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  Crónica de una mujer en vía de divorcio
Rosa Elena Pérez

Cuando mi futuro ex se fue de la casa pude adivinar, entre el desconcierto que ocasiona un hecho como éste, un espasmo de felicidad que tímidamente afloraba dentro de mí, una agujita, como de acupuntura, que aliviaba la tensión y que creaba una mínima esperanza de bienestar que se ensanchaba con el paso de los días. El haberme despojado de semejante ser útil para despilfarrar dinero yendo una y otra vez a París en invierno, fue una victoria en la batalla silente en que la primera década adulta de mi vida se había convertido. A ver, me explico -porque es que empiezo a sonar como una telenovela radial y no es la idea-, lo de los viajes es un buen ejemplo: el mapamundi mental de mi ex marido, al parecer, estaba conformado únicamente por un país: París. Que es una ciudad, lo sé, pero, para mi futuro ex consorte, París era una gran nación tanto desde el punto de vista legal como institucional, universal y paisajístico. Carlos V, en sus tiempos, lo secundó, afirmando que ¡París no era una ciudad sino un mundo! Por donde usted lo viera, París era un país en sí mismo y olvidémosnos de la variedad nacional y continental de nuestro planeta: la nuez era París. Sobre esta lógica, pues, se basó mi ex esposo para ordenar el itinerario de viajes de nuestra hueca vida nupcial. Así, el primer año de casados nuestros ahorros fueron a dar a París, el tercer año igual, el sexto también y ya a partir de ese año mi intoxicación parisiense era tal que habría sido imposible hacer otro viaje sin que me hubieran encerrado en un psiquiátrico diciendo "si'l vous plait" con ojos enrojecidos. París, pues, fue sopa, seco y postre en nuestra indigesta vida conyugal.
Llegaba entonces yo al Charles de Gaulle con amplio repertorio de bostezos en la punta de mis labios y comenzaba nuestra procesión por la ciudad con unas notas de marcha fúnebre al fondo que sólo escuchaba yo. Resignada, miraba los tristes charcos de agua de la empantanada ciudad luz en invierno, la desnudez lánguida de los árboles en lo parques, el rostro cejijunto de los viajeros en los trenes. Había que volver al Louvre y al Pompidou, admirar, mas nunca subir, a la Torre Eiffel, caminar fatigosamente por Montmartre y leer el nombre de Francisco de Miranda en el Arco de Triunfo.
Cada viaje a París era como una cuenta regresiva en la duración de nuestro matrimonio, esto último no lo sabíamos -o ¿sí?-, y por eso mi ex persistía en la tarea de inyectar romance a lo que cada vez estaba más lleno de telarañas. Muchas veces, la voz seductora de la chica anunciando la parada de Palais Royal en el autobús que atravesaba parte de esta urbe fue, para mí, el detonante de la más profunda tristeza, en momentos en que había que empujar el rostro hacia una felicidad que no tenía fundamento, pero es que, vamos a estar claros, estábamos en París, y eso, señores, había que celebrarlo (aunque fuera por tercera vez consecutiva).
Ya en suelo patrio y en cuanto empezábamos a planear las próximas vacaciones, yo insistía en hacer turismo en mi terruño, lo cual a mi ilustre ex siempre le pareció que era una actitud perturbadoramente modesta de mi parte. Yo clamaba, al borde de la desesperación, por un fin de semana en Chichiriviche o Morrocoy, un viaje a La Gran Sabana o a Mérida, una breve visita a playa Pui pui. Un día llegué hasta a gritar, irritada, ¡Playa Pantaleta!, en un acto de insubordinación incomprensible frente a tanta exquisitez. Luego, para parecer un poco más cosmopolita frente a tan distinguida pareja, hablaba de México o Guatemala, Perú, Argentina, Brasil, Bolivia. Pero, la brújula indefectiblemente indicaba París, la ciudad luz, madre del globo terráqueo y sus alrededores. Total: la globalización se impuso y aquí estamos mi futuro ex y yo a punto de divorciarnos en esta Caracas de principios de siglo en la que muy a su pesar aún vive y es que, definitivamente, París no es una fiesta. l

 
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