|
Los personajes de Coral Bujanda
Maruja Dagnino. Fotos Nicola Rocco
La historia de trapo. Sin limitaciones de tiempo
ni de credos, bajo un mismo techo de La Castellana, conviven los
más variopintos personajes de nuestra historia.
"Perdone",
dijo Diógenes cuando tropezó con el cuerpo que dormitaba
sobre la poltrona que se encuentra a la entrada de la sala de estar,
pero el resto de los invitados no pudo menos que soltar una carcajada.
Y no porque hubiese estado a punto de caer, sino porque la "zancadilla"
venía del mismísimo Benemérito.
Estas cosas sólo pueden ocurrir en casa de Coral Bujanda,
donde la mayoría de los asientos están ocupados por
personajes como Francisco de Miranda, Cipriano Castro, Simón
Bolívar, el Gran Mariscal de Ayacucho, José Antonio
Páez, Teresa Carreño, la Negra Matea y pare de contar.
En su apartamento de La Castellana, una especie de pacto sagrado
permite esta extraña convivencia entre Rómulo Gallegos
y Marcos Pérez Jiménez. No hay, en este espacio íntimo
de su casa, limitaciones de tiempo ni de credos.
Coral comenzó a confeccionar estos muñecos de trapo
desde que su padre le pidió que le hiciera una muñeca
para bailar. Y es que a nadie se le quita lo bailao. Si no, hay
que preguntarle a los aristocráticos Francisco de Miranda
y al mismo Bolívar, con sus famas de bailarines incansables
y no peores amantes.
El padre de Coral, Carlos Eduardo Bujanda, descendiente lejano del
coronel independentista Pablo Bujanda y la condesa Josefina de Borrás,
de un excelente sentido del humor, dibujante y restaurador, era,
con su mujer de trapo, el alma de las fiestas. Y esto de la señorita
confeccionada a base de pespuntes no era por falta de damas, viejas
y jóvenes, que se turnaran para bailar con él, sino
porque tal vez ella era mejor bailarina.
El fue, sin duda, el hombre que más ha influido en la vida
de Coral. De él heredó su espíritu extrovertido
y su necesidad de vivir la vida ordinaria como un acontecimiento
extraordinario.
Con esa misma energía que invierte en la conversación,
golpea las teclas del piano para tocar un jazz, un bolero, un tango,
una milonga o un vals venezolano, normalmente acompañada
de su amigo Filomeno, con quien confiere a sus veladas un calor
inusitado, amenizadas con canciones que ellos mismos han compuesto,
plenas de un humor y de sarcasmo, de reflexiones sobre lo común.
Los personajes históricos parecen haberse convertido para
ella en una obsesión, y cada día estos ocupan más
lugares de la casa.
 |
El Benemérito,
Juan Vicente Gómez, comparte
la mesa con
Cipriano Castro. Bolívar, Betancourt
y Gallegos escuchan con atención |
Matea y Negro Primero, por ejemplo, ocupan
parte de la cocina. Teresa Carreño, Teresa de la Parra y
Luisa Cáceres de Arismendi están confinadas al rincón
del piano, muy cerca de un Miranda sentado con una pierna alzada
sobre el sofá, al estilo de aquella famosa estampa de Miranda
en La Carraca pintada por Michelena; y el Benemérito, en
diagonal, frente a las damas, comparte una poltrona con El Cabito.
En la otra sala se encuentran Reverón, acostumbrado a vivir
con muñecas -mejor bien le haría compartir el espacio
con ambas Teresas y la Cáceres-, José María
Vargas, Rafael Caldera, Rómulo Gallegos y el poeta de "Píntame
angelitos negros", Andrés Eloy, y más allá,
en el comedor, Andrés Bello, Simón Rodríguez,
Medina Angarita, Antonio José de Sucre, Bolívar, Páez,
Guzmán Blanco (con su aspecto famélico), Joaquín
Crespo y quién sabe cuántos otros comparten una silenciosa
conversación de la que sólo ellos saben.
Desconcertante sí es entrar a esa casa de convidados de piedra,
que parecen compartir el mismo tedio hasta que Coral comienza a
golpear las teclas y parece que todo cobrara una animosidad inusitada,
mientras sus personajes parecen sucumbir a los encantos del piano.
Entonces comienza la comedia, digna del más divertido café-concert.
¿Quién necesita que se levante el telón? l
Ver también en Encuentros:
-
Ricky Martin
-
Rompiendo la ola
|