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El bueno de Sean

Si había un nombre seguro para figurar en la lista de los actores que competirían por el Oscar este año, ese era el de Sean Penn. Si no lo lograba por Río Místico, allí estaba su increíble actuación en 21 Gramos, la película de Alejandro González Iñárritu, que podrá ser vista en Caracas a partir del 11 de este mes. Raúl Chacón Soto

La de la foto es una escena terrible. Si la vio, seguro la recuerda. Es un momento sobrecogedor en Río Místico, el sobrio drama de Clint Eastwood, cuando Jimmy Markham, el personaje de Penn, toma plena conciencia de que su hija ha muerto. El espectador, quien anticipa el momento, no puede evitar emocionarse ante la desesperada reacción de Jimmy. La sala enmudece, y quedan ante los ojos, y en la memoria, las contundentes imágenes que demuestran, una vez más, el asombroso talento de este actor estadounidense. Es un placer -un tanto extraño, es cierto-, verlo en la piel de este triste personaje, que brilla no sólo en los momentos explosivos, sino también en los más controlados; y que se hace inalcanzable en estatura aun teniendo en frente a un actor como Tim Robbins, quien logra una interpretación como pocas en su carrera.
Insuperable parecía Penn, hasta que estrenaron en Estados Unidos lo más reciente del mexicano Alejandro González Iñárritu, el mismo de Amores Perros. 21 Gramos es su nombre, y en ella el actor principal -en realidad el trío de protagonistas-, logra una interpretación fuera de lo común en una película que tampoco responde a los cánones tradicionales de lo hecho en Hollywood. El único detalle es que el actor que se luce en el papel de Paul Rivers -un profesor de matemáticas que se enfrenta a la muerte después de un trasplante del corazón-, no es otro que el propio Sean Penn.
21 Grams no es una película fácil ni complaciente. La crítica ha dicho que exige del espectador -desorientado durante los primeros minutos-, un esfuerzo por armar el conmovedor rompecabezas que el director le planta ante sus ojos. Al igual como sucede en Amores Perros, un accidente enlaza la vida de tres personajes; vidas que tienen en común la reacción que se experimenta después de la muerte de un ser querido. En este film los tres intérpretes -Benicio del Toro y Naomi Watts completan el triángulo-, interactúan con maestría, al extremo que se hace muy difícil decidir quién está mejor. Penn, a diferencia de lo que hace en Río Místico, luce más contenido, lo que no es en absoluto un defecto. Su personaje, como el de Del Toro, así lo requería. Al parecer, se muestra completamente afinado en su interpretación, si cabe el término.
Haya sido por cualquiera de estas dos películas, lo cierto es que nadie -excepto, quizás, Bill Murray-, tenía más segura su inclusión en la lista de los pretendientes al Oscar este año que Sean Penn. Tres veces en su carrera había conseguido figurar en la envidiada selección; la última, cuando optó por el Oscar 2002 por su interpretación de un joven discapacitado en I Am Sam. Las otras dos por sus papeles en Dead Man Walking (1995) y Sweet and Lowdown (1999), la película de Woody Allen. Sin embargo, nunca como ahora había lucido tan favorito para llevarse la estatuilla. En plena madurez interpretativa -de la que las nominaciones que se ha ganado en los últimos años y los premios conseguidos en festivales mucho más respetados, como Cannes y Venecia (aquí acaba de ganar por 21 Grams), no son más que el reflejo de su excelente desempeño en papeles escogidos-, tendrá como principal obstáculo para llevarse el Oscar, su propia persona. Y es que está por verse si Hollywood le va a perdonar su consecuente rechazo a asistir a la ceremonia de entrega de los premios -le molesta que pasen desapercibidas actuaciones muy superiores de tantos actores-, y, lo que quizás pueda pesar más, su manifiesta posición en contra de la guerra en Irak, que le valió, en su momento, hasta el calificativo de traidor en las esferas más conservadoras de esa nación, y todo porque puso su pie -dos veces- en aquellas lejanas tierras para ver, con sus propios ojos, la verdadera situación de ese país, y las caras de quienes, según sus palabras, podrían ser algunas de las víctimas que teñirían de rojo las manos de los estadounidenses. La Academia quizás le pase factura, pero eso es algo que, seguramente, le debe tener sin cuidado.

Sweetheart. Que ha sido una persona difícil lo sabe todo el mundo. Rebelde, violento, peleón, son sólo algunos de los adjetivos que se le han endilgado. Contribuyeron, y mucho, en la construcción de esa imagen, las repetidas escenas que protagonizó cuando era esposo de Madonna, siempre enfrentándose a los paparazzi. La prensa lo hostigaba y él se defendía como podía. Aún está en el recuerdo aquella foto tomada el día de su boda donde escribía "F... Off" en letras gigantes en la playa, en un arranque de ira frente al acoso de los helicópteros repletos de fotógrafos, que no dejaron escuchar, con su ruido, las palabras de la ceremonia. También los 27 días que tuvo que pasar en la cárcel por haber agredido a un extra que les estaba tomando fotos a él y a Madonna, sin permiso, durante la filmación de Shangai Surprise. Semejantes explosiones de temperamento opacaron, por mucho tiempo, su increíble talento. Pero después del rompimiento con la cantante, vino la calma (es un decir), y con ella, cada vez mejores trabajos en películas tan distintas como Carlito's Way y State of Grace. En el cambio influyó, también, su relación con la actriz Robin Wright -que ha tenido sus altos y sus bajos-, con quien se casaría en 1996 y tendría dos hijos, Dylan Frances y Hopper Jack (este nombre tomado de los de sus mejores amigos: Dennis Hopper y Jack Nicholson).
A la imagen que la prensa no se cansó de divulgar, se antepone la que dibujan sus amigos y su propia esposa. Ella misma ha declarado repetidas veces que Sean es una dulzura. "No es tan atemorizante como parece. Sólo es una persona genuina, sin máscaras". La misma impresión la dio el director Julian Schnabel en una entrevista que le hiciera para la revista Interview hace ya más de 10 años: "Personalmente yo te veo como un hombre muy dulce, pero al mismo tiempo hay un nivel de violencia en ti. Aun cuando te ves calmado... luces como si estuvieras peleando batallas todo el tiempo".
El tiempo ha servido para ver los cambios. El actor vive ahora en San Francisco, con su familia, en una gran casa con piscina, canchas de tenis y estudio de edición, lejos del espanto que le produce Hollywood. Ha bajado considerablemente su consumo de alcohol, sobre todo porque es muy difícil atender a las demandas de los hijos con un terrible ratón a cuestas, y hasta ha dejado de fumar (él que se fumaba hasta cuatro paquetes diarios) después de haber visto a su padre morir de cáncer del pulmón. Quizás haya menos batallas, pero no se han acabado. Por estos días libra una, en los tribunales, contra el productor de una película de la que afirma haber sido descartado por su reconocida posición contra la guerra. Otra, la que le ha obligado a pagar anuncios enteros en los periódicos para explicar sus viajes a Irak. Por cierto, en estos días acaba de publicar sus primeros trabajos como periodista improvisado en el diario San Francisco Chronicle. Si la Academia pasara todo esto por alto, nadie se merecía más el Oscar que este actor.
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Adicto a la actuación

21 Grams

Soy Sam

La delgada línea roja
Entre las muchas declaraciones polémicas que ha dado Sean Penn en su vida, figura aquella que ha repetido en distintas ocasiones y que, afortunadamente, nunca se ha hecho realidad: la de nunca más volver a actuar. El actor ha pensado de esa manera cada vez que prueba los retos de la dirección. Como realizador ya cuenta con cuatro títulos en su carrera: The Indian Runner, The Crossing Guard, The Pledge y, recientemente, el segmento llamado USA en el film Coral 11'09''01, donde distintos realizadores dan su visión sobre el atentado contra las Torres Gemelas. Elogios no le han faltado en esta otra faceta que también le muestra como un hombre sensible, con increíble talento para contar historias. En la mayoría deja bien en claro su especial atención a los temas de la familia y la hermandad. Quizás porque, en su caso, esos asuntos son de vital importancia. Sean Penn nació en una familia de artistas. Su padre fue Leo Penn, actor, escritor y director que tuvo que dejar un buen tiempo el cine por no colaborar con la política discriminatoria de la era McCarthy (de tal palo tal astilla); su madre, la actriz Eileen Ryan (ha trabajado con él en varias películas y en series tan populares como Bonanza, ER, Ally McBeal y NYPD Blue), y sus hermanos, Chris (también actor) y Michael (músico, autor del soundtrack de Boggie Nights). Los deseos de dirigir no le abandonan, pero no le han impedido seguir actuando para bien de los espectadores que no terminan de sorprenderse ante cada nueva manifestación de su extraordinario talento.


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