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Cuando se enteró de que yo había
escuchado una conversación suya y que además la había
usado como pretexto para contar mis historias, Gunther se molestó
un poco. No es que se pusiera bravo, a propósito de la crónica
que escribí hace un mes, pero su tradicional vena diplomática
se tensó después de leerme.
Le incomodó -eso fue lo que dijo-, no
que aludiera a la conversación que él había
sostenido con un amigo (un diálogo intrascendente que escuché
a hurtadillas en el café de la esquina) sino que antes de
echar el cuento no le hubiera consultado. Es de elemental cortesía,
me recordó. De haber pedido autorización, añadió,
él mismo hubiera abundado en detalles, que por razones de
distancia yo no había podido captar desde mi mesa.
El siempre tan correcto, tan formal, tan comedido,
de pronto amagó que por cosas como esas (ventilar una conversación
privada) demandan a la gente.
Qué pena, alcancé a decir a modo
de excusa, tienes razón, pero en mi descargo está
que no creía andar divulgando mayores secretos (tampoco es
que revelase a una potencia extranjera las investigaciones que se
hacen en el IVIC). Era una conversa insignificante que sirvió
de marco para echar los cuentos de otros, y no constituía
el meollo de mi relato. Además, le seguí diciendo
-y esto le sacó una sonrisa- quién iba a pensar que
él (tan intelectual y sesudo) iba a detenerse a leer una
crónica que habla de historias de amor -o desamor-.
Me disculpé de nuevo, y cuando creía
zanjado el inconveniente Gunther volvió a la carga. Siguió
hablando y hablando de lo mismo, y sólo después de
largo rato de tertulia y rodeo, descubrí que lo que lo traía
de cabeza era que en mi relación de historias sentimentales
narradas por hombres, ni por casualidad me detuve a describir la
suya. No lo tomé en cuenta, y ahí radicaba el descontento.
Porque Gunther, a la hora de la verdad, a pesar de su catadura de
tipo sobrado que entiende todo y está por encima de todo,
es como cualquier hijo de vecino. Aunque se oculte en silogismos
y le busque cinco patas al gato, a él le encanta que lo tomen
en cuenta. Quería que yo echara su cuento.
Cuando lo conocí, hace ya 25 años,
estaba enamorado de una chica alta, huesuda, dueña de una
melena lacia, un agudo sentido del humor y un fajo de verdades absolutas.
Isabel contaba con rasgos definidos y enérgicos como -después
supe- le atraen a él. Tenía la nariz recta y respingada,
los ojos grandes y la boca llena de razonamientos y certidumbres
como únicamente se tienen cuando recién se termina
la segunda decena de vida. Y es que a Gunther lo seducen las mujeres
así: con carácter marcado. No le agradan las criaturas
calladas, transparentes y leves como una pelusa. Para enamorarse
escoge a las que gustan del cine de autor, la lectura de los clásicos
y las que son capaces de apreciar su refinado intelecto. Así
era aquélla, su primer gran amor, y así también
las que merecen destacar en su reláfica de vida.
Si después de Isabel hubo más de una, no es porque
Gunther lo hubiese dispuesto. No anda de saltimbanqui. El quizá
hubiese preferido enamorarse de una mujer, y ya. Envejecer con ella,
porque -eso dice- le agrada el horizonte definido y la vida en pareja
(le gusta amanecer amorochado). El problema está en que las
que han llegado a ser sus parejas no siempre aguantan vivir con
él.
Al terminarse lo de Isabel, a los tres años
se casó con Tamara, pero el matrimonio duró dos años.
Más tarde vino María Rosa, por siete años,
y Carolina con quien estuvo 12 meses. Desde entonces busca su media
naranja. Candidatas no le han faltado. Es un tipo inteligente, gentil
y bien intencionado al que le encanta susurrar halagos al oído
y que se los susurren a él. Pero ahí acaba su encanto.
Amparándose en su sapiencia, Gunther
es obsesivo con el razonamiento y la disección de cualquier
asunto. En vez de ir directo al grano, todo lo pasa por el tamiz
del intelecto y, pese a los amapuches y los regalos finos, es un
individuo que controla sus emociones y no hay cuestión que
no resuelva con una cita de libro. Por eso las novias terminan por
aburrirse.
Porque como diría mi marido (nada intelectual,
por cierto), a las mujeres les encantan los hombres intelectuales
porque hablan bonito y adornan las cosas, pero les encantan hasta
que se empatan con ellos. Entonces caen en cuenta que son unos enrollados,
se hartan y se van.
Y ésa -a manera sucinta- ha sido la
historia de Gunther, aunque, casi estoy segura, no es la historia
que él hubiera contado. l
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