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El reino del terror
de Dusseldorf

Dos hombres tenían atemorizadas a las jóvenes parejas de la ciudad alemana. Max Haines

La tarde del 17 de enero de 1953 Dusseldorf estaba recuperándose de una tormenta de nieve. Hacía frío y las calles estaban casi desiertas. El abogado Bernd Serve y el joven de 19 años Adolf Hullecremer estaban dentro del Opel de Serve, estacionado en la calle Rotterdamer. De repente la puerta del chofer se abrió. Perfilada contra la nieve blanca aparecía la forma de un hombre blandiendo una pistola. Una máscara cubría la cara del intruso. Antes de que los desconcertados hombres pudieran responder, la puerta del pasajero también se abrió. Afuera estaba parado otro enmascarado sosteniendo un revólver. El primer intruso disparó a Serve en la cabeza, matándolo instantáneamente. El joven Hullecremer gritó instintivamente: “¡No, no!”, y se preparó para recibir él también un disparo. En vez de eso oyó un susurro: “Baja la cabeza, no voy a hacerte nada”.

Dicho eso, el asaltante lo golpeó en la cabeza con la culata del revólver. Hullecremer oyó al asesino de Serve gritar a su compañero: “Vamos, bájalo”.

Luego, el atemorizado Hullecremer oyó las palabras: “Pretende estar muerto”. Acto seguido sintió cómo lo revisaban y le quitaban la cartera. Después, tan de repente como los dos hombres habían aparecido, se habían ido. En ese momento, el asesinato del doctor Serve fue considerado como un hecho aislado cuyo motivo era el robo. No se descubrieron pistas de la identidad del asesino y, lentamente, los interrogatorios del caso fueron cada vez menos hasta que el crimen irresoluto fue olvidado por completo.

El 1° de noviembre de 1955, Friedhelm Behre, de 26 años, y su novia Thea Kurmann, de 23, salieron en el Ford azul de Friedhelm. Nunca regresaron a sus casas. La policía rastreó a la pareja hasta un bar, el cual habían abandonado de aparente buen humor a las 12:30 de la madrugada. Durante un mes no hubo señales de la pareja desaparecida. El 28 de noviembre el carro fue visto en un pozo de grava a casi 15 kilómetros al norte de Dusseldorf.

El área había experimentado un clima muy húmedo durante algún tiempo y, como resultado, el pozo de grava se había llenado de agua. Mientras el agua retrocedía, el techo del Ford azul se hizo visible. Contenía los cuerpos de Friedhelm Behre y Thea Kurmann. Habían sido robados.

El informe de un patólogo indicaba que si bien ambas víctimas habían recibido golpes en la cabeza lo suficientemente fuertes como para fracturar sus cráneos, la causa de la muerte había sido por ahogo. El carro había sido empujado al agua luego de que la pareja fuera abandonada inconsciente.

Los detectives descubrieron que a la joven pareja le gustaba estacionar en la llamada “ruta de los amantes” del parque, fuera de la calle Rotterdamer. Por lo que el insensible asesino, probablemente, había golpeado a las víctimas  en ese lugar hasta dejarlas inconscientes, antes de conducirlas hacia el pozo de grava.

La policía sentía que había algo de similitud entre el reciente doble asesinato y el viejo caso de Serve. Ambos habían sido perpetrados por alguien que iba tras autos estacionados.

Las cosas estuvieron tranquilas hasta el 7 de febrero de 1956, cuando Peter Falkenberg y su novia Hildegarde Wassing, de 20 años, no regresaron a sus casas en el Mercedes de Peter luego de su cita. Al día siguiente, el Mercedes fue hallado abandonado. Había una gran cantidad de sangre en el asiento trasero.

Dos días después de su última cita, los cuerpos de Peter e Hildegarde fueron hallados, prácticamente irreconocibles, debajo de los restos carbonizados de un almiar. Ambos habían recibido duros golpes en la cabeza, lo que les había ocasionado la muerte. A Peter también le habían disparado.

Coincidentemente, el patólogo que había realizado el post mortem en el cuerpo de Serve, tres años antes, era el mismo doctor que examinó el cuerpo de Peter Falkenberg. El especialista se sorprendió al descubrir que la bala había pasado a través de la cabeza de Peter en el mismo extraño ángulo que la que había matado a Serve. La bala había entrado por el maxilar izquierdo y había viajado en un ángulo de 45 grados antes de salir a través de la sien derecha.

Hildegarde había sido violada antes de ser asesinada. Una porción de un pedazo de cuerda que había sobrevivido al fuego fue hallada alrededor de sus muñecas.

El asesino, probablemente, había transportado a sus víctimas varios kilómetros antes de arrastrarlos hasta el almiar. Luego condujo el Mercedes de vuelta a Dusseldorf, donde lo abandonó.

Los detectives conectaron a los asesinos del almiar con los del pozo de grava. Las similitudes de los dos casos eran asombrosas. El asesino, obviamente, había seguido a las parejas estacionadas en los carros. Después golpeaba a los ocupantes en la cabeza, los ponía en el asiento trasero y los transportaba a distintas locaciones. Ahora el asesino de Peter Falkenberg también estaba relacionado con el muy anterior caso de Serve debido al extraño ángulo transversal de las balas con las que ambos hombres habían sido asesinados.

Pasaron tres meses. El 14 de mayo de 1956, Herman Gibels y Catharina Bertram estaban caminando por la calle que daba al pueblo de Meererbusch. De repente, dos hombres enmascarados armados los detuvieron. Mientras Herman entregaba su cartera, Catharina hizo un intento por escapar. Corrió por su vida. Uno de los hombres la siguió y la alcanzó. La golpeó varias veces en la cabeza, pero todo el tiempo Catharina gritó lo más fuerte que pudo. Sus gritos llamaron la atención de otras parejas que caminaban por los bosques. A la primera vista de ayuda externa los dos hombres escaparon corriendo. Los investigadores creían que Herman y Catharina habían estado cerca de convertirse en víctimas.

Un mes luego del último ataque, otra pareja estaba estacionada en un carro en el bosque cerca de Meererbusch. El  lugar estaba casi desierto. El guardabosques Erich Spath vio a un extraño acechando en el bosque. Pensó que los movimientos del hombre eran sospechosos. Le pidió a la pareja estacionada que se moviera. Apenas los chicos se fueron volvió a ver al extraño, quien empujaba una motocicleta por el bosque.

Considerando el incidente suficientemente serio como para tomar en custodia al hombre, Spath tomó su revolver y capturó al personaje sospechoso. Un motociclista que pasaba informó a la policía y en cuestión de minutos Werner Boost estaba bajo arresto.

Los detectives examinaron el área donde Boost había escondido la motocicleta y hallaron un verdadero tesoro de cosas robadas. Revólveres, municiones y joyas fueron descubiertos en una carpa oculta dentro de la profunda maleza.

El pasado de Boost fue chequeado. Se reveló que había sido un niño poco amigable. Asimismo las autoridades descubrieron que Boost era un tirador experto y que podía apuntar y disparar su pistola desde la cadera sin quitar el arma de su cartuchera. Esto daba cuenta del ángulo hacia arriba de 45 grados de las dos balas que habían viajado para asesinar a Serve y Peter Falkenberg.

Mientras estos hechos se daban a conocer los detectives descubrieron que un tal Franz Lorbach había estado pagándole a la esposa de Boost durante una de las muy extrañas y frecuentes ausencias del mismo. La casa de Lorbach fue revisada, se hallaron joyas y otras cosas robadas.

Temiendo verse más involucrado como el socio criminal de Boost, Lorbach decidió contarlo todo. Había sido el segundo hombre de todos los crímenes. Lorbach juró que nunca había matado a nadie, pero operó por miedo por su propia vida.

En 1959, Boost fue hallado culpable de los cinco asesinatos. Fue enviado a prisión de por vida. Franz Lorbach, por su parte, pasó seis meses en una cárcel de Dusseldorf.l

Ilustraciones: David Márquez

 
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