- Daniel Day-Lewis
- Você e Eu, amor por la bossa nova
- Spirited Away, extraño cuento de hadas
 CRONICA
- Mi amigo Arturo
- Gisele Bündchen. El fenómeno
- El carnaval más grande del mundo
- Ole Nydahl. Un lama en Venezuela
SEXOLOGIA
- Cuando no hay deseo
SALUD
- La importancia de la TRH
NUTRICION
- Estrategias para comer fuera
BELLEZA
- Merecen un cuidado especial
SALUD
- Consultorio de salud
MODA
- Rosa Chá, baño de estilo
COCINA
- ¡Riquísimas!
 CRIMENES
 HOROSCOPO
 HUMOR
 MAYTTE
 CRUCIGRAMA
 ARCHIVO
 CONTACTENOS
 
 

Mi amigo Arturo
Carla Tofano

Desde la comodidad del hogar, las noticias me resultan angustiosas y dolorosas pero en el fondo siempre ajenas. Es inevitable -al menos en mi caso- marcar distancia con la aplastante circunstancia de la vida nacional para poder sobrevivir con un marco de referencias menos atormentado, y de este modo seguir egoístamente a salvo. Sin embargo, lo quieras o no, los hechos desafortunados siempre terminan tocándote la puerta para recordarte que nadie puede burlar perennemente el rostro del dolor y la rabia. El domingo dos de febrero, después de estampar siete firmas en todas y cada una de las asépticas planillas del Firmazo, acción cívica que en la urbanización en la que vivo fue modelo de resuelto civismo, recibí una llamada a mi teléfono móvil que por el resto del día me dejó muda, abollada.
En el momento en que recibí la llamada, estaba en la cola de Blockbuster con la ilustrada finalidad de alquilar el film de Julio Medem, Lucìa y el sexo. Sin embargo, una cabilla me arrolló hasta el peor de todos los lugares y, sin previa consulta, puso de un tirón mis pies sobre la tierra. Por un instante comprendí -con el cuerpo y no con la razón- que la fatalidad de los hechos es titánica y la vulnerabilidad de la suerte de todos irremediable.
Arturo, mi compañero de cubículo durante dos años donde trabajo, colega incondicional de faenas periodísticas y fiel amigo, estaba herido de gravedad, hospitalizado y a punto de perder la vista. El diagnóstico era todo menos esperanzador y la voz de quien me daba la noticia, triste y densa. Todo, lo bueno y lo malo, transcurre en un minuto que no tiene vuelta atrás. El tiempo -a veces para bien, otras para mal- es indetenible. Cuando te ocurren cosas habituales como cancelar el costo de un film en alquiler en un centro de videos, olvidas que los minutos nunca retroceden, siempre avanzan hacia el vacío. Sin embargo, cuando alguien te lanza alevosamente un explosivo -de esos que llaman binladen- que te deja ciego, la cronología metódica de tu vida sufre una brutal ruptura. Todo transcurre siempre en paralela y enloquecida simultaneidad. Sin embargo, algunos hechos son extraños e injustos, y las preguntas existenciales -por qué a mí, por qué aquí, y por qué ahora- que siempre nos hacemos frente a la adversidad, no sirven para comprender el miedo de estar repentinamente ciegos.
Esa misma tarde, gracias a la inmediatez de los medios, toda Venezuela conoció a mi amigo Arturo. Mientras las noticias daban su nombre y mostraban su rostro en una camilla, sobre una ambulancia, los hechos y la información dejaron de ser asunto del televisor y de la vida pública nacional, para convertirse en mi problema. Arturo es parte de mi circunstancia normal, y de pronto, su vida normal había sufrido un vertiginoso salto al vacío. Cuando pude verlo en la clínica, admiré su entereza de carácter, su espiritualidad exacerbada ante el misterio de estar ciego, pero repleto de fe. Alguien tomó un cartucho de dinamita y, como quien dispara un proyectil, se lo lanzó con odiosa premeditación. Pero Arturo, mi amigo, no siente rabia. Admirable.
Cuando cierro los ojos me pongo en su lugar y no lo soporto. Incluso cuando alguien cercano te duele, en el fondo lamentas tu propio dolor, porque el sentimiento ajeno siempre es un enigma. ¿Cómo serán las cosas para él de ahora en adelante?, me pregunto, pero nadie puede darme una respuesta satisfactoria. Aunque uno de sus ojos perdió la visión para siempre, el otro seguirá mostrándole el rostro de quienes tienen el odio incontenible y juegan a la guerra más abyecta en su ciudad. Arturo va a recuperarse, y ello me alegra infinitamente. Pero otras víctimas se fueron para siempre y, mientras tanto, aunque nos duela, no nos queda otra que seguir viviendo entre trincheras.

 
volver a eluniversal.com | ir arriba
 
Contáctenos | Tarifario | Publicidad en línea | Política de privacidad
Términos Legales | Condiciones de uso