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21fotógrafas
venezolanas
Magnum y National Geographic
han dedicado sendas publicaciones a sus mujeres reporteras. En nuestro
país, María Teresa Boulton reunió a 21 mujeres
que han hecho del lente su oficio y pasión de vida.
Adriana Gibbs
"Sería una lastima
no conocer cómo piensa la otra mitad de la humanidad",
le dijo el fotógrafo brasileño Miguel Chikaoka a María
Teresa Boulton, refiriéndose a la importancia de tomar en
cuenta al punto de vista femenino. La frase sella su más
reciente trabajo: reunir a las fotógrafas venezolanas en
una publicación con la idea de mostrar cómo ven y
piensan estas féminas. Desde hace tiempo lo tenía
como asignatura pendiente, y una recuperación en casa de
casi cuatro meses -tras una operación de cadera- le dio el
tiempo necesario para hacerlo. El libro acaba de editarse bajo el
título 21 fotógrafas venezolanas y ya está
disponible en varias librerías del país.
Con la asesoría de allegados vinculados con el tema, Boulton
armó una lista de 22 fotógrafas reconocidas en el
ámbito artístico y documental que, al final, se redujo
a 21, por voluntad propia de una de las seleccionadas, la autora
Thea Segall. "Algunas son nacidas en el extranjero, pero han
vivido y trabajado por largos años en el país. No
sé si se han nacionalizado y tampoco importa, para mí
son venezolanas. En otros casos, son venezolanas que viven y trabajan
en el extranjero", señala Boulton. Con todas ellas se
realizaron largas conversaciones sobre su historia personal y su
vinculación con el oficio fotográfico. "Una suerte
de cuéntame tu vida con la fotografía", dice
la compiladora.
Al enfocarlas en conjunto, Boulton agrupa a las 21 fotógrafas
en varias líneas de trabajo: El cuerpo, La intimidad y
el yo femenino, El oficio, El documentalismo y Lo conceptual.
"No me atrevo a catalogarlos como temas 'femeninos', pero podría
decirse que el cuerpo, la intimidad, la maternidad, la familia y
la experiencia subjetiva, entre otras, son inquietudes expresivas
recurrentes entre las fotógrafas artistas". Al mirarlas
en relación con el trabajo fotográfico hecho por hombres,
Boulton destaca que cuando se trata de fotografía de prensa
documentalista, tanto hombres como mujeres producen imágenes
del mismo tenor, pero que es en la artística, más
íntima, donde se pueden notar las preferencias temáticas
de ellas.
Una por una.
En la línea de La intimidad y el yo femenino, se ubican
Jenny Woodman, Maggy Navarro, Sara Maneiro, Gabriela Gamboa, Angela
Bonadies, Ana María Yánes y Diana López. "En
las obras de estas fotógrafas -explica Boulton- la búsqueda
de lo íntimo, en preferencia al mostrar el acontecimiento
objetivo, es una notable particularidad expresiva. El afán
documentalista persiste y por supuesto el entorno, sólo que
a veces este mundo incluye el sentir subjetivo".
Angela Bonadíes se inició en proyectos documentalistas
con la comunidad china en Caracas, y luego con los inmigrantes árabes
en Ciudad Bolívar, pero su reciente trabajo dirige el lente
hacia su propia historia: la tía que ha ido fotografiando
por varios años y otros retratos de la afectividad y de la
memoria. En el trabajo de Gabriela Gamboa, el ser femenino es el
gran sujeto. Ella tiene experiencia en videos, performances
y teatro, por lo que al retratar a sus personajes les coloca en
ambientes imaginarios. Sara Maneiro, a juicio de la compiladora,
muestra una búsqueda intelectual ante temas como la familia,
los desaparecidos del 27 de febrero y la tragedia de Vargas. "Su
estilo es directo. No obstante, toma ayuda de los modos del lente
y de la cámara para expresar su intención. Así
las fotografías del 27-F son difuminadas, y el deslave descomunalmente
fangoso". Maggy Navarro discurre y ensambla con imágenes
espontáneas y experimentales su disertación en torno
a la feminidad. En Serie en yo capta las imágenes
de su entorno inmediato: el cuarto, el baño y los objetos
que la acompañan. Más expresionista es Jenny Woodman,
quien en Mudo el nudo retoma el pensamiento inca: el agua,
la cama, las poses fetales, las burbujas y la luz a través
de los tejidos, sugieren levedad. "Pero en otros trabajos más
documentales, el ánimo es violento como en los retratos de
niñas de estratos populares que, tempranamente, a los cuatro
o cinco años, deben ser madres de sus hermanos aún
más pequeños", apunta Boulton.
Un paisaje personal, en un estilo minimalista, es Natura viva,
de Ana María Yánes. Por su parte, Diana López
ha buscado expresar su intimidad de otra manera. En Tres niñas
en Nueva York, una niña retrata a la fotógrafa
y en otra instancia, las niñas se fotografían entre
sí. En una reciente serie la artista se enfoca directamente
a ella misma y plasma su fantasía imaginaria. En Amalia Caputo
el cuerpo femenino ha sido una constante inquietud.
En la línea de El oficio, Boulton destaca a dos que
han asumido la fotografía como una forma de vivir, desde
lo económico y lo expresivo: Barbara Brandli, de origen suizo,
llegó al país en 1959 y no ha parado de retratar con
su vieja Nikkon en mano. Otra historia es la de la reportera gráfica
Sandra Bracho: "Su vida es el periódico. Nunca ha expuesto
sus fotografías, pues para ella la hoja cotidiana es su lugar
de exposición. Sus fotografías son reporteriles; no
buscan encuadres exóticos y acrobáticos, van al grano,
como es ella", señala Boulton.
En El documentalismo la compiladora reúne a Marisela
La Grave, Cristina Rosemberg, Ana María Ferris, Teresa Carreño,
Lisbeth Salas, Mireya Ferrer, Anabell Guerrero y Ana Luisa Figueredo.
"Son fotógrafas que miran un mundo y luego lo interpretan
y expresan a su manera", dice Boulton.
A Cristina Rosemberg, residenciada en la Isla de Margarita, le preocupa
el deterioro ecológico de esa región, el paso del
hombre por la naturaleza. A Marisela La Grave le gusta percibir
a la fotografía como una experiencia. Por eso, en el Morro
de Puerto Santo, Península de Paria, ella buscó confundirse
con los habitantes para sentir y vivir como ellos. Sus imágenes
en blanco y negro demuestran la calidez que proviene de esa convivencia.
Las imágenes de Teresa Carreño tocan fondo y conmueven
al espectador. Fotografió la guerra de los Balcanes -como
reportera en revistas europeas- y luego a los minusválidos
en el tren del voluntariado hacia la gruta de Lourdes. Otro trabajo
ubica a la fotógrafa frente a la maternidad. Escogió
a distintas madres y las invitó a su taller para vestirlas
y fotografiarlas, junto con sus hijos, en el marco de una iconografía
a color, inspirada en las renacentistas madonnas pictóricas.
La mirada de Anabell Guerrero -en sus retratos de escritores, artistas
y mujeres guajiras, entre otros- tiende hacia el minimalismo y la
fijación del detalle. El documentalismo de Mireya Ferrer
es más local y antropológico. "Sus imágenes
poseen un lirismo poético que expresa sensibilidad por la
luz y los encuadres; es decir, lo que llamamos el lenguaje fotográfico".
A Lisbeth Salas le gusta construir series como un lenguaje secuencial
de imágenes donde la idea se establece a partir de las asociaciones,
las conjunciones, las yuxtaposiciones, las similitudes o las divergencias.
El documentalismo de Ana María Ferris -resalta Boulton- es
curioso y variado. "Sus flores, de colores no naturales, son
íntimas; ella hurga con un lente macro en el interior de
la flor, percibiendo las alusiones eróticas que se desprenden
y las reproduce a gran formato, digitalmente". Con una importante
experiencia de estudios y de ejercicio fotográfico en Nueva
York, Ana Luisa Figueredo ha fotografiado la cotidianidad desde
su balcón, aunque también se ha interesado por temas
esotéricos; de hecho, ha puesto el lente en el tema de la
santería.
En el campo de Lo conceptual, Boulton ubica a Nayarí
Castillo, la fotógrafa más joven del grupo, cuya obra
es detallista, observadora e inquisidora. Susana Arwas ha transitado
por diferentes facetas en el camino fotográfico. En una instalación,
abordó el cuento de Alicia en el país de las maravillas,
a partir del mundo simulado y sintético que encontró
en un viaje a Disney World. Luego de una experiencia como
reportera gráfica realizó Más salao que
un bacalao; y después hizo Arquetipos femeninos
donde transformó la imagen real en una fantástica.
Cierra la compilación fotográfica Beatriz Grau. "A
color, ella recoge a través de sus múltiples viajes
las experiencias que conoce de éstos. Usando cámaras
desechables, rayando y escribiendo sobre las copias... La cámara
se convierte en un ojo que es extensión de su deseo. Lo afectivo,
lo espontáneo y lo experimental signan una obra audaz y desenvuelta",
concluye Boulton. l
Bárbara
Brandli
Nació en Schafhausen, Suiza, y vive en Venezuela desde
1959, año en el que se casó con un venezolano.
"Fue un cambio total. Creo que me salvó la fotografía".
Al principio se dedicó a retratar a varios bailarines
y
luego hizo contactos para ir a comunidades indígenas.
Su primer encuentro fue con los Yekuana, y después viajó
a Kanarakuni,
cerca de la frontera con Brasil: "Eso fue tan fuerte para
mí como para los astronautas
la llegada a la Luna. Lo que siempre había deseado lo
tenía frente a mí; algo distinto a todo lo que
había visto hasta ahora". Brandli usa aún
su vieja Nikkon manual, y ahora
ha desplazado su lente hacia los páramos andinos. "En
el páramo estoy sola con mi paisaje y mi cámara.
Existe el reto de ser
capaz de poner lo que siento en la foto,
ir a algo que está casi por debajo de la piel".
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Ana
María Yanes
Su abuelo era fotógrafo y pintor, y su papá también
tuvo sensibilidad por la fotografía. De hecho, él
le regaló una cámara cuando ella tenía
dieciséis años. "Inmediatamente me conecté
con la fotografía, a tal punto que decidí estudiar
esta disciplina". Lo hizo en el Instituto Neumann y luego
continuó
en Roma. Uno de sus más recientes trabajos se llama Natura
Viva. "Allí hay una conexión muy particular
con lo que se transforma a través del tiempo y permanece
a pesar de todo, con la misma fuerza y sensualidad. Empecé
en blanco y negro, pero he descubierto ahora que el color es
otra manera
de ver y ahora resulta que todo lo veo en
colores. Es más expresivo, como un grito apasionado y
ya no tan melancólico.
Yo sí soy una defensora de la vida y a
través de Natura Viva lo expreso".
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Nayarí
Castillo
Egresada del Instituto Universitario Armando Reverón
y es Licenciada en Biología, en la Universidad Simón
Bolívar. Para ella, la fotografía tiene la virtud
de estar en el justo medio del arte y la ciencia. "La ciencia
enseña una manera de pensar que lleva al ojo a mirar
de una forma muy peculiar, siempre observando más allá.
Hago lo mismo con la fotografía cuando usualmente 'reencuadro'
lo que veo". Todo
lo que tengo de obsesivo en la ciencia se manifiesta en la copia
fotográfica, el negativo: el laboratorio como tal. Por
añadidura tengo la libertad de la imaginación".
A ella le interesa la combinación de lo digital con lo
analógico. "Se cree que la digitalización
de la imagen va a cambiar la fotografía y ésta
ya no existirá, pero no creo que esto suceda; más
bien extenderá su posibilidades".
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Amalia
Caputo
Licenciada en Arte, en la UCV, y con una maestría en
New York University. Residió
en España, donde fue editora gráfica. Hoy vive
en Miami. Su padre, fisiólogo, le cultivó la curiosidad
por develar en la naturaleza aquello que estaba oculto. Como
artista su preocupación son los cambios físicos
que se operan en el cuerpo. Para ella la piel es
el mapa de la vida y de la experiencia y así
lo ha expresado en su obra. "Me obsesionan los cambios
físicos y psicológicos del propio cuerpo, y sobre
todo del mío. Ahora, después de diez años
de autofotografiarme,
estoy trabajando con otros cuerpos; me
interesa la memoria y la huella de ésta
sobre el propio cuerpo. Efectúo un registro visual de
lo que son los lunares, las cicatrices, los orificios. Me interesa
el ombligo como cicatriz de nuestro propio nacimiento". |
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