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La importancia de la TRH
Liz Ward
Este testimonio aboga por las virtudes de la Terapia
de Reemplazo Hormonal para las mujeres que transitan la menopausia

Yo entré en la menopausia como un niño que camina hacia el interior de la casa del terror en una feria. Sabía las cuestiones básicas, claro está, y estaba consciente de que podía ser un paseo bastante accidentado. Sin embargo, nunca imaginé las potenciales consecuencias.
Cuando llegué allá, había montones de libros sobre el tema (la menopausia fue objeto de muchas publicaciones a principios de los noventa). Los síntomas, los efectos, los dilemas y las posibles soluciones eran centro de debates, desde todos los lados de la peliaguda cuestión central: "Adoptar o no adoptar la terapia de reemplazo hormonal (TRH)".
Obviamente, para la mayoría de las mujeres, la menopausia significa el fin de los temores de un embarazo; un momento para disfrutar del nido vacío y asentarse en la mediana edad. Pero yo amaba mi vida como estaba; amaba mi cuerpo como estaba.
Tenía 47 años cuando los síntomas comenzaron. Tuve menstruaciones muy dolorosas, perniciosas y torrenciales que me dejaban arrastrándome por el piso; mis vacaciones quedaron arruinadas, porque los viajes en avión inducían mis reglas. Comencé a contar los síntomas que podían estar relacionados con la menopausia y a entender que los partidarios de la TRH estaban en lo cierto. ¿Cómo podría haber gobernado Margaret Thatcher a Gran Bretaña sin la terapia? Algunos días sentía cómo iba cambiando -juro que podía sentir la piel de mi rostro secándose-.
A veces, incluso sentía que mi personalidad se reducía junto con los niveles de estrógeno: me sentía más pequeña, más callada, más vieja. No reconocía a la persona decaída que se arrastraba hacia arriba por las escaleras mecánicas del metro. Después del trabajo, me desplomaba en la cama, exhausta y deprimida. Comencé a declinar las invitaciones de mis amigos.
Mi amiga Jo es una diseñadora de moda que trabaja en su casa. Nunca tomó TRH porque, dice, "Siempre me pareció que era una bomba de tiempo". Sin embargo, ella afirma que si hubiera tenido que ir a trabajar en una oficina, la habría tomado. Ella pasaba la mayoría de las tardes tumbada en el sofá.
Las oficinas deben ser el peor entorno para pasar la menopausia. Funcionan según una jerarquía de padecimientos y condiciones de salud permitidos donde la menopausia ni siquiera se incluye (¿por qué habríamos de mencionarla?).
En el primer lugar, y debidamente, se encuentran la simpatía y apoyo incondicionales para los casos de duelo y cáncer. Luego sigue el embarazo, en cuyo caso se conceden permisos, sin comentarios, por los malestares, los controles, los cursos prenatales y, después del acontecimiento, las enfermedades, las peleas y las actividades deportivas del niño. Las resacas alcohólicas también integran la lista. Mientras, la menopausia debe sufrirse en silencio -o debe ocultarse-. En una ocasión, imprudentemente pregunté: "¿Hace calor o soy yo?". Un compañero me preguntó si tenía calorones y todos se rieron. "No, mi salida de aire acondicionado se tapó", le dije, y llamé al encargado de mantenimiento para que arreglara el problema.
¿Por qué nunca alcé un puño cerrado y grité: "¡Es mi menopausia! ¡Todas la tendrán algún día!"? Una noche en la oficina, estuve a punto de hacerlo, cuando el disco del teléfono se convirtió en una masa giratoria de colores. Un amigo me llevó hasta un taxi que me condujo al departamento de Accidentes y Emergencias de un centro oftalmológico cercano, donde el doctor me dijo: "Es una migraña, sin dolor de cabeza. Es muy común. ¿Está usted menopáusica?". Hasta allí llegué. Fui a visitar a mi doctora, mayor de 50 años, y le pedí consejo. Ella me dijo, sin contemplaciones, que no es "natural" que las mujeres estén vivas todavía a mi edad, ni hablar de trabajar, amar y querer seguir adelante. Además, trató de convencerme de usar la TRH. Le dije que la única razón para considerarlo era porque me sentía menos interesada en las relaciones sexuales, pero que la sensación era intermitente.
Ahora me resulta obvio que lo que me dijo mi doctora es cierto: la duración del ciclo reproductivo de una mujer se corresponde a otra época. Todavía funcionamos biológicamente según el modelo original; estamos programadas para adaptarnos a una forma de vida que ya no existe en las sociedades occidentales. Nuestro sistema endocrinológico no ha sido actualizado.
Las niñas tienen su primera menstruación más temprano, a los ocho, 10, 12 años, pero las mujeres dejan de menstruar a la misma edad de siempre, a finales de los cuarenta, principios de los 50. Según nuestro modo de vida actual, deberían atrasarse una década.
Después de un par de años, y de gastar una fortuna en acupuntura y osteopatía, llegaron las delicias de la calma postmenopausia y comencé a sentirme bien nuevamente: en buena forma, con energía y bien. Me encantó no sentirme más emocional o premenstrual.

 
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