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Matinée y vespertina
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La pantalla grande ha protagonizado un
rol estelar en las páginas de Estampas desde
sus primeros días. Rodaban los años cincuenta
y ya se gastaba tinta en los chismes de las voluptuosas divas
de la época. Reinaban las curvas de Sofía Loren,
"la bomba atómica italiana"; Ava Gadner,
"el animal más bello del mundo", causaba
escándalo con la compra de 53 vestidos en Roma; Gina
Lollobrigida, de su lado, encarnaba a Esmeralda en Nuestra
Señora de París. En los cines caraqueños
-¡aquellos cines de los cincuenta!- como el Rialto y
La Castellana, se proyectaba por primera vez, en 1957, Los
diez mandamientos, protagonizada por Charlton Heston y
Yul Brynner. Tal acontecimiento se robó dos portadas
del mes de diciembre de ese año, y los caraqueños
desplegaban sus mejores galas para asistir a las funciones
matinal, vermouth, matinée, vespertina o noche, por
menos de dos bolívares.

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La oscura, inmensa noche
Rosa Montero
Me gusta acostarme tarde, y todas las noches,
cuando saco a mis perros por última vez, atisbo los contornos
de mi barrio en la oscuridad, el perfil nocturno de mi mundo.
Vivo en una zona residencial sin tiendas ni oficinas, y la inmensa
mayoría de las ventanas están apagadas. En unas cuantas,
sin embargo, hay luz. Casi siempre son las mismas, sea la hora que
sea. Con el tiempo, he aprendido a reconocerlas; de hecho, podría
confeccionar un mapa de noctámbulos de la zona. Gentes que
viven en la noche, como yo. O más que yo, porque incluso
en aquellas raras ocasiones que trasnoché muchísimo
y saqué a los perros casi de madrugada, me encontré
encendidas las mismas ventanas.
Como todo el mundo sabe, hay animales nocturnos y animales diurnos.
El ser humano pertenece a este último grupo; la noche siempre
fue un tiempo de terrores en el que la especie quedaba desprotegida.
Desde tiempos remotos, al caer el día nos hemos amparado
en cuevas y habitáculos; hemos encendido fuegos e instalado
centinelas. La invención de la luz eléctrica cambió
nuestra vida por completo, aboliendo de algún modo la noche;
pero ha sido una mudanza muy reciente, y todavía mantenemos
en la parte más antigua de nuestro cerebro el aviso de alarma
ante las tinieblas. Incluso las personas que amamos acostarnos tarde,
como yo, podemos percibir en ocasiones ese antiguo sentimiento de
fragilidad esencial, ese miedo elemental y niño ante la noche.
Y en los códigos penales se sigue manteniendo la indefensión
de esas horas como un agravante. Al menos en el código español,
en donde se dice que cometer un delito "con nocturnidad"
es merecedor de penas mayores que si se comete durante el día.
A veces intento imaginar qué estarán haciendo esos
vecinos míos que tienen las luces encendidas. Alguno debe
estar estudiando para preparar unas oposiciones: por las noches,
lo sé por experiencia, se estudia mucho mejor. Otros serán
insomnes desesperados que terminan adormilados en un sofá.
Y otros noctívagos felices que prefieren disfrutar del silencio
y la serena intensidad de esas horas para leer o para trabajar,
como a menudo yo misma hago. Muchos escritores, curiosamente, han
vivido de noche: Marcel Proust, Agatha Christie, George Sand...
Quizá porque al tener un horario a contrapelo de todo el
mundo conseguían silencio y paz para concentrarse en su obra,
o porque evitaban así la irrupción fastidiosa de los
demás, que suelen no darse cuenta de que escribir es, en
efecto, un duro trabajo y creen que, ya que estás en casa
tonteando con tus papeles, puedes dejarlo todo por un momento para
atenderles.
Seguro que entre mis vecinos de las luces también hay algún
individuo que siente terror a la oscuridad. He conocido a unos cuantos
tipos semejantes en mi vida: hombres o mujeres que vivían
solos y que, por las noches, dejaban sus casas encendidas como una
verbena para que los fantasmas no se enroscaran en la penumbra.
En otras ocasiones el miedo no es a la oscuridad en sí, sino
al mero hecho de dormirse, porque el sueño -la noche- es
una pequeña muerte, un adelanto de la negrura final. Hace
años traté a un chico que jamás se metía
en la cama. Tenía que dormir medio recostado en un sofá,
vestido y con alguna lámpara encendida, para fingir ante
sí mismo que sólo estaba echando una cabezada: no
podía soportar ese aspecto definitivo que tiene el acostarse,
el reconocimiento de que se había acabado un día más,
que se le había ido otro pedazo de su vida. Y quien sabe
si esa extendidísima costumbre que muchas personas tienen
de dormirse viendo la televisión o escuchando la radio no
oculta el mismo miedo a la pequeña muerte cotidiana. En realidad
la noche no deja indiferente a nadie. Atisben su interior y decidan
si son de los que la odian, la temen o la aman. l
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