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Quentin Tarantino se extravía en el Hollywood de sus pasiones

Luego de dos horas cuarenta minutos de proyección, "Había una vez en Hollywood" deja el agradable sabor de ser un excelente entretenimiento, sin pretensiones intelectuales

  • JUAN ANTONIO GONZÁLEZ

17/08/2019 01:00 am

Cuando un grupo de enajenados integrantes de la familia Manson asesinó de dieciséis puñaladas a la actriz Sharon Tate, con ocho meses de embarazo, Quentin Tarantino era un inquieto chiquillo de apenas seis años. 

A la luz del realizador que ha demostrado ser, a Tarantino poco le debe haber importado el haberse enterado de aquel atroz crimen muchos años después y a través de los documentales que se han hecho al respecto o desde la severidad académica de una hemeroteca. 

Para su más reciente película, Había una vez en Hollywood (One Upon a Time in… Hollywood, 2019), el realizador de Pulp Fiction ha recurrido al infausto hecho que señaló la estela de tragedias que seguiría la vida del director Roman Polanski, en ese entonces esposo de Tate, para darle forma de carnada, o mejor dicho, para excitar el morbo de los espectadores sedientos de relatos truculentos y así mantenerlos pegados a la historia, más bien insustancial, de un actor de series televisivas de vaqueros de mediana fama y de su doble, asistente y chofer. 

Pero ni siquiera Rick Dalton (Leonardo DiCaprio), el intérprete en el declive de su oficio, ni su "stunt", Cliff Booth (Brad Pitt), apacible y pragmático, parecen ubicarse en el centro de atención de Tarantino, pues de sus respectivos tratamientos como personajes quedan muchos cabos sueltos. 

Como quiera que sea, luego de dos horas cuarenta minutos de proyección, Había una vez en Hollywood deja el agradable sabor de ser un excelente entretenimiento, sin pretensiones intelectuales ni remordimientos por su superficialidad. 

Por lo visto, lo que más le interesa a Tarantino es mostrar ese entorno alrededor de los grandes estudios hollywoodenses donde convivían (y de seguro conviven) los sueños de las películas, el mundo rosado de las estrellas, y la realidad degradada, con seres que se erigen como salvadores del mundo, jovencitas extraviadas y explotadas sexualmente, productores que compran almas y aquelarres nocturnos aderezados con drogas. 

Eso sí, en esta visita guiada por el Hollywood de finales de los sesenta, Tarantino se cuida de no caer en moralismos dudosos y se concentra en mostrar en detalle aquellos elementos de la cultura pop de los que se ha apropiado y a partir de los cuales ha dado forma a su imaginería visual, y esto incluye desde los anuncios de neón de los más famosos clubes nocturnos de la Meca hasta la enjuta figura del rey del kung fu, Bruce Lee. 

Sin ser lo mejor de Tarantino, que aquí se muestra decididamente perdido en cuanto a discurso, Había una vez en Hollywood cumple en su limitado objetivo de divertir al público; a este logro contribuyen, claro está, las impecables actuaciones de dos grandes estrellas de este nuevo Hollywood: DiCaprio y Pitt, entregados por completo al juego al que los invitó el realizador.

                                              

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