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Inundación
frustra los
planes de Fred

Todos sabían que
este hombre era un amargado que insultaba a su mujer, pero nadie imaginó
que era un asesino
bien calculador

Florence y Fred Small se mudaron al pueblito de Mountainview, New Hampshire, en 1914. Allí adquirieron una cómoda cabaña a un kilómetro y medio del pueblo, en la costa sur del Lago Ossipee.

Fred, un hombre de baja estatura con ceño siempre fruncido y rostro usualmente sin afeitar, no era muy apreciado. Su actitud se podía describir, en el mejor de los casos, como cascarrabias. Por ejemplo, hiciera frío o calor, Fred se quejaba con todos diciendo que hacía demasiado frío o demasiado calor. No importaba cuál fuera el tema; se podía contar con que él haría un comentario negativo. Uno de sus motivos favoritos de queja era el sótano de su cabaña, el cual, a menudo, se inundaba cuando el nivel del lago subía.

Así las cosas, nuestro Fred no tenía un empleo fijo. Negociaba acciones y bonos. Más o menos una vez al mes se subía al tren camino a Boston, donde, según afirmaba, realizaba sus transacciones.

Usualmente, el blanco de la ira de Fred era su amada esposa Florence. Siempre le estaba gritando a la pobre mujer, a quien se refería con adjetivos tales como estúpida y perra. Cuando no estaba peleando con ella, Fred hacía pequeñas tareas en su granja. Sin duda, tenía buena mano con la maquinaría y podía desarmar un motor fuera de borda y volverlo a ensamblar, dejándolo como nuevo. También le fascinaba la electricidad y se la pasaba jugando con algunas pilas.

Con el tiempo, Fred se labró cierta reputación como una especie de genio mecánico local. Estas cualidades le valieron cierto grado de aceptación entre los vecinos, quienes pensaron que la mayoría de los tipos como Fred eran excéntricos.

La vida prosiguió un curso apacible durante dos años. Fred le gritaba a Florence y hacía cosas en su taller para pasar su muy abundante tiempo libre.

En 1916, Fred debió sentir que no estaba adecuadamente asegurado. Le dio una especie de frenesí por las pólizas de seguro. Aseguró su cabaña por 2.000 dólares y lo que ésta contenía por otros mil más. Siempre solícito con su esposa, compró un seguro de vida para ésta y él mismo por 20.000 dólares.

La póliza le fue comprada a Edwin Conner, cuyo verdadero trabajo era director de la escuela local de Ossipee. Ed tenía un segundo empleo en la compañía aseguradora John Hancock Mutual, de Boston.

Durante el proceso de compra de las pólizas, Fred trabó amistad con Ed. De hecho, Fred le insinuó a Ed que podía ponerlo en contacto con varios conocidos suyos en Boston que podrían necesitar algunas cuantiosas pólizas. ¿Le interesaba esto a Ed? Pueden apostar su vida a que le sí le interesaba.

Fred le contó a su amigo que realizaría uno de sus periódicos viajes a Boston el 28 de septiembre. Ed se mostró complacido e hizo arreglos para encontrarse con Fred en la estación a tiempo para abordar el tren de las 4:07 a Boston.

El día 28, alrededor de la 1:30 pm, Fred llamó a John Kennett, del Hotel Central del pueblo, y le pidió que lo pasara buscando por la cabaña a tiempo para tomar el tren. Esto no era una solicitud inusual, dado que Kennett, a menudo, llevaba a Fred a la estación.

Ese día en particular, Fred esperaba a Kennett fuera de la cabaña. Antes de marcharse con él, Fred regresó a la cabaña, abrió la puerta y gritó: "Adiós, Florence".
Kennett declararía más tarde que aquella ocasión fue una de las pocas veces en que podía recordar a Fred dirigiéndose a su esposa de una manera civilizada.

Luego tomaron camino hacia la estación, donde Ed Conner estaba esperando. Ambos hombres abordaron el tren y llegaron a Boston a las 8:00 pm. Fueron al Young's Hotel, donde el inusualmente atento Fred se apresuró a enviarle una postal a Florence.

En las orillas del lago Ossipee, las cosas no le iban bien a Florence. En realidad, ese comentario se queda corto. La cabaña se había incendiado y había quedado reducida a cenizas con Florence adentro. Los vecinos de Mountainview se reunieron en el lugar. Algunos, incluso, trataron de acercarse a las llamas.

Cuando Fred y Ed regresaron a su hotel después de tomar algunos tragos en un bar cercano, una llamada de larga distancia los esperaba. Apenas se enteraron de la noticia, empacaron. Dado que no había trenes a esa hora de la noche, alquilaron un Packard con chofer y todo y se dirigieron a Mountainview. En el camino, Fred bebió una botella de whisky para ahogar sus penas. Los dos hombres llegaron a Mountainview a las 4:30 am. Para entonces, Fred no estaba ebrio, pero tenía la lengua un poco suelta por tanto alcohol. Entre sorbos, le preguntó a Ed: "¿No crees que haya ningún problema con el seguro, verdad?".

Pero primero lo primero. El apetito de Fred no se había visto afectado por la pérdida. Se detuvo en el Hotel Central para desayunar, y a las 5:30 am llamó al agente que había asegurado su casa. Sólo entonces se dirigió a la cabaña. No había mucho que ver. La casa no era más que escombros achicharrados. El agua del lago había inundado el sótano y alcanzaba unos 30 centímetros de profundidad.

Fred intentó observar los escombros, aún humeantes, comprendiendo que en alguna parte se encontraba su Florence. A Fred, quien exaltaba las virtudes de su esposa entre sollozos, no le quedó más remedio que regresar a su habitación en el Hotel Central.

Entretanto, en el lugar del incendio, los funcionarios que inspeccionaban el agua en la cabaña devastada se tropezaron con el cuerpo de Florence. Sus brazos y piernas se habían incinerado, pero su tronco y cabeza estaban intactos. Florence se había caído a través del piso hasta el agua del sótano. Si no hubiera ocurrido la inundación, su cuerpo se hubiera quemado totalmente. Allí, ante los ojos de todos, se observaba una delgada cuerda atada alrededor del cuello de Florence. También había un orificio de proyectil en su cráneo y la cabeza presentaba varias heridas graves. Alguien, pues, realmente había deseado la muerte de la desdichada mujer. Había sido estrangulada, abaleada y brutalmente golpeada para asegurar su deceso.

También se encontraron entre los restos de la cabaña algunos pedazos de alambre de cobre, pilas secas y un despertador. No hacía falta ser un Sherlock Holmes para sospechar que el escurridizo Fred había improvisado un dispositivo de tiempo para que la casa se incendiara.

La policía se dirigió apresuradamente al Hotel Central y le comunicó a Fred sus sospechas. Él casi se rió en sus caras. ¿Por qué no interrogaban a John Kennett? Él había visto a Fred darle un beso de despedida a su esposa. Kennett, entonces, fue interrogado y corroboró la historia de Fred -bueno, casi toda. Era cierto que había conducido hasta la cabaña de Fred y que lo había llevado a la estación, pero la parte sobre haberlo visto besar a su esposa no era exactamente precisa. Lo que realmente había visto y escuchado era cuando Fred gritaba: "Adiós, Florence", pero no había visto a la mujer en lo absoluto.

Tres meses después de la muerte de Florence, Fred fue enjuiciado por el asesinato de su mujer. Era tan odiado en la zona que existía el peligro real de que los buenos vecinos de Nueva Inglaterra lo sacaran a empellones de la cárcel local y le impusieran una pena por mano propia, sin el beneficio de un juez y un jurado. De hecho, las autoridades se vieron obligadas a apostar guardias especiales en la prisión para salvaguardar al reo. De allí que todo el mundo sintiera un alivio cuando llegó el veredicto: Fred Small había sido encontrado culpable de asesinar a su esposa.

El 15 de enero de 1918 se dio curso a la sentencia: el hombre fue colgado en la prisión Concord de Nueva Hampshire.

Traducción: José Peralta
Ilustraciones: David Márquez
davidmarquez@cantv.net

 
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