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revista Estampas
 

Enamorarse fue su error

El empleado de matadero enloqueció por una prostituta

Elvira Abenogar nació en un pueblecito español donde los valores tradicionales aún eran muy respetados. No fue error de sus padres el hecho de que Elvira terminara practicando la profesión más antigua en un apartamento más o menos elegante en Madrid.

Elvira trató de encontrar un empleo decente en su pueblo natal, pero no había nada de trabajo en las pequeñas poblaciones de Andalucía. La joven viajó a Madrid, donde recibió ofertas
de empleo. La mayoría incluía ciertas condiciones, entre las cuales se encontraban los favores sexuales. Elvira pensó: “¡Qué rayos!”, muy bien podía entrar en el negocio horizontal
a tiempo completo y ganar buen dinero.

Junto con Sara Alonzo, otra chica de su pueblo, Elvira se convirtió en una prostituta muy trabajadora. Un buen día, en 1980, compartió sus variados encantos con un tal Rufino Alarcón, un hombrecito tímido que trabajaba en el matadero. Rufino se enamoró profundamente. Al día siguiente se volvió a presentar, pesetas en mano.
Y al día siguiente y al otro día también.

Rufino estaba locamente enamorado de la atractiva prostituta, quien había adoptado el nombre profesional de Carmen Esposa, pero había algunas complicaciones. Al igual que toda prostituta que se respete, Elvira tenía un proxeneta, Antonio Molina. Antonio, el grande, tenía fama de cuidar bien a sus chicas.

Molina le dijo a Rufino en términos bien claros que no tenía intención de entregar a Elvira sin una compensación. El pobre hombre tenía el corazón hecho pedazos, pero pidió prestado y ahorró hasta que tuvo suficiente para convencer a Molina. Pasó un año antes de que se pudiera cerrar un trato y la chica quedara libre para casarse.

El feliz acontecimiento tuvo lugar en el pueblo natal de Elvira el 13 de junio de 1981. La buena gente de la población no tenía idea de cómo ella se ganaba la vida. Se vistió de blanco. Sara Alonzo fue una de las damas de honor. Rufino estaba orgulloso. Elvira era ahora su esposa y su pasado había quedado atrás.

Durante un tiempo todo marchó a las mil maravillas. Rufino sacrificaba a los animales en el matadero y Elvira estaba en casa. Era una vida muy distinta de la que ella estaba acostumbrada. A decir verdad, esa vida le parecía una lata. Elvira habló de su situación con su buena amiga Sara, quien había renunciado a su profesión solamente el tiempo necesario para ser dama de honor. Esta le sugirió que se escapara por las tardes y “trabajara” un poco. Había muchos clientes en los cafés de Madrid. Elvira estuvo de acuerdo y entró en contacto con su proxeneta, Molina. Ella se fue con él
y usó su nombre profesional, Carmen Esposa, para alquilar un apartamento. Molina vivía con ella, pero los socios en el negocio del amor tenían cuidado de no llevar
a los clientes a su apartamento. Se concertaban citas para que Carmen atendiera
a los clientes en un hotel cercano.

Una vez más, Elvira estaba haciendo lo que mejor hacía. El dinero llovía. Molina estaba feliz. De hecho, las cosas marchaban magníficamente para todos, salvo
para Rufino Alarcón. Había perdido una esposa. Todo se descarriló el 21 de enero
de 1983, cuando el conserje del edificio de Elvira notó que su correo no había sido recogido en días. Entró en el apartamento y encontró a Antonio Molina en el piso
de la sala sobre un charco de sangre. Ella estaba sobre el sofá de la sala. Había sido apuñaleada salvajemente varias veces y tenía un cuchillo de carnicero clavado
en el bajo vientre.

En cuestión de minutos, al apartamento habían acudido los mejores investigadores
de Madrid. Un médico forense dijo que creía que los asesinatos habían ocurrido cuatro o cinco días antes. Dado que había mucho dinero en el apartamento, el robo fue descartado como motivo. Cuando buscaron huellas digitales en el apartamento sólo encontraron las huellas del conserje en la puerta principal, y de la pareja muerta. El mango del cuchillo de carnicero era demasiado áspero como para poder identificar una huella. Se pensaba que el asesino había usado guantes o no había tocado nada.
La policía descubrió el pasado de Antonio Molina. Era un conocido proxeneta de 28 años que vivía con Elvira, aunque tenía otras dos prostitutas en su cuadra. No era necesario ser Sherlock Holmes para deducir que Carmen/Elvira era una prostituta.
La búsqueda de Sara llevó a los detectives a la esquina de una calle de Madrid, donde ejercía su oficio. Fue Sara quien relató el pasado de Elvira a las autoridades. También les dijo que Rufino había recorrido todo Madrid con la foto de su esposa mientras preguntaba por su paradero.

La policía entró como tromba en el apartamento de dos habitaciones de Rufino. Encontraron al pequeño hombre rodeado de fotos y recuerdos de la mujer que amaba.
Un velo blanco de novia yacía al lado de una fotografía
de la boda tomada en tiempos mucho más felices.
Rufino le dijo a la policía: “No quería matar a nadie,
sólo quería recuperar a mi esposa”. Luego les contó
que había descubierto dónde estaba viviendo
su esposa. Se había dirigido al apartamento
y se sorprendió al encontrar a Molina.
No tenía idea de que su esposa estaba cohabitando
con su antiguo proxeneta. El hombrecillo había
tomado la mano de su esposa y le dijo, con su voz
suave y tímida, que la llevaría a casa. Molina dijo
que haría falta mucho más hombre que Rufino para separarlo de su medio de subsistencia. Aferró
a Rufino por el cuello y lo escoltó a la puerta del apartamento. Rufino se liberó y tomó un filoso cuchillo
de carnicero. En el frenesí, apuñaló a Molina en el pecho.

Rufino confesó que debe haber apuñalado a su esposa, pero no tenía recuerdo
del ataque. Su mente se debe haber desconectado después de acuchillar
a Molina. Su única explicación: “Debo haber enloquecido. La amo”.

A pesar del hecho de haber cometido un doble asesinato, todos sentían mucha compasión por el empleado de matadero que perdió a su esposa y respondió
con una explosión de ira incontrolable.

El 11 de mayo de 1984, Rufino Alarcón fue encontrado culpable de homicidio no intencional con atenuantes. Le aplicaron la sentencia extremadamente clemente
de cinco años de cárcel. l

 

Traducción: José Peralta.
ilustraciones: David marquez. davidmarquez@cantv.net

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