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El secreto del chisme

Es uno de los placeres más menospreciados pero también más instructivos de la vida. Teniendo en cuenta esto último, ¿por qué tiene tan mala reputación? Jennifer Drapkin

En una calurosa semana del verano pasado Jennifer Aniston apareció en la portada de no menos de ocho revistas. Los informes sobre su divorcio de Brad Pitt iban de compasivos (“Seguir adelante después de Brad”) a estratégicos (“Ahora es una guerra declarada”) y especulativos (“La reunión secreta de Jen con la mamá de Brad”).
 ¿Cómo podría la separación de una pareja conducir a la muerte inútil de numerosos árboles, necesaria para producir tanto papel? Los incesantes informes parecen un gran desperdicio de tiempo, energía y papel. Pero no lo son. Los chismes, incluso los que se refieren a celebridades, distan mucho de ser inútiles. Nos enseñan a comportarnos, determinan nuestra posición en la comunidad, nos mantienen conectados unos con otros y dejan al descubierto a mentirosos y tramposos. Casi dos terceras partes de las conversaciones de los adultos está dedicada a gente que no se encuentra en la habitación, lo que equivale a más de dos horas al día. Créalo o no, no se trata de charla ociosa. Sin evaluaciones indirectas del comportamiento de otras personas, la sociedad sencillamente se derrumbaría.

“¡Silencio! Ahí viene ella”
Oscar Wilde escribió en una oportunidad: “Sólo hay algo peor que hablen de uno, y es que no hablen de uno”. Las únicas personas que no son objeto de chismes son aquellas que se encuentran en lo más bajo de su mundo social. Afortunadamente, chismear es una práctica que se perpetúa a sí misma: mientras más hablen de usted más importante se vuelve; y mientras más importante se vuelve más hablan de usted. Cuando Jessica Coen, editora del blog de chismes Gawker.com, encontró su foto al lado de la imagen de la despampanante Nicole Richie en la página seis del New York Post, se sintió curiosamente orgullosa. “Es un distintivo de honor retorcido”, comenta. “Por una parte dicen que soy una perra doble cara y traidora, pero por otra, repentinamente valía la pena hablar de mí. El artículo es sobre mi refrigerador”.

Para aquellos que están bajo la mirada del público, el chisme es crucial. Según Michael Levine, gurú de relaciones públicas de Hollywood, quien ha representado a estrellas de la talla de Michael Jackson y Barbra Streisand, los chismes generan poca vergüenza si se es una figura pública. “Necesitas que la gente diga cosas, frente a ti y a tus espaldas. Lo opuesto al amor no es el odio; lo opuesto al amor es la indiferencia”, señala.

 La conocidísima columnista de chismes Liz Smith, del New York Post, asevera que el chisme forja fama y leyendas: “Siempre le digo a las personas cuando se sienten contrariadas por las cosas que escriben sobre ellas, ‘Acéptalo como parte de tu mito’”.

Puede ser una estrategia
Los chismes no son buenos sólo para los ricos y famosos. El gerente medio que supervisa su área de cubículos haría bien en dejar que la gente hable entre dientes sobre él. Los psicólogos industriales advierten a los jefes que no sean demasiado duros con los subalternos que se quejan por causa de ellos: criticar al jefe y hablar mal del entrenador une al equipo. Herb Brooks, entrenador del equipo de hockey olímpico de EEUU de 1980, condujo a sus inexpertos jugadores a la medalla de oro haciendo que lo odiaran. El estilo de Brooks como entrenador era sumamente crítico y despiadado; hacía que sus jugadores trabajaran al punto que vomitaban sangre. El propio Brooks le dijo al actor Kurt Russell, quien lo interpretó en la película El Milagro, que el desprecio del equipo hacia él hizo que los jugadores olvidaran sus diferencias personales y trabajaran juntos. Fue el año más solitario de la vida de Brooks, pero no podía permitirse sentirse atemorizado por lo que sus jugadores decían de él. Durante la filmación, Russell utilizó los mismos métodos con los jóvenes jugadores de hockey que protagonizaron el filme. Dado que no eran actores profesionales, Russell sintió que debían crear una verdadera camaradería dentro y fuera del set de filmación. No le importó que hablaran mal de él.

 El chisme es característica de una organización saludable; el silencio es una señal de enfermedad. Los líderes de cultos, de manera infame, usan técnicas de silenciamiento para controlar la información. David Koresh, de Branch Davidians, solía castigar a sus seguidores por chismear obligándolos a meterse en un pozo de aguas negras y prohibiéndoles bañarse. A corto plazo eso le dio un control total sobre el grupo. A largo plazo habría podido socavar su liderazgo. Según el psicólogo Francis McAndrew, del Knox College, la gente que se mantiene en la cima no prohíbe el chisme; lo usan para saber qué está ocurriendo. Tienen un claro panorama de su mundo social al recibir tanta información como sea posible.

“Al menos mi vestido de boda no vino de K-mart”
Todos tenemos una profunda necesidad de sentirnos arraigados y seguros. Una forma de cimentar el estatus es compararnos con quienes están peor que nosotros. Dado que pocos conocidos comparten voluntariamente en conversaciones educadas detalles sobre sus atribulados matrimonios, malas inversiones y niños con bajo rendimiento, obtenemos esta información a través del chisme. Las noticias sobre las dificultades de los demás nos ayudan a lidiar con nuestras propias situaciones conflictivas. A través del chisme nos damos cuenta de dónde nos encontramos en el panorama más general, a menudo con al menos un poquito de alegría malsana. Niegue con la cabeza todo lo que quiera: la comparación social con los que están por debajo de uno es una parte saludable de un ego que funciona bien.

“Si la boca de esa muchacha crece un poco más, se tragará su cabeza”
Todos hemos escuchado los mandamientos en contra de los chismosos y los lengua suelta. “No debes andar entre tu pueblo con el fin de calumniar” (Levítico 19:16). Pero la verdad es que las personas que no chismean son vistas por sus semejantes como poco fiables, nada amistosas y sin importancia. “Uno tiene que ser un participante”, señala McAndrew. “Si no está involucrado en la cadena de chismes, entonces por definición usted es un intruso”. No hacerle caso a los chismes es un atajo al aislamiento. Parte de la  razón es que el chisme contiene valiosa información sobre las normas de la sociedad, desde hurgarse la nariz a engañar a su cónyuge. La separación de Jennifer Aniston de Brad Pitt ocupó los principales titulares porque nuestra sociedad desaprueba la infidelidad. Al hablar, hablar y hablar sobre ello reafirmamos nuestra desaprobación.

 Supuestamente, también desaprobamos el chisme. Como expresó Joseph Conrad: “El chisme es algo que nadie dice que le gusta, pero todos disfrutan”. Pero cuando las personas dicen que no les gustan los chismes, lo que realmente quieren decir es que no les agradan los individuos que no saben contar chismes. “El chismoso del pueblo realmente es alguien cuyo estilo es un poco inaceptable”, indica Wert.

 Los chismosos con talento saben cuándo mantener un secreto, por lo que tienen un lugar especial en la sociedad. De hecho, la tradición del chismoso profesional se remonta, al menos en Estados Unidos, a los días de los padres de la patria, cuando Benjamín Franklin, uno de los hombres más sociales de la historia, comenzó una columna de chismes en la Pennsylvania Gazette en 1730.

“Se siente tan bien hablar contigo”
El chisme es mucho más antiguo que Franklin. Es algo primitivo. McAndrew y otros aseveran que el chisme es placentero porque es necesario para la supervivencia. “El chisme es como el sexo”, dice. “Es tan divertido que la gente no puede dejar de hacerlo”.

 Los humanos chismean de la misma forma que los chimpacés se acicalan. En los chimpacés el acicalamiento provoca la liberación de endorfinas en el cerebro, lo cual induce a euforia. En los humanos el chisme genera cierta sensación de embriaguez que es intensificada por la risa. “Esto muy bien pudiera explicar por qué pasamos tanto tiempo en nuestras conversaciones sociales tratando de hacer que el otro ría”, dice el psicólogo evolucionista Robin Dunbar, de la Universidad de Liverpool. El chisme y la risa literalmente hacen que nos sintamos en éxtasis.

 Dunbar cree que el chisme pudiera ser la causa principal de que el Homo sapiens desarrollara el lenguaje. Los monos y los simios pueden aprender del comportamiento de los demás sólo a través de lo que ven directamente, pero el lenguaje humano nos permite saber qué ocurrió antes de que llegáramos a un lugar. “Si usted entrara en una gran organización y debiera esperar para ver todo lo que necesita saber de primera mano, nunca le agarraría el truco a las cosas”, opina McAndrew.

 Esta teoría se ve respaldada por el hecho de que la gente de distintas culturas pasa la mayor parte de su tiempo de conversación intercambiando información social. “Podemos hablar sobre gente que conocemos toda la noche sin aburrirnos”, señala Dunbar. “Pero si trato de darle una charla sobre la Teoría de los impensables en la física de Kant, sus ojos se le nublarán en unos diez minutos. Esto nos lleva a concluir que la mente y el lenguaje están predispuestos a manejar cuestiones más sociales que técnicas”. Es casi imposible explicar conceptos científicos sin gráficos o diagramas, pero los detalles de la vida política se expresan fácilmente mientras tomamos una taza de café.

“Y entonces él le cortó las patas...
¡por teléfono!”

El chisme nos asusta porque sabemos que la información se puede usar en contra nuestra. Pero ciertas personas merecen una mala reputación —los mentirosos, los tramposos, los aprovechados y otros que manipulan y abusan de nuestra confianza. Eric Foster, de la Temple University, utiliza modelos matemáticos para simular las cadenas de chismes. Encontró que mientras más densa es la red social, más honesta es la gente. En las sociedades donde todos hablan con todos habitualmente, no sólo los mentirosos y embaucadores son descubiertos rápidamente, sino que también las personas se ven menos tentadas a mentir. En los pueblos pequeños, la gente no echa el cerrojo porque nadie roba en la casa de los demás.

 Nuestros ancestros probablemente pasaban la mayor parte del tiempo en clanes de no más de 150 personas, y rara vez trataban a gente que no conocían. En grupos tan pequeños, el chisme puede ser un medio sumamente efectivo de autovigilancia. El problema consiste en que, en términos generales, ya no vivimos en comunidades en las que todos hablan con todos. “Tratar constantemente con desconocidos no es algo que hagamos muy bien”, señala McAndrew. En nuestra sociedad, altamente independiente y móvil, los sociópatas se pueden desplazar de un lugar a otro y nunca ser atrapados. Ahora hay registros de los delincuentes sexuales porque no conocemos el pasado de nuestros vecinos. En lugar de escuchar las cosas que nos puede comunicar una persona pajarito, tenemos investigadores privados y sitios web en los que se verifican los antecedentes de las personas.

Te dije que era verdad
Hoy en día, los vecinos y los compañeros de trabajo cada vez conocen a menos personas en común. Vaya a Hollywood. Aunque usted quizás no comparta conocidos con el barman de Starbucks o el técnico de reparación de televisores, ambos pueden lamentar la situación de Jennifer Aniston y desear que a Angelina Jolie le dé viruela. La psicóloga Charlotte De Backer, de la Universidad de California en Santa Barbara, estudia la forma en que la cultura de las celebridades influye en las interacciones sociales. “La gente joven menciona especialmente a las celebridades en sus conversaciones para hacer nuevos amigos”, dice. “Es una herramienta de fácil acceso para establecer un lazo”. De hecho, De Backer considera que los adolescentes que no se mantienen al tanto de los chismes de las celebridades tienen menos amigos y enfrentan más dificultades para relacionarse con sus semejantes.

El chisme sirve también como un aglutinante intergeneracional. El escándalo de Bill Clinton y Monica Lewinsky no sólo avivó el debate sobre la fidelidad, sino que también le dio al país un tema sobre el cual conversar colectivamente.

Repentinamente, estaba hablando sobre sexo oral con mis padres y debatíamos si ello constituía una infidelidad o no”, indica Coen. “Y sabía que en algún lugar al otro lado del país, otra familia tenía exactamente la misma conversación. El incidente hizo que toda la nación se sintiera más compenetrada”. Siete años después, la gente aún conversa sobre Bill y Monica como si se tratara de viejos vecinos y sonríe tímidamente al recordar la referencia al tabaco.

“Las mujeres son peores”
El estereotipo de que las mujeres chismean más que los hombres es parcialmente cierto. Las mujeres chismean algo más que los hombres, aunque ambos sexos hablan extensamente sobre las mismas cosas (en tanto se sustituya la comidilla sobre estrellas de cine con comentarios sobre deportes y dinero). Las mujeres tienen círculos sociales más amplios que los hombres en todos los niveles: tienen más confidentes, más amigas y más conocidos casuales. Las mujeres chismean por igual con sus amigas, novios y esposos, mientras que los hombres chismean más con sus novias y esposas que con sus amigos. Pero cuando se trata de información sobre posibles parejas, tanto las mujeres como los hombres solteros  se muestran profundamente interesados.

Las diferencias de género en cuanto al chisme pudieran existir porque las mujeres fueron obligadas a ajustarse a nuevos medios sociales con mayor frecuencia que los hombres. Las mujeres se mudaban a la familia de su esposo más frecuentemente que los hombres a las familias de sus esposas. Una mujer necesitaba aprender la estructura social de una nueva tribu, lo cual requería excelentes habilidades en el establecimiento de contactos. Mientras que los hombres primitivos rara vez necesitaban recopilar información social, las mujeres de esa época no habrían podido sobrevivir sin ella.

Sin embargo, Dunbar tiene una teoría distinta. Sostiene que las sociedades humanas están básicamente dirigidas por mujeres. Cuando a las mujeres les parece conveniente se reúnen en grupos para criar a sus hijos. Cuando no lo consideran aconsejable forman relaciones monógamas con los hombres. “Hay toda esa cháchara de los hombres, quienes pretenden controlar el sistema, imponiéndose y restringiendo lo que hacen las mujeres”, indica. “Pero las mujeres dirigen el sistema en un nivel impersonal. Si las mujeres dejaran de socializar la sociedad colapsaría”. l

 

ANATOMIA DE UN RUMOR: LA ULTIMA CABALGATA DE CATALINA LA GRANDE

Si usted no ha escuchado la historia sobre Catalina la Grande, entonces es evidente que nunca pasó papelitos entre sus compañeros en las clases de historia. Según los rumores, la lujuriosa zarina murió aplastada mientras intentaba hacer el amor con un semental. Por supuesto, esto es completamente falso: Catalina murió por un ataque de apoplejía en su cama a los 67 años. El hecho de que la leyenda del caballo haya sobrevivido más de 200 años es prueba de la persistencia de un rumor. Durante su vida, Catalina se ganó muchos enemigos en toda Europa. Después de su muerte, el mito del caballo probablemente surgió de la clase alta francesa como una forma de empañar su leyenda. “Era una mujer en el poder con una vida sexual promiscua”, dice Michael Farquhar, autor de A Treasury of Royal Scandals. “Sus contemporáneos nunca se sintieron cómodos con eso”.

Desde Francia, el mito ha podido extenderse a la prensa estadounidense, que era famosa por publicar escándalos en esa época. “La prensa de los padres de la patria hace que el (periódico amarillista) National Enquirer parezca inocente”, dice Farquhar. La naturaleza obscena de un rumor a menudo lo ayuda a sobrevivir. La gente repite historias escandalosas aunque sea sólo para ver si pueden ser confirmadas, y el mero acto de la repetición le infunde credibilidad a la historia. Dado que las relaciones sexuales con animales siguen siendo socialmente inaceptables, el mito sobre la gobernante y su caballo nunca ha perdido su capacidad de causar indignación.

Muchos rumores sobreviven gracias a su capacidad de causar impacto sumada a un ápice de verdad. Catalina la Grande no buscaba placer en los establos, pero escogía a sus amantes de la caballería real. Hitler no era impotente, aunque sólo tenía un testículo. Calígula no se comió el feto de su hermana, aunque cometió incesto con al menos una de sus hermanas, quizás las tres. J. Edgar Hoover no era un travesti, pero mantuvo un romance de 40 años con el hombre que era su mano derecha, Clyde Tolson. James Barrie, autor de Peter Pan, no era pedófilo, aunque le gustaba jugar con niños. ¿Y Michael Jackson? Bueno, decida usted.

El arte de contar chismes

El chisme requiere equilibrio. No confiamos en la gente muy discreta ni muy lengua suelta. No nos agradan quienes hacen un drama de todo, pero también ignoramos a las personas muy tímidas. Es un pecado alterar la verdad, pero también lo es ser aburrido. “Si está en una fiesta y le dice a alguien: ‘Hace calor aquí, ¿verdad?’, entonces, ¿cuán interesante resulta ser usted?”, comenta la columnista de chismes Liz Smith. “Pero si dice: ‘Siéntate, te voy a contar una historia que te va a dejar mudo’, entonces nunca le olvidarán”. A continuación le indicamos cómo hacer que el chisme sea su aliado.

l Mantenga los secretos. Aunque parece algo contrario a la intuición, los buenos chismosos suelen mantener confidencial ciertas informaciones. Nada le hará salir de una red social más rápidamente que el conocimiento de que usted es el Garganta Profunda (nombre clave de la fuente que reveló a ciertos periodistas el escándalo de Watergate) de la comunidad.
l Conozca a su público. En general, las personas están más interesadas en sus semejantes; gente de su misma edad y sexo. A los hombres les gusta escuchar sobre dinero, a las mujeres sobre todo lo demás.

l Adorne. “La gente siente más curiosidad por una historia que por la verdad”, dice el publicista de Hollywood Michael Levine. Aunque mentir descaradamente le conducirá a problemas, contar historias de manera colorida casi siempre es preferible a la monótona realidad.

l Nunca revele sus fuentes. Los chismosos con maña saben cómo mantener oculta la fuente de sus chismes. Esto es especialmente cierto cuando ellos son la fuente original.

l No rechace una revelación. Resista decirle a alguien que se calle, incluso si el chisme hace que usted se sienta incómodo. Sonría, diga un chiste y reoriente la conversación. “Responda con reciprocidad a la apertura de espíritu de los demás, pero no de contenido”, señala la psicóloga Sara Wert.

 

FOTO: WWW. IDEASSTOCK/CORBIS/M.THOMSEN
PSYCHOLOGY TODAY. DERECHOS DE EL UNIVERSAL.TRADUCCION: JOSE PERALTA

 
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