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| Un
auténtico Ricky Martin |
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Todo se proponía con la naturalidad
de las cosas habituales. No había detalles y nadie
los pidió. La consigna era reunirse en el lobby de
un gran hotel de Miami y ahí estábamos, en ansiosa
espera, pero entregados. Cinco periodistas, dos agentes de
prensa, un chofer. "¿Estamos todos? Vamos".
El destino: el estudio de grabación de Sony Music.
El objetivo: escuchar el nuevo disco de Ricky Martin, Almas
del silencio, que fue lanzado mundialmente el 20 de mayo.
Todo fue como-en-casa desde que nos desparramamos en sillones
de cuero negro a la espera de los primeros acordes, recorriendo
con la mirada infinitos botones y teclas que alguien manejaba
con envidiable habilidad. Nos dieron refrescos, frutas y una
carpeta que presentaba canciones y compositores de la talla
de Emilio Estefan, Alejandro Sanz y Ricardo Arjona, entre
otros. Concluida la introducción, los temas empezaron
a correr, a todo volumen, hasta estrellarse en la piel. La
sala de audición empezaba a sumergirnos en la quinta
canción cuando se abre una puerta, aparece Ricky y
pide con gestos que todo siga su curso. "Gracias por
venir. Es el disco más personal que he sacado; presenta
como nunca mi piel. Era hora de volver a mis raíces".
Trae un disco del auto, presenta canciones sin mezclar, pide
opiniones. Almas del silencio es su primer trabajo
sin huellas de Robi Rosa, otro exiliado de Menudo y autor
de varios de sus hits, pero repite fórmulas de éxito
probado: la artillería sonora no escatima instrumentos
y el jadeo rítmico y sexy de Ricky atraviesa una amplísima
galería de impresiones musicales, en un repertorio
que intercala baladas con excitadas canciones para menear
en las pistas. Un auténtico Ricky Martin.
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Ricky Martin
Georgina Elustondo
El cantante habló también
de la difícil relación con sus padres, de su búsqueda
religiosa, del éxito, los excesos y sus ganas de tener un
hijo. Y aseguró que, a los 31, siente que empieza lo mejor.
Cuatro velas blancas perfuman la habitación.
Huele perfecto, como Ricky pidió, como a Ricky le gusta.
Luces muy tenues y algunas flores se suman a los aromas. Sobre una
bandeja de plata despliegan coquetería varios kilos de fruta
y sandwichitos de diseño. Todo está armado para encantar.
Se supone que Ricky Martin entrará en unos segundos y lo
espero entretenida en descifrar de qué se trata tanta escena.
Cómo simular que uno compra la propuesta cuando resulta más
que obvio que todo está pensado en función de estudiadísimas
estrategias de marketing y comunicación. Cómo
romper los mecanismos que -sabemos- Ricky maneja con profesionalidad
de años y aprovechar al máximo cada segundo de esta
estricta media hora... "¿Cómo estás, mi
amor?", aparece, abraza y besa, sonrisa radiante, bronceado
perfecto, franela sin mangas, brazos tallados con rigor de atleta.
"Pero siéntate, niña", invita, convidando
la paz que la habitación instala. "El tiempo vuela.
No quiero hablar del artista, quiero hablar de ti", propongo,
ya a solas, y él acepta, se entrega, sin condiciones y sin
testigos. Y habrá silencios, y hasta habrá enojos,
pero allá vamos, con sorprendente naturalidad, con vaivenes
que oscilan entre carcajadas cómplices e introspecciones
de diván, a recorrer los rincones más personales de
uno de los cantantes más globales y vendedores del mundo
tras pocos días del lanzamiento mundial de Almas del silencio,
un disco en español que lo vuelve a las raíces y promete
hacer historia.
¿Cómo escribiría su biografía el
Ricky Martin no oficial?
"Te diría que hay una larga carrera que llevó
a cabo un chamaco con muchas ganas de luchar, de sobresalir, con
una necesidad increíble de caer bien. Un chamaco que ha tenido
altas y bajas emocionales, que se toma todo personalmente y que
sufre mucho por esa actitud; alguien con una profunda necesidad
de hacer todo bien, una necesidad que se volvió obsesiva
y hasta destructiva".
¿Mucha inseguridad?
"Sí, mucha. Pero también había una codificación
errónea en mi disco duro (se toca la cabeza). Es muy difícil
cuando al comienzo de una carrera eres parte de una agrupación
donde te dicen 'habla, calla, tienes que ser así, tienes
que decir esto, tienes que reír, no puedes cuestionar'. Menudo
fue de látigo, chica. Nos movíamos en una disciplina
militar. ¿Cómo te atreves luego a hacer algo mal sin
sentir temor? Decodificar todo eso, darse cuenta, es horrible, sufres
mucho".
¿Tanto te marcó Menudo?
"¡Imagina! De la habitación nos sacaban al escenario,
de la habitación a la conferencia de prensa, de la habitación
al avión. La habitación era mi colegio, era mi parque,
era mi alcoba. Tenía 12 años, me sacan de mi casa,
me cambian el nombre, la edad
¿Quién soy? (pone
cara de loco). Pero Kiky estaba ahí, sabes. Lo instintivo
no es negociable: a mí me encanta el trabajo, me encanta
el escenario y me encanta viajar. No puedo estar quieto en un sitio,
no puedo estar más de cuatro horas en un cuarto. Esa es mi
personalidad, ese soy yo".
Como si lo habitara entero, todavía, Kiky asomará
en sus labios demasiadas veces en media hora. Kiky lo llamaron sus
padres, a apenas horas de su llegada al mundo, el 24 de diciembre
de 1971, en Puerto Rico. Kiky lo llamaban amigos y familiares cuando
su carita de pocos años empezó a aparecer en comerciales
de televisión. Kiky le decían cuando se sumó
al grupo Menudo, con apenas 12 años. Kiky está vivito
y coleando mientras Ricky Martin transita sus 31: puesto a hablar
del pasado, no hay modo de detenerlo.
¿Cuáles fueron las mejores y las peores marcas
de tu infancia?
"Lo peor fue entrar a esta carrera, lo peor".
¿¡La peor!?
"Sí, porque ahí todo fue a parar al caraj...,
porque mis padres, que estaban separados desde hacía años,
se dejaron de hablar y todo fue un desastre. Empezó a entrar
dinero y se arrancaron los ojos. Se pelearon en la Corte, me pararon
frente a un juez y me dijeron que debía elegir si quería
estar con papá o con mamá. Les dije: '¿Saben
qué? Yo quiero trabajar. No quiero estar contigo ni contigo,
no quiero volver a Puerto Rico ni de visita, porque allí
tengo que encontrarme con su estira y encoge, peleándose
por mi dinero'. El trabajo me permitió seguir".
Si el estira y encoge era de los dos, ¿por qué te
enojaste con tu papá?
"Porque fue así, chica, no tenemos que ir más
a fondo. Yo necesitaba mucho a mi madre en ese momento".
Ricky y su padre no se hablaron durante casi diez años. El
reencuentro llegó en diciembre de 1994, cuando unos días
de vacaciones en París sorprendieron al cantante llorando
como un niño en el banco de una plaza. "Hacía
mucho frío, me cayó una nevada encima y empecé
a llorar. No podía parar y entendí que era por papá.
Cambié el pasaje y lo fui a buscar". Aflora Kiky y la
megaestrella se afloja, se aniña, se vuelve humana, hasta
que Ricky Martin retoma el control y aleja el pasado a los caderazos.
"Pero hoy estoy aquí, sabes, estoy sólido y no
me para nadie -se arma-. Mi vida ha sido muy interesante".
Ricky Martin fue el "tímido" de Menudo durante
cinco años. En 1989 decidió dejar el grupo y viajar
a Nueva York, a tomarse toda la soledad de un sorbo y decidir si
podría vivir o no una vida sin aplausos. "No hice nada
durante seis meses. Pasé horas sentado en las plazas, viendo
girar al mundo. Quería conocerme, hacer un inventario de
mi vida. Después de tanta locura sólo quería
estudiar". Su madre insistía con el escenario; él
repetía que no, pero
"Me fui de vacaciones a México
y surgió la posibilidad de hacer teatro. Y después
llegó la novela (Alcanzar una estrella), el estelar
Canté una canción y me ofrecieron hacer un disco.
No podía parar, y encima todo se me daba".
¿Cuándo llegan los primeros no?
"Después de una gira por España, en el verano
de 1995. Hice más de cincuenta conciertos en tres meses.
Quedé loco, quemado mental y físicamente, porque todo
era automático, nada tenía sentido. El dinero estaba
por todos lados, pero no era feliz. Lo espiritual había quedado
a un lado. Debía parar".
Pero la promoción del disco A medio vivir había sembrado
lo suyo y había mucho que recoger. Miles de europeos habían
vuelto a su país zarandeando caderas al son de María
y el nombre de Ricky Martin empezaba a multiplicarse en las radios
del continente. "No es fácil parar, al fin y al cabo
es lo que todo artista quiere. Mencióname uno que no desee
ser conocido en todo el mundo".
No es suficiente escribir las palabras que Ricky suelta con verborragia
para transmitir lo que el boricua expresa cuando uno lo tiene enfrente.
Su boca dice, pero dicen más sus saltos sobre el sillón,
sus tonos, sus gestos, sus piernas que van y vienen, una sobre otra,
sus nervios sobre el anillo. Como en el escenario, Ricky habla con
todo el cuerpo.
¿Qué pasa cuando paras?
"Colapsas, porque hay mucho vacío. El primer día
en que no tuve itinerario sentí una ansiedad increíble".
¿Cuándo te pasó?
"En 1995. Recogí la casa, saqué a un montón
de gente de mi vida y me salí de la foto. Fue todo con mucho
dolor, no estaba contento, pero limpié todo y me fui a la
montaña, a desconectarme. Sin teléfono, sin luz, bien
austero, todo bien simple. Recién ahí mi alma volvió
a nacer".
Por aquel entonces, los medios hablaron de depresión. Ricky
había desaparecido y todo tipo de especulaciones se tejieron
al respecto, pero él desmintió cualquier forma de
tristeza y sólo habló de agotamiento. Tiempo después,
cuando el disco Vuelve lo regresó al escenario, una
de sus canciones -La copa de la vida- clausuró el
Mundial de Francia y se convirtió en el single de mayor venta
en Europa, luego de que dos mil millones de personas vieran a Ricky
bailarla en televisión. "Otra vez no podía parar
-dice hoy-, pero ya con las riendas en la mano".
Toda tu carrera ha sido cuidadosamente planeada, con mucho
marketing. ¿Te condiciona, te sientes libre?
"Siempre que dije sí era porque quería. Es cierto
que tenía al lado unos monstruos de representantes y asistentes
que estaban locos de felicidad porque tenían a un artista
que decía a todo que sí. Ellos se pegaron la lotería,
pero las decisiones fueron mías".
Doce años de carrera como solista, ocho discos, más
de 40 millones de copias vendidas, una vitrina de premios de los
mejores, contratos de publicidad millonarios
Ricky Martin
es una corporación integrada por personajes de todo tipo:
desde expertos en relaciones públicas y asesores de imagen
hasta peluqueros, guardaespaldas y entrenadores físicos.
Nada en su carrera quedó librado al azar: un paso tras otro,
pura estrategia, mucho trabajo, cierto talento, el "disco duro"
formateado desde muy pequeño para pagar todos los peajes
que la fama exige. El tipo viaja en avión privado con abultada
comitiva y su manager personal, Joselo Vega -41 años, ex
coreógrafo de Menudo- arma su agenda y cuida celosamente
que todo funcione a gusto.
¿Te cuesta manejar la exposición pública?
"Es un peligro. Tienes un paparazzi violándote a cada
rato. Ellos tienen fotos, te violan, da mucha rabia. Y canalizas
esa rabia cerrando todo, aislándote. Esta carrera puede ser
una arma de doble filo si no estás sólido espiritualmente.
Hay que hacer todo lo posible para encontrar algún tipo de
centro donde recostarte y saber que no eres Dios, que puedes pedir
ayuda. Es un trabajo que requiere mucha práctica".
¿Qué tipo de práctica?
"Yo he tratado todo, mi amor. He sido monaguillo, luego fui
protestante, por poco me convierto en judío, casi me meto
en la iglesia de la cientología, después me fui al
hinduismo, al budismo, todo. Por eso hoy no soy nada, porque si
digo que soy algo no puedo ser nada más. Creo en Dios. Dios
hay uno; mensajeros, muchísimos".
¿Qué buscabas en la religión?
"Buscaba algún tipo de libertad, porque estaba muy encerrado.
El aislamiento estuvo fuerte por muchos años. Por eso he
buscado de mil maneras estabilidad espiritual".
Tiene los ojos pequeños, la mirada muda y la piel humana,
menos perfecta de lo que la venden sus fotos. Mide 1,85 metros y
está más flaco y marcado que hace unos años.
Vive en Miami Beach, solo, en una casa que mira al mar, con varios
cuartos, gimnasio, estudio de grabación y dos perros, Ikaro
y Pitagne. Colecciona velas y sahumerios, le huye a la tele y compra
libros espirituales.
¿Terminó la vida loca?
"Sí. Las prioridades son otras, y lo que me excita ahora
es muy diferente a lo que me excitaba a los 20 años. En algún
momento viví cierto descontrol, pero ya no me interesa. Hoy
lo que quiero es crecer espiritualmente y trabajar".
Cuando su primer álbum en inglés -Ricky Martin-
llegó a la cima de los rankings estadounidenses, Ricky
se convirtió en un sex symbol internacional. La revista
People lo consideró una de las 50 personas más
bellas del planeta y le adjudicaron romances con mujeres de todo
el globo -la modelo Rebeca de Alba fue la más oficial-. Sin
embargo, la sexualidad del artista viene siendo motivo de rumores
de toda índole desde hace años y Ricky no ha mostrado
interés en ser claro al respecto. "La comunidad homosexual
quiere que sea gay. Los heterosexuales quieren que sea como ellos.
Todos los periodistas piensan 'yo seré el que lo haga hablar'.
Yo les ruego: vivan su propia vida y dejen de vivir la mía",
ha dicho. Esta vez también evitó profundizar el tema.
Contaste
muchas veces que perdiste tu virginidad a los 15 años...
"No me digas que vamos a hablar de eso ¿Por qué?
¿De verdad quieren hablar de mi sexualidad? No entiendo
".
¿Qué sientes cuando cuestionan tu sexualidad?
"Me enferma -se enoja-. Es como una violación. 'Oye,
tú, ¿con quién te acuestas?'. ¿No crees
que es un poquito difícil? Es irrespetuoso. Y lo peor es
que hay una sociedad que se alimenta de eso. Y la sexualidad es
tan rica
a mí me encanta, pero si quisieras hablar
del tema, no de mí".
Siempre has contado muchas cosas personales, no has escondido
tu historia. Si fueras gay lo asumirías
"Y a lo mejor hay gays que no lo quieren asumir y ya.
Yo simplemente soy lo que soy, es bien simple. Quiero tener una
familia".
Has hablado mucho del deseo de ser padre.
"Sí, quiero tener muchos hijos. Y algún día
será, cuando tenga la necesidad de volver a Kikyto. A lo
mejor quiero dar lo que no recibí o dar lo que recibí
y mejorarlo".
El chico de pelvis movediza y sonrisa de foto a veces se pone serio.
Y se enoja. Y no le falta carácter; mucho menos, temperamento.
Sabe que a uno puede gustarle o no lo que ha logrado, lo que vende,
pero sabe también que nadie puede negar que ha sudado la
camiseta.
Tu nivel de autoexigencia es altísimo, siempre hay una
nueva meta. ¿Hay algo de insatisfacción permanente
o es pura ambición?
"Soy muy ambicioso, pero estoy satisfecho. No seré el
mejor compositor, pero cuando me paro en un escenario defiendo esa
canción como nadie. Que venga lo que venga, la satisfacción
ya está. Ricky Martin tiene éxito. Yo he llegado".
l ©
Clarín
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