El venezolano cerró su año colosal, convirtiéndose en el primer latinoamericano que logra la triple corona del bateo, gesta que no se alcanzaba desde 1967.
Fue una noche mágica, histórica, de ovaciones y homenajes. De hazañas y despedidas. De llantos y sonrisas. De estrellas criollas. Fue la noche de Venezuela.
Minutos después de que Omar Vizquel fue aclamado en Toronto en su último juego como pelotero activo tras 24 años de gloria en las Grandes Ligas, Miguel Cabrera fue alabado por los aficionados del Kauffman Stadium, que con pancartas que tenían impresas las frases "Triple Coronado" y " Miggy MVP" se rindieron ante los pies del aragüeño, el pelotero número 14 y el primer latinoamericano que logra la triple corona del bateo en la historia de las gran carpa. Nada más y nada menos.
Cabrera fue sacado del partido ante los Reales en el cuarto inning, sonrió, se quitó la gorra y agradeció a sus fanáticos ante la miradas de sus compañeros y el manager Jim Leyland, quien nunca dejó de aplaudirlo y apoyarlo. Jamás dudó de él, ni en sus peores momentos.
Miguel entró al dugout y de repente todos fueron a felicitarlo. Todos corrieron hacia él, como si no existiera más nadie en el mundo y el juego de pelota hubiera finalizado con uno de sus vuelacercas. No era para menos, todos querían honrar al pelotero que escribió su nombre al lado de hombres como Carl Yastrzemski, Frank Robinson, Mickey Mantle, Ted Williams, Lou Gehrig y Ty Cobb, entre otros, y fue el líder de la clasificación de los Tigres a los playoffs. La consecución del banderín del centro de la Liga Americana tiene a Miguel Cabrera como héroe. Sin duda, nadie merece más el premio Jugador Más Valioso del joven circuito que el venezolano, nadie.
45 años fueron suficientes. Solo un súper dotado del bateo como Miguel Cabrera podía consagrarse campeón bate -uniéndose a Rod Carew, Roberto Clemente y Tony Oliva como los únicos latinoamericanos en conseguir títulos de bateo consecutivos- en carreras remolcadas y jonrones en una temporada y alcanzar una gesta que no se hacía desde 1967, cuando Yastrzemski la logró con el uniforme de los Medias Rojas de Boston (.326 de average, 44 bambinazos y 121 impulsadas).
Cabrera fue la vedette, el Zeus del Olimpo de las Grandes Ligas. Los elogios le llovieron desde todas partes del mundo, como si una tormenta de buenos deseos hubiera azotado al planeta.
La súper campaña de Cabrera tuvo su broche de oro. La redes sociales colapsaron. Magglio Ordóñez, Oswaldo Guillén, Pablo Sandoval, Wilson Álvarez y hasta el mismísimo Vizquel desde Toronto felicitaron al único Rey con tres coronas.
Cabrera es omnipotente. Un venezolano que desde que agarró un bate supo que estaba predestinado. Hoy el mundo hablará de Cabrera, de su hazaña, talento y valor. ¡Viva Venezuela!