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Howard Carter junto a su ayudante, Arthur Callender
y un obrero egipcio, señala el sarcófago de cuarcita
que contiene la momia

Tutankamón
secretos revelados

Diego Heller
80 años atrás, el arqueólogo Haward Carter encontraba la tumba de Tutankamón. Hoy, los científicos creen saber quién asesinó al faraón egipcio, un crimen cometido en el año 1.323 antes de Cristo.

Resulta que todo era agua sobre agua, hasta que a Amón -Ra, para los conocidos- se le dio por poner un poco de orden. De puro perezoso tal vez, vomitó dos hijos para que se hicieran cargo de la tarea. A Shu le encomendó crear el aire. A Tefnut, mantener a raya al agua. En sus ratos libres -la Creación no es tarea full time, recuerden lo de "en el séptimo día descansó"-, los dioses flamantes se hicieron tiempo como para procrear. Con métodos menos escatológicos, engendraron a Nut y a Geb. A la primera le tocó mandar sobre el cielo; al segundo, sobre la tierra. Iba todo bien hasta que los hermanitos se casaron en secreto, cosa que no le hizo gracia al abuelo. Qué bronca la de Amón: se dice que tardó una eternidad en aceptar a sus bisnietos Isis y Osiris...
Allá por el año 1337 a.C., más de una noche intranquila habrá pasado el príncipe Tut escuchando el relato de la Creación de boca de su eunuco tutor. La historia se contaba en voz queda: todos sabían que Akenatón -probable padre de Tut; faraón en ejercicio- no comulgaba con la idea de un panteón atestado de dioses. Todos repetían, al menos en público, que el único "Hacedor" era Atón. Amón y su vasta parentela habían sido proscriptos.

La momia con la máscara dorada

Eran épocas complicadas para los súbditos. Los caprichos monoteístas del faraón provocaban revuelo entre los sacerdotes, habituados a prenderle a cada dios una vela. Tantas veces habían calificado de hereje a Akenatón, que la corte se había mudado a Amarna, una ciudad sin clérigos vociferantes, y en la cual el pequeño Tut se había asomado al mundo.
Unos 33 siglos más adelante, en 1891, un adolescente de ocho años sufría leyendo las desventuras del príncipe que a su edad ya estaba condenado a ser rey. Howard Carter estiraba las noches a la luz de un candil, mientras sus diez hermanos roncaban. Ningún Carter de Norfolk, Inglaterra, podía soñar con ser rey, y Howard lo sabía. Dado que no podría calzarse una corona, decidió dedicar su vida a encontrar los rastros de los reyes que tuvieron esa suerte. Estaba decidido: sería arqueólogo, aunque papá Samuel lo prefiriera pintor. Y conocería todo sobre Tut, el príncipe de sus libros, el que a los nueve años se convirtió en el faraón Tutankamón (es decir, "la viva imagen de Amón").
Tal vez así podría saber qué ocurrió en los breves nueve años que duró su reinado. ¿Por qué había decidido volver al culto politeísta basado en la leyenda de Amón? ¿Embrujado por el eco de las historias que escuchó de niño o siguiendo consejos de sus ministros? Sobre todo, ¿qué lo hizo morir a los 18 y dónde estaba su tumba? Sería arqueólogo, y lo fue. Sin embargo, treinta y nueve años más tarde Howard odiaba su profesión.

Entrada de la tumba

"Dieciséis años de trabajo tirados a la basura", se quejaba a comienzos de noviembre de 1922. Lord Carnarvon -su mecenas- procuraba animarlo. Le escribía recordándole que si no fuera por él, jamás habrían hallado la tumba de Hatshepsut; le repetía que todos en el Valle de los Reyes de Luxor estaban de acuerdo en que no había habido mejor inspector de antigüedades. Pero Howard no tenía consuelo. Cavaba y cavaba bajo la tumba de Ramsés VI pero ni rastros de lo que había pensado encontrar, la última morada de Tut, su obsesión.
Cada noche, tomaba su diario y describía los detalles de otra jornada fútil en el desierto. Ya era un fantasma de sí mismo cuando Callender, su mano derecha en la excavación, le dio la noticia de su vida. La tumba estaba allí donde él lo había previsto, aunque a varios metros de profundidad. Le costó horrores esperar hasta el 24 de noviembre -cuando llegaron a Luxor Carnarvon, su hija Evelyn y el canario de la familia- para abrir la puerta que al fin habían logrado ubicar.
"Bajamos dieciséis escalones para llegar a la puerta", escribía Carter esa noche. Más allá, todo era un rompecabezas: "Encontramos un escarabajo de Tutmés III y un sello real de Amenofis III. Es obvio que es un aposento de faraones de la XVIII dinastía, pero bien puede ser un escondite cazabobos", teorizaba el arqueólogo, que pasó esa noche en una carpa junto a la tumba. No durmió nada; al alba, reanudaban la tarea. La primera puerta cedió, pero fue un día decepcionante. "Hay sellos de Tutankamón que me convencieron de estar en una necrópolis real, pero alguien llegó antes y robó lo demás. Nos pasamos el día limpiando", anotó esa noche.

La máscara dorada, elaborada en oro batido, vestía a la momia

El 26 de noviembre, a las dos de la tarde y entre los escombros, tantearon otra puerta sellada. "Hice un pequeño hueco en la esquina superior del muro, preguntándome qué me esperaba más allá. ¿Una tumba? ¿Una cámara real? Pedí velas, y alumbrado a duras penas, miré a través del orificio. Lord Carnarvon, Lady Evelyn y Callender esperaban ansiosos. Sentí cómo el aire caliente bañaba mi cara; mis ojos tardaron en acostumbrarse a la penumbra. '¿Ves algo?', me preguntó Lord Carnarvon. Yo, que me había quedado sin palabras al observar un desorden de objetos tan extraordinarios como hermosos, le respondí: 'Sí, y es maravilloso'".
Carter tuvo la impresión de "estar frente al cuarto de utilería de la ópera de una civilización vanidosa". Dos efigies del faraón dominaban la escena; había cálices de alabastro, leones dorados, restos de carrozas, sillas que parecían de otro mundo, un sinfín de tesoros. "Volvimos a cerrar el hueco y decidimos seguir al día siguiente", escribió aquel atardecer. Las jornadas que siguieron fueron una montaña rusa. Apareció otra puerta, y lograron pasar de la Antecámara Real -la "utilería"- al Anexo: allí los esperaba una colección de muebles, más sellos reales, pero ninguna momia. El revuelo causado por la noticia les impidió avanzar más. Cientos de funcionarios y reporteros crispaban los nervios de los arqueólogos pidiendo, por favor, una visita guiada.
Víctima de las exigencias protocolares, a Carter se le esfumaron varios meses haciendo de guía turístico. Recién en febrero de 1923 logró liberar la zona para franquear una tercera puerta sellada y encontrarse con el premio mayor: la momia del faraón. El rey niño descansaba en un ataúd dorado, y una máscara funeraria hecha de oro y joyas cubría su cara. A sus flancos, otros dos ataúdes más pequeños -¿sus hijos, ambos muertos al nacer?- y un sinfín de piezas doradas completaban la escenografía.

Colgante con forma
de escarabajo que pertenecía a las joyas encontradas en la tumba

Lord Carnarvon no pudo gozar del descubrimiento: la picadura de un mosquito lo llevó a una tumba más prosaica el 5 de abril, víctima de neumonía. Carter pasó diecisiete años más en este mundo, excavando y sin saber cómo aventar los rumores sobre una maldición que pesaba sobre quienes habían osado interrumpir el descanso eterno del faraón. Se dijo que un texto árabe -apócrifo, sin dudas- auguraba la visita de una muerte alada a los profanadores de tumbas reales. Que el canario -que seguía vivito y aleteando- había sido engullido por una cobra, símbolo de los faraones. O que cuando Carnarvon murió, las luces de El Cairo se apagaron ominosamente. El egiptólogo Herbert Winlock se tomó el trabajo de ver qué fue de la suerte de las 26 personas que estaban presentes el día en que Carter se topó con la momia del faraón. Resulta que sólo seis murieron en la década que siguió al día en que fue abierta la tumba. Y que Carter no fue víctima de una maldición sin fecha de vencimiento ejecutada por el rencoroso dios Amón. Al contrario. Tenía 65 años cuando el mal de Hodgkin decidió que le había llegado la hora de reunirse con su viejo amigo Tut.

Junto a su esposa, Ankesenamon

Mi vecino, el asesino
Aunque el crimen habría sido cometido en el año 1323 a.C., hay quienes se animan a aventurar quién habría matado al malogrado faraón. En 1968, la momia de Tutankamón fue sometida a los rayos X, pero en ese entonces sólo se supo que había muerto a los 18 años. El año pasado, nuevos análisis de la vieja placa radiográfica develaron otros secretos de la historia clínica del faraón. Según los médicos, el rey niño sufría de una enfermedad congénita que afectaba su columna vertebral y lo obligaba a usar muletas. ¿Pudo tal afección provocarle tan temprana muerte? No, y por eso entran en escena otros sabuesos. Contratados por Discovery Channel, dos investigadores de Estados Unidos tomaron el caso del faraón. Greg Cooper y Mike King -un jefe de policía y un fiscal, respectivamente- inspeccionaron la tumba del faraón y volvieron a analizar las placas. Según dicen, el desorden imperante en la cámara real hace suponer que el funeral fue organizado a las apuradas. Ese dato, y una señal de lo que parece ser un golpe en la cabeza del rey, los llevó a dictaminar que sufrió una muerte violenta. ¿Quién lo asesinó? Hay tres sospechosos: su primer ministro, Ay; su tesorero, Maya; y su principal consejero, el general Horemheb. Examinando las evidencias, los peritos concluyeron que el asesino no pudo haber sido otro que Ay. ¿Qué lo incrimina? Que heredó el trono... y que se casó con Ankhesenamón, la viuda del faraón.



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