- Chiquinquirá Delgado
"Yo soy obra
de un milagro
-

Leonardo Padrón
"Yo no soy un imposible"

-

EL festín
de Carlos Spitia

- Javier Bardem Volver a empezar
- Las mujeres se disponen a correr
TENDENCIAS
PROTAGONISTAS
-

Un ángel
llamado Anne

- El monitor
LA CARACAS DE...
- Luis Sojo
MODA
-

El tamaño importa

GASTRONOMÍA
- Le gourmet estrena cocinero
VIVIR MEJOR
SALUD
- ¡Paticas pa' qué
te tengo!
BELLEZA
- Uñas bellas
y saludables
COCINA
- El atún: del mar
a su mesa
PUNTO Y APARTE
CRIMENES
HOROSCOPO
HUMOR
CRUCIGRAMA
crucigrama.shtml
ARCHIVO
CONTACTENOS

CRÍMENES MAX HAINES
 


CÓMO JACK ESCAPÓ DE LA MUERTE

Un padre angustiado encontró la manera de ayudar a su hijo en el momento cuando éste tenía, literalmente, la soga al cuello


Al relatar estas historias de asesinato y abominación, trato, por todos los medios, de verificar la veracidad de los hechos. La saga de asesinato que abordamos hoy tuvo lugar en el Condado Bruce de Ontario, Canadá, en 1868. Los registros son muy escasos; casi no hay reportajes de prensa, pero pude reunir suficiente evidencia para comprobar el meollo del relato que presento a continuación.

Conduzca hacia el noroccidente desde Toronto, atravesando algunos de los paisajes más hermosos del mundo. Pasará por los pintorescos pueblos de Ontario -Fergus, Alma, Palmerston, Mildmay- hasta llegar a Walkerton, en el Condado de Bruce. Hoy en día no es una gran metrópolis y en 1868 era el hogar de unos 700 ciudadanos, quienes, en su mayoría, se ganaban la vida trabajando la tierra.

En febrero de 1868, Stephen Neubecker, de 26 años, subió a su trineo la última carga de granos de la temporada. El grano sobrante debía ser entregado para su venta en la estación terminal de tren de Seaforth. Steve se levantó temprano para el viaje, que le tomaría todo el día, y llegó a Seaforth cuando caída la noche. A la mañana siguiente vendió el grano y emprendió el camino de regreso a casa.

Cerca de Belmore recogió a un hombre que andaba con dificultad por el camino, apoyándose con un bastón; era el vecino Jack Haag, quien tenía unas copas encima. Hay cierta evidencia de que Jack y Steve habían estado cortejando a la misma dama. En todo caso, los dos hombres tuvieron una disputa e intercambiaron frases nada agradables.

Jack descargó su bastón sobre la cabeza de Steve. Una y otra vez, en ese trecho solitario del camino entre Belmore y Formosa, Jack, en un frenesí inducido por la bebida, golpeó con el bastón el cráneo del ahora indefenso hombre. Haag introdujo una mano en el bolsillo del hombre caído y sustrajo el dinero de la venta del grano. Saltó al camino y, con un golpe de su bastón, lanzó el trineo hacia la oscura noche con su sangrienta carga.

Alrededor de las 10:00 pm, el trineo había completado el recorrido hasta la taberna de John Chambers en Belmore, donde los caballos se detuvieron por la fuerza de la costumbre. John Chambers descubrió al hombre herido en la mañana. La mandíbula de Steve estaba fracturada y su ojo izquierdo era una masa de sangre coagulada que se había congelado. Su cráneo tenía una grotesca fractura abierta. Estaba vivo, pero apenas.

Al mediodía, un médico estaba tratando las heridas de Steve; confirmó que éstas podían ser mortales, aunque su paciente ahora estaba consciente e intentaba hablar.
El jefe de policía del Condado Bruce, Michael Laborde, rastreó la ruta del asaltante desconocido hasta dar con la cabaña de Tony Miller, quien le dio al agente el nombre del hombre buscado: Jack Haag.

La mayoría de la gente sabía que Haag y Steve estaban cortejando a la misma mujer. Stephen Neubecker resistió otro día antes de debilitarse y morir.
Comenzó entonces la persecución de Jack Haag. El fugitivo, evitando los pueblos pequeños, viajó a pie hasta llegar a Guelph. Una vez en aquella localidad, que era más grande, se rasuró la barba y compró ropa típica de ciudad. Viajó por tren a Sarnia, donde le pagó a pescadores para que lo llevaran al otro lado del río, a Port Huron, Michigan, en Estados Unidos.

McVicar explicó que el hombre recibiría una SACUDIDA tremenda, incluso podría perder la conciencia, pero no moriría

Gracias a la información obtenida del anciano padre de Jack Haag, Gottlieb, antes de que supiera que su hijo era buscado por asesinato, el agente Laborde rastreó al fugitivo hasta Bridgeport, Michigan, donde el tío de Jack, Casper Haag, poseía una granja. Jack fue localizado mientras bebía algunos tragos en el Barry's Dance Hall, en Saginaw. Fue arrestado y, tres días después, extraditado a Canadá.

Jack permaneció en la cárcel Walkerton hasta el 18 de septiembre de 1868, cuando lo enjuiciaron por el asesinato de Stephen Neubecker. Cientos de espectadores procuraron darle un vistazo al hombre que había matado a golpes a su vecino y ex compañero de escuela.

El juicio duró apenas un día y terminó con la ominosa declaración del presidente del jurado: "Su Señoría, por unanimidad encontramos culpable de asesinato al prisionero, Jack Haag". Luego, el juez Adam Wilson aprobó la sentencia de muerte de Haag. Su cita con el verdugo tendría lugar el 15 de diciembre de 1868.

A Gottlieb Haag le cayó mal la suerte de su hijo. El granjero de 80 años se obsesionó con el pensamiento de que su hijo sería ejecutado en el cadalso. Fue entonces cuando se dirigió a Walkerton y visitó al doctor Archibald McVicar, quien era también el médico forense del condado. Gottlieb le imploró al doctor McVicar que le diera alguna clase de veneno, de forma que su hijo pudiera abandonar este mundo con algún asomo de dignidad, en lugar de pasar la deshonra de una ejecución pública.

El doctor McVicar se conmovió profundamente por la aflicción del anciano; le dijo a Gottlieb que regresara a su consultorio en una semana. Una semana más tarde se presentó el angustiado hombre. El doctor McVicar le dijo al padre del condenado que sabía de un ardid que había visto funcionar en Escocia. Él mandaría a hacer un artilugio tipo arnés que distribuiría la presión de la caída debajo de las axilas. Costaría dinero fabricar el dispositivo y habría que sobornar a algunos funcionarios. El viejo Gottlieb rápidamente se ofreció a pagar por todo.

El doctor McVicar le ofreció al jefe de la penitenciaría Walkerton, George Meyer, 300 dólares por su cooperación. El doctor se propuso averiguar la identidad del verdugo; por 500 dólares consiguió su cooperación. McVicar explicó que el hombre recibiría una sacudida tremenda, incluso podría perder la conciencia, pero no moriría.

Llegó el día de la ejecución. Cinco hombres acompañaron a Haag a la horca: el alguacil William Sutton, un ministro, el verdugo, el jefe de la cárcel George Meyer y el doctor McVicar. De los cinco personajes, tres formaban parte del plan. El verdugo colocó el lazo por encima de la cabeza de Haag y abrió la trampilla del piso mientras el ministro recitaba la Oración del Señor. Haag cayó y quedó fuera de vista. El alguacil se sintió desfallecer. El ministro corrió a ayudarlo; los otros tres personajes desaparecieron debajo del cadalso.

El verdugo retiró la cuerda del cuello de Haag mientras Meyer lo sostenía. El doctor McVicar le dio respiración artificial al hombre inconsciente. Lentamente recuperó el sentido, abrió los ojos, se frotó su lastimado cuello y susurró: "¿Dónde estoy?".
Haag fue puesto en un ataúd al que previamente le habían perforado hoyos para que circulara aire. El doctor McVicar le comunicó al alguacil Sutton que, en atención a los deseos del anciano Gottlieb, enterraría el cuerpo fuera de la ciudad. El doctor McVicar, Meyer y el verdugo condujeron hasta donde se había cavado una tumba. A Haag lo retiraron del ataúd, que luego fue rellenado con piedras y enterrado. Varios días después viajó a Michigan, donde comenzó una nueva vida con el nombre de John Miller. En los siguientes años, se dice que llevó una vida ejemplar y nunca más volvió a apostar ni a beber. Finalmente, se estableció al oeste de Flint, en el condado Shiawassee. Se casó y llegó a ser padre de un niño y una niña.

Cada tanto, un ciudadano del Condado Bruce viajaba por Michigan. Hubo varios informes de que se había visto a un hombre llamado John Miller, asombrosamente parecido a Jack Haag, quien había sido colgado en la ciudad de Walkerton. Pero eso no podía ser cierto. Cientos de personas habían presenciado la ejecución de Jack.

Traducción: José Peralta.

Ilustraciones: David Márquez. davidmarquez@cantv.net


 
volver a eluniversal.com | ir arriba
 
Contáctenos | Tarifario | Publicidad en línea | Política de privacidad
Términos Legales | Condiciones de uso