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Mi amigo Arturo
Carla Tofano
Desde la comodidad del hogar, las noticias
me resultan angustiosas y dolorosas pero en el fondo siempre ajenas.
Es inevitable -al menos en mi caso- marcar distancia con la aplastante
circunstancia de la vida nacional para poder sobrevivir con un marco
de referencias menos atormentado, y de este modo seguir egoístamente
a salvo. Sin embargo, lo quieras
o no, los hechos desafortunados siempre terminan tocándote
la puerta para recordarte que nadie puede burlar perennemente el
rostro del dolor y la rabia. El domingo dos de febrero, después
de estampar siete firmas en todas y cada una de las asépticas
planillas del Firmazo, acción cívica que en la urbanización
en la que vivo fue modelo de resuelto civismo, recibí una
llamada a mi teléfono móvil que por el resto del día
me dejó muda, abollada.
En el momento en que recibí la llamada, estaba en la cola
de Blockbuster con la ilustrada finalidad de alquilar el film de
Julio Medem, Lucìa y el sexo. Sin embargo, una cabilla me
arrolló hasta el peor de todos los lugares y, sin previa
consulta, puso de un tirón mis pies sobre la tierra. Por
un instante comprendí -con el cuerpo y no con la razón-
que la fatalidad de los hechos es titánica y la vulnerabilidad
de la suerte de todos irremediable.
Arturo, mi compañero de cubículo durante dos años
donde trabajo, colega incondicional de faenas periodísticas
y fiel amigo, estaba herido de gravedad, hospitalizado y a punto
de perder la vista. El diagnóstico era todo menos esperanzador
y la voz de quien me daba la noticia, triste y densa. Todo, lo bueno
y lo malo, transcurre en un minuto que no tiene vuelta atrás.
El tiempo -a veces para bien, otras para mal- es indetenible. Cuando
te ocurren cosas habituales como cancelar el costo de un film en
alquiler en un centro de videos, olvidas que los minutos nunca retroceden,
siempre avanzan hacia el vacío. Sin embargo, cuando alguien
te lanza alevosamente un explosivo -de esos que llaman binladen-
que te deja ciego, la cronología metódica de tu vida
sufre una brutal ruptura. Todo transcurre siempre en paralela y
enloquecida simultaneidad. Sin embargo, algunos hechos son extraños
e injustos, y las preguntas existenciales -por qué a mí,
por qué aquí, y por qué ahora- que siempre
nos hacemos frente a la adversidad, no sirven para comprender el
miedo de estar repentinamente ciegos.
Esa misma tarde, gracias a la inmediatez de los medios, toda Venezuela
conoció a mi amigo Arturo. Mientras las noticias daban su
nombre y mostraban su rostro en una camilla, sobre una ambulancia,
los hechos y la información dejaron de ser asunto del televisor
y de la vida pública nacional, para convertirse en mi problema.
Arturo es parte de mi circunstancia normal, y de pronto, su vida
normal había sufrido un vertiginoso salto al vacío.
Cuando pude verlo en la clínica, admiré su entereza
de carácter, su espiritualidad exacerbada ante el misterio
de estar ciego, pero repleto de fe. Alguien tomó un cartucho
de dinamita y, como quien dispara un proyectil, se lo lanzó
con odiosa premeditación. Pero Arturo, mi amigo, no siente
rabia. Admirable.
Cuando cierro los ojos me pongo en su lugar y no lo soporto. Incluso
cuando alguien cercano te duele, en el fondo lamentas tu propio
dolor, porque el sentimiento ajeno siempre es un enigma. ¿Cómo
serán las cosas para él de ahora en adelante?, me
pregunto, pero nadie puede darme una respuesta satisfactoria. Aunque
uno de sus ojos perdió la visión para siempre, el
otro seguirá mostrándole el rostro de quienes tienen
el odio incontenible y juegan a la guerra más abyecta en
su ciudad. Arturo va a recuperarse, y ello me alegra infinitamente.
Pero otras víctimas se fueron para siempre y, mientras tanto,
aunque nos duela, no nos queda otra que seguir viviendo entre trincheras.
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