego vio las formas en movimiento, lo que significaba que el tiro
había sido hecho de forma deliberada y había sido
precedido por una pelea.
El jurado optó por creer que Barton
estaba cometiendo un error honesto, y decidió que Frank Smith
no era culpable. Nuestro hombre, en cambio, fue hallado culpable
por posesión ilegal de arma, y recibió un año
en la cárcel sometido a trabajos pesados.
Luego de la salida de Frank, Kathleen se divorció
de su marido. Su hijo, Jackie, se quemó trágicamente
hasta morir cuando se incendió la escuela a la que asistía.
En 1944, 18 años luego del juicio, Frank Smith murió
indigente en una habitación en Ilfracombe, Devon. l
Ilustraciones: David Márquez
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