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Falso profetas

¿Qué conduce a las personas a creer en charlatanes como el de esta historia?
Max Haines

Robert Matthews nació en la parte norte del Estado de Nueva York, cuando Buffalo era conocido como Batavia. Un buen día, siendo todavía un adolescente, descubrió que ciertas nubes eran seguidas por truenos. Comenzó a pasarla muy bien contándoles a los ingenuos habitantes que sus familiares desaparecidos pronto estarían rugiendo hacia ellos desde el cielo. Cuando el trueno sonaba y los relámpagos aparecían, sus interlocutores se estremecían de miedo. Muchos estaban convencidos de que Robert tenía poderes sobrenaturales.

Cuando el cabello de nuestro muchacho se volvió súbitamente blanco, se lo dejó crecer hasta los hombros. La gente le llamaba el Jesucristo Saltarín, pero Robert no se sentía satisfecho. Su posición era ampliamente respetada, pero el dinero fácil era su principal objetivo. Como la mayoría de los hombres que se aprovechan de la fe de las personas, Robert necesitaba una causa. Se le ocurrió que el vegetarianismo era ideal. Mientras iba elaborando su farsa, aprovechó para maldecir el tabaco y el ron.
Para 1820, tenía unos cuantos seguidores, pero las grandes cantidades de dinero, todavía lo eludían. Durante seis años predicó sobre lo bueno de las papas y los guisantes, hasta que llegó su gran momento. Se cambió el nombre a Profeta Matthías, con el que todo el mundo estuvo de acuerdo.

El profeta viajó a Buffalo y empezó a predicar sobre las prácticas pecaminosas de los clubes. Los pobres, que no se podían permitir el lujo de pertenecer a tales clubes, se entusiasmaban por seguir al profeta. Ahora Matthías tenía más seguidores, pero su rebaño carecía de lo que Robert tanto ansiaba, dinero. Partió hacia Nueva York, donde buscaba un mayor éxito monetario.

Una vez en la Gran Manzana, el profeta peinó sus cabellos, se subió las mangas de la camisa y se hizo pasar por arruinado. Proclamaba que era el mismo Dios. Todos los profetas necesitan un seguidor incondicional que se trague todo, Robert lo encontró en el vendedor Sylvester Mills.

En sólo un mes, el profeta le había arrebatado todos los bienes terrenales a Silvester.
Para mantener las apariencias de su nuevo estatus económico, el profeta Matthías se adornaba con blusas de seda y sombreros de terciopelo decorados con lunas y estrellas. También le encantaba ponerse collares de oro puro y brazaletes. De predecir tormentas a llevar puesto ornamentos de oro había un gran paso, pero el profeta necesitaba más. Convirtió la casa de Mills en un templo, donde celebraba servicios religiosos y aceptaba ofrendas. Siempre las tenía.

Una nube negra, que no fue divisada por el profeta, se presentó en el horizonte. Los familiares de Mills pensaban que el asunto había ido demasiado lejos. Amenazaron con ingresar a Mills en un manicomio a menos que echara al hombre santo de su hogar. Mills sucumbió a la presión de sus familiares, pero no sin antes presentar al profeta a un conocido fanático religioso, llamado Elijah Pierson. Este último era un mercader adinerado y jubilado, que se la pasaba yendo de un lado a otro con su amigo Benjamin Folger, sólo por pasarla bien.

En menos de cinco semanas, el profeta Matthías se había apoderado de todos los bienes terrenales de Pierson y Folger. Parece increíble que dos caballeros con instintos tan buenos para los negocios cayeran ante los engaños del profeta.
Ahora Matthías tenía dinero, respeto, muchos seguidores y casi todo lo que un charlatán religioso podría pedir. Bueno, no todo. Le faltaba tener sexo.

Déjaselo al profeta. Se le ocurrió un plan grandioso. Proclamó ante todos que poblaría la Tierra con almas divinas. Personalmente, eligió a la señora Folger, esposa de su colega Benjamin, para tener su primer vástago. El benevolente profeta le proveería con la semilla él mismo. Ese Matthías era todo corazón. Para mantener feliz a Benjamin, le buscaría una dama. Juntos producirían la primera niña.

Bueno, señores y señoras, antes de que puedan decir "gracias", la señora Folger se embarazó y toda la congregación esperaba la llegada de un bebé varón. El profeta estaba jugándosela para producir un niño. Desafortunadamente, la señora Folger tuvo una niña. El resultado tendría que haber sido el correcto. Después de todo, Dios hubiera sido capaz de producir lo que quería.

Cuando Elijah Pierson oyó todo sobre el fracaso, quería que le devolvieran su dinero. El profeta explicó que sus servicios no venían con una garantía escrita. Elijah no aceptaba esa explicación y se convirtió en una espina al lado del profeta. Para poder eliminar la molestia, el profeta invitó a Elijah a compartir un plato lleno de frescos frutos del bosque. Seis días después, Elijah apareció más tieso que un pescado. El profeta Matthías atribuyó la muerte a una neumonía, dio un discurso ante su tumba, y no notificó de su entierro a las autoridades civiles.

Lo que vino fue un diluvio. Ben Folger no sólo quería que le devolviera su dinero, sino que también dio a entender que quería a su mujer de vuelta en casa. Ben debería haber aprendido a no ser tan obstinado. Mientras discutían el asunto tomando té, se puso seriamente enfermo, pero sobrevivió. Al dejar de ser un obediente seguidor de la causa, corrió a la policía. Incluso sugirió la exhumación del cadáver de Elijah, para asegurarse de que su amigo no había abandonado este mundo con la ayuda de un toque de veneno.

Las autoridades creyeron muy seriamente la historia de Ben. Sacaron a Elijah y descubrieron que su hígado estaba lleno de arsénico.

El profeta se escapó, pero fue detenido en Albany y trasladado de vuelta a White Plains, donde debía presentarse a juicio por asesinato.

El profeta Matthías necesitaba urgentemente un milagro y decidió hacer una nueva intentona. Justo antes de que se iniciara su juicio, pidió permiso para dirigirse a su ya diezmado rebaño de seguidores. La corte le aprobó la petición y toda la banda se reunió en el cementerio del pueblo.

El profeta miró a la multitud. Con su cabello blanco ondulando al viento, apuntó a un muro de piedra y declaró: "Haré que este muro caiga". La multitud allí reunida se sorprendió cuando parte del muro se partió. Más tarde, algunos niños revelaron que el profeta les había pagado para esconderse tras el muro y con la señal apropiada, desprender unas cuantas piedras y así permitir que el muro se tambaleara.

El engaño se había descubierto en cuanto a milagros se refiere, pero el profeta no se lo tomó tan mal. Si bien todo el mundo sabía que el profeta había asesinado a Elijah Pierson, no existía prueba alguna que lo condenara directamente.

Con muchas dudas, el jurado lo declaró inocente.

Matthías abandonó el Palacio de Justicia prometiendo que volvería para vengarse de aquellos que habían dudado de él y de su palabra. Nunca lo hizo o por lo menos nunca se supo que lo intentara de nuevo, ya que no se supo más de él. l

Ilustraciones: David Márquez

 
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