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Dieta motorizada
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Increíble. Una microcomputadora,
diseñada para ser instalada en los vehículos,
es capaz de indicarle al conductor cuánto peso ha ganado
o perdido. Ni un entrenador personal será tan sincero
como este artefacto que convierte el asiento en una balanza,
lo cual permite saber si se está comiendo más
de la cuenta. Una vez que se pone en marcha el software, el
individuo proporciona sus datos de manera tal que, a la larga,
la computadora podrá hacer sugerencias sobre dietas
y rutinas de ejercicios. Claro, el dueño del carro
deberá advertir cuándo lleva puestas unas botas
o un abrigo muy pesado, pues de lo contrario, la máquina
jamás acertará el peso correcto. Otro dato es
que la computadora también puede llevar el registro
de varías personas, de manera que tampoco se presenten
confusiones en este sentido.
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RUMORES
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Harrison
Ford y Calista Flockhart habrían terminado su relación
de un año, por la intromisión de una estudiante
mexicana con quien se supone mantiene un idilio
el famoso Indiana Jones.
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Intima como un susurro
Todavía no terminaban de apagarse
los buenos comentarios sobre su primera película, Las
vírgenes suicidas, cuando Sofía Coppola ya temblaba
de los nervios, pues desde entonces tenía muy claro que
su nuevo proyecto se trataría de una comedia y, lo peor,
escrita por ella misma. Perdidos en Tokio (Lost in Translation)
es su nombre, y a juzgar por los comentarios de todos quienes
la han visto, ya no hay motivo para semejante nerviosismo, a menos
que se lo guarde para la noche de los grandes premios, que han
sido, y serán muchos. Hija de una leyenda del cine -Francis
Ford Coppola-, y esposa del talentoso Spike Jonze, Sofía
Coppola ha sabido brillar gracias al estilo original que le ha
impreso a sus dos trabajos, que ya le proclaman como uno de los
realizadores más interesantes de los últimos tiempos.
Muy pocas películas han tenido mejor crítica este
año que Perdidos en Tokio, que acá podrá
ser vista desde este miércoles. Le alaban el tono, la belleza
de las imágenes, la simple y, a la vez, muy conmovedora
historia -que nunca cae en el sentimentalismo-, y, por supuesto,
la increíble ejecución de la pareja protagonista:
Bill Murray -el gran rival de Sean Penn en el Oscar 2004-, y Scarlett
Johansson. El, un actor venido a menos que viaja a Japón
para ganarse unos millones filmando un comercial de un whisky;
ella, una recién graduada en Yale, 30 años menor
que él, siempre sola en el hotel a la espera del marido
fotógrafo. Ambos, unos extraños en una extraña
ciudad -un retrato sensible de Tokio-, solos y fuera de lugar
hasta que sus miradas se encuentran y empieza un particular romance.
Contada con sutil elegancia, la relación de estos dos seres
se va construyendo más que por lo que dicen, por lo que
comparten en gestos y miradas. Tensión sexual la hay, y
la directora parece presentarla como pocas veces. El público
olvida la diferencia de edad y se encariña con los personajes,
en una relación a la que la directora encuentra un conmovedor
y acertado final. Una confesión hecha en susurro marca
la despedida. Un susurro repleto de significados, como la misma
película.
Ver también en Protagonistas:
-
El monitor se pasea por la televisión
- La sala de arte
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