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¿Quiere saber lo que es mágico?
Mónica Montañes
Irrumpió mi mamá en estricto
estado de euforia y sentenció: "Si quieres saber lo
que es la magia, enséñale a leer a un adulto"y
procedió a echarme el cuento del porqué de semejante
revelación, mientras Margot temblaba de emoción en
la cocina. Margot es amiga de
mi casa desde siempre, de esas persona que todavía me llaman
Moniquita y que no pueden evitar una sonrisa cuando me ven haciendo
o resolviendo asuntos de la gente grande. Margot es definitivamente
una mujer sabia, amable y generosa, que ha sabido sacar adelante
a tres muchachos y sortear sin rencores los abandonos propios del
género masculino por estas latitudes. Margot sabe sobrevivir
a esta ciudad inhóspita igual o mejor que cualquiera. Sabe
ganarse con dignidad y alegría su quince y último,
sabe sacar adelante una familia, sabe batirse en duelo por un puesto
en una buseta de madrugada, sabe sortear la noche caraqueña
en los rincones por donde llueven balas, sabe plancharle las camisas
y los pantalones al señor, sabe blanquearles las franelas
a la niña, sabe reírse duro y con ganas, sabe preparar
las mejores albondiguitas del mundo y unas cremas de apio y auyama
sensacionales, sabe sembrar ají y lechosas y cuanta mata
germine de una semilla, sabe brindar apoyo en los momentos cumbres,
sabe quererlo a uno y hacerse querer. Pero había una cosa
que Margot no sabía: leer. O como ella misma confesó
por fin, "Sí, me sé las letras, toditas, lo que
no sé es juntarlas". Años conociéndola,
intuyendo que había esa falla en sus sapiencias, pero nunca
nos habíamos atrevido a tocar el tema, por pudor, por no
incomodarla, por respeto, por pendejera
Hasta que un día
mi mamá encontró el valor o la desfachatez necesaria
como para preguntarle a una mujer grande y dueña de su vida
si eso de cocinar al ojo por ciento, versionando irreverentemente
a Scannone, mezclando ingredientes a su antojo, tenía algo
que ver con una dificultad para leer. Margot sonrió coloradita,
y confesó eso de que sí se sabía las letras
pero no juntarlas. La sonrisa le chocó con los zarcillos
cuando vio aparecer a mi mamá con el primer libro de texto
que encontró, un lápiz con punta, un cuadernito y
un vamos a darle pa' ver. Y ahí es cuando comenzó
la magia a volverse rutina entre las cuatro paredes de mi cocina.
¡Qué David Copperfield ni qué ocho cuartos!
Magia es ver a Margot temblando de emoción, de susto y de
milagro cuando logra que la n, la o y la s se transformen en su
cabeza en un nos, cuando descubre que esos bichitos negros que están
debajo de un dibujito de elefante dicen nada menos que elefante.
Nadie que lea corrido y desde pequeño puede saber del vértigo
que produce juntar con sentido tres letras para formar una sílaba.
Nadie como Margot para reírse duro y sabroso cuando le cuento
que nada menos que García Márquez hace poco más
de sesenta años tenía el mismo problema que ella con
la m o la c, por aquello tan ilógico de que ¿si la
m se pronuncia eme, cómo es que si a su lado lleva una a,
no se pronuncia emea? O ¿cómo es que la c a veces
sirve para s y otras para q? O ¿qué demonios hace
la h existiendo?
Nada como la cara de Margot maravillada cuando terminó de
leer la primera página completita, temblando como si acabara
de atravesar sin caerse sobre la cuerda floja de un circo. Y eso
que el texto que leyó era más bien bobo, del tipo
mi mamá me mima. Dígame qué cara pondrá
cuando, a la aventura de juntar las letras, se sume el placer por
lo leído.
En fin, que si usted se topa con alguien que todavía no logra
juntar las letras, no lo piense dos veces, no se vaya a perder el
privilegio de semejante magia.
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