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Ígor Barreto: "La poesía es luz"

El poeta venezolano fue uno de los invitados al Festival Internacional de Literatura Las líneas de su mano que se realizó esta semana en Bogotá

  • DULCE MARÍA RAMOS

08/09/2019 01:00 am

“Al cumplir los 35 años
me entregué con pasión
a las carreteras nocturnas, en ese tiempo viajaba
por el país imaginario
que todos construimos,
un país que me seguía como la única camisa azul
o el pañuelo
en el bolsillo izquierdo (…)

A los 35 años
ya era un viajero
por lugares de crápula y peligro,
y había descubierto algo
tan importante
como el destino familiar
esperado al término de la ruta.
Finalmente
atinaba con aquello
que parecía
una metáfora del país”.

Carreteras nocturnas (fragmento)

Ígor Barreto (San Fernando de Apure, 1952). Poeta, ensayista y cofundador del grupo Tráfico, junto a Yolanda Pantin, Rafael Castillo Zapata, Armando Rojas Guardia y los hermanos Alberto y Miguel Márquez. Desde niño, Barreto estaba predestinado al don de la palabra: “Yo fui sorprendido por esta aproximación de ver al mundo a través de la poesía. En todas las familias siempre hay un niño que es el portador de la palabra. Eso se fue arraigando en mi vida y lo he asumido como destino personal: ser poeta, a lo cual no quisiera renunciar nunca”, dice.

De su obra poética destacan: ¿Y si el amor no llega? (1983), Tierranegra (1993), Carama (2000), El llano ciego (2006), El campo/ El ascensor (2014), está última publicada por la editorial española Pre-Textos y que reúne su obra poética escrita desde 1983 hasta 2013; y El muro de Mandelshtam (2016). Recientemente la Universidad Javeriana de Colombia reeditó su poemario Annapurna: “Este libro es la evocación de un funcionario público que trata de extrañarse del mundo para sobrevivir en él. Una metáfora que se construye sobre la violencia, el dolor y la muerte”.

-¿Cómo podría evaluar esta época oscura de Venezuela?
-El país está destruido, ha sido tocado en su médula más profunda. Es una realidad que hay que asumir con muchísimo valor. Ha sido un proceso devastador, que ha echado por tierra todo el discurso del falso humanismo de esa generación de los años de la violencia, esa generación de los años sesenta que se regodeó tanto en una serie de consignas humanistas que la cambió por un único valor: la autoridad en todos los órdenes de la vida.

-Siguiendo con el tema, su último libro El muro de Mandelshtam se ha convertido en uno de los referentes literarios de estos años.
-Es un libro que intenta confrontar una realidad críticamente. Intenté reflejar y transcribir una experiencia que he vivido como parte de un colectivo humano. Uno aprende en el proceso de escritura de un libro, en mi caso yo he aprendido a conocer y querer a mi gente; en especial a la gente de las barriadas que han padecido este proceso. La escritura debe ser lo más fiel al pensamiento y a la vida de los otros.

-De alguna manera la escritura sirve para entender la crisis y el dolor.
-Hay dos actitudes frente a una crisis: una de condolencia que nos convoca a la queja, natural y necesaria; otra -y es la actitud a la cual yo quisiera aproximarme- que es una actitud marcada por el deseo de conocer, no hay mejor momento para conocer una realidad o una persona que una crisis. De las crisis se aprende mucho, hace poca vi una enorme cola para comprar el pan, y recordé esas situaciones dramáticas que se viven en una guerra o la época cuando era estudiante en Bucarest. Llevé esa imagen al taller para trabajarla. Por eso, las crisis no son absolutamente malas o negativas son una oportunidad de conocimiento.

“Cualquier persona que intente hacer una representación del dolor lo va hacer para superarlo. En el poema siempre va a florecer la comprensión y la salida. El poema siempre será una puerta por donde salimos a un espacio más vasto con el mundo y con el otro. Porque el mal siempre rehúye de la luz, la poesía no, al contrario, la poesía representa la luz a través del encuentro con el otro y con la palabra”, prosigue.

-Algo que ha caracterizado su obra poética es el paisaje; de hecho, Antonio López Ortega lo llama “el poeta del paisaje”.
-El escritor Drummond de Andrade explicar la cultura latinoamericana bajo la dicotomía del campo y el ascensor, yo me siento identificado espiritualmente con esta paradoja. He vivido esa dualidad; cuando estoy en el mundo urbano pienso en el mundo rural y viceversa. Esta contradicción entre lo rural y lo urbano, es una relación crítica, no de alabanza ni romántica. A mí no me interesa para nada alabar el paisaje. Yo nací en un mundo campesino, cuando hablo del paisaje, hablo de la experiencia, no se trata de la mirada que hace un turista o un viajero que ve un paisaje de manera fugaz, hablo de ver la realidad en una relación critica tramada por la experiencia.

-Y finalmente, ¿cómo es la ventana por donde mira Igor Barreto?
-Se aproxima lo más posible a los dramas y a las preguntas vitales de los otros.

@DulceMRamosR

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