- 20 años no son nada. Se Dice: JFK tuvo una Mónica.
- Tres en pantalla chica. Un quinteto literario.
- Monitor de cine.

 CRONICA
- La oscura, inmensa noche
ESTAMPAS
50 AÑOS
- Ricky Martin
- Rompiendo la ola
- Los personajes de Coral Bujanda
SALUD
- Remedios caseros (I)
BELLEZA
- Super cremas
DECORACION
- Cuestión de filosofía
COCINA
- Brochetas calientes
MASCOTAS
- Un compañero ideal
 CRIMENES
 HOROSCOPO
 HUMOR
 MAYTTE
 CRUCIGRAMA
 ARCHIVO
 CONTACTENOS
 
 
Matinée y vespertina

La pantalla grande ha protagonizado un rol estelar en las páginas de Estampas desde sus primeros días. Rodaban los años cincuenta y ya se gastaba tinta en los chismes de las voluptuosas divas de la época. Reinaban las curvas de Sofía Loren, "la bomba atómica italiana"; Ava Gadner, "el animal más bello del mundo", causaba escándalo con la compra de 53 vestidos en Roma; Gina Lollobrigida, de su lado, encarnaba a Esmeralda en Nuestra Señora de París. En los cines caraqueños -¡aquellos cines de los cincuenta!- como el Rialto y La Castellana, se proyectaba por primera vez, en 1957, Los diez mandamientos, protagonizada por Charlton Heston y Yul Brynner. Tal acontecimiento se robó dos portadas del mes de diciembre de ese año, y los caraqueños desplegaban sus mejores galas para asistir a las funciones matinal, vermouth, matinée, vespertina o noche, por menos de dos bolívares.

La oscura, inmensa noche
Rosa Montero

Me gusta acostarme tarde, y todas las noches, cuando saco a mis perros por última vez, atisbo los contornos de mi barrio en la oscuridad, el perfil nocturno de mi mundo. Vivo en una zona residencial sin tiendas ni oficinas, y la inmensa mayoría de las ventanas están apagadas. En unas cuantas, sin embargo, hay luz. Casi siempre son las mismas, sea la hora que sea. Con el tiempo, he aprendido a reconocerlas; de hecho, podría confeccionar un mapa de noctámbulos de la zona. Gentes que viven en la noche, como yo. O más que yo, porque incluso en aquellas raras ocasiones que trasnoché muchísimo y saqué a los perros casi de madrugada, me encontré encendidas las mismas ventanas.
Como todo el mundo sabe, hay animales nocturnos y animales diurnos. El ser humano pertenece a este último grupo; la noche siempre fue un tiempo de terrores en el que la especie quedaba desprotegida. Desde tiempos remotos, al caer el día nos hemos amparado en cuevas y habitáculos; hemos encendido fuegos e instalado centinelas. La invención de la luz eléctrica cambió nuestra vida por completo, aboliendo de algún modo la noche; pero ha sido una mudanza muy reciente, y todavía mantenemos en la parte más antigua de nuestro cerebro el aviso de alarma ante las tinieblas. Incluso las personas que amamos acostarnos tarde, como yo, podemos percibir en ocasiones ese antiguo sentimiento de fragilidad esencial, ese miedo elemental y niño ante la noche. Y en los códigos penales se sigue manteniendo la indefensión de esas horas como un agravante. Al menos en el código español, en donde se dice que cometer un delito "con nocturnidad" es merecedor de penas mayores que si se comete durante el día.
A veces intento imaginar qué estarán haciendo esos vecinos míos que tienen las luces encendidas. Alguno debe estar estudiando para preparar unas oposiciones: por las noches, lo sé por experiencia, se estudia mucho mejor. Otros serán insomnes desesperados que terminan adormilados en un sofá. Y otros noctívagos felices que prefieren disfrutar del silencio y la serena intensidad de esas horas para leer o para trabajar, como a menudo yo misma hago. Muchos escritores, curiosamente, han vivido de noche: Marcel Proust, Agatha Christie, George Sand... Quizá porque al tener un horario a contrapelo de todo el mundo conseguían silencio y paz para concentrarse en su obra, o porque evitaban así la irrupción fastidiosa de los demás, que suelen no darse cuenta de que escribir es, en efecto, un duro trabajo y creen que, ya que estás en casa tonteando con tus papeles, puedes dejarlo todo por un momento para atenderles.
Seguro que entre mis vecinos de las luces también hay algún individuo que siente terror a la oscuridad. He conocido a unos cuantos tipos semejantes en mi vida: hombres o mujeres que vivían solos y que, por las noches, dejaban sus casas encendidas como una verbena para que los fantasmas no se enroscaran en la penumbra. En otras ocasiones el miedo no es a la oscuridad en sí, sino al mero hecho de dormirse, porque el sueño -la noche- es una pequeña muerte, un adelanto de la negrura final. Hace años traté a un chico que jamás se metía en la cama. Tenía que dormir medio recostado en un sofá, vestido y con alguna lámpara encendida, para fingir ante sí mismo que sólo estaba echando una cabezada: no podía soportar ese aspecto definitivo que tiene el acostarse, el reconocimiento de que se había acabado un día más, que se le había ido otro pedazo de su vida. Y quien sabe si esa extendidísima costumbre que muchas personas tienen de dormirse viendo la televisión o escuchando la radio no oculta el mismo miedo a la pequeña muerte cotidiana. En realidad la noche no deja indiferente a nadie. Atisben su interior y decidan si son de los que la odian, la temen o la aman.
l

 
volver a eluniversal.com | ir arriba
 
Contáctenos | Tarifario | Publicidad en línea | Política de privacidad
Términos Legales | Condiciones de uso