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Calígula 2019

  • EDGAR MORENO-URIBE

20/06/2019 01:00 am

No ha ocurrido todavía y espero que pase y se permita verlo, oírlo y hasta saborearlo desde las butacas. Me refiero a cuando el desopilante personaje teatral de ese espectáculo venezolano le diga a su elenco acompañante y al público que hay que comer “arepas con lentejas” para que la fiesta no pare o se suspenda la bacanal fiesta perpetua en que vive tal césar romano, uno de los más crueles y más sanguinarios que han existido y quien se convirtió en el trágico mascarón de lo que pueden llegar a ser los gobernantes enloquecidos por el poder y además privados del amor que hace humana y placentera la vida de todos los seres.

Poder y amor son como el agua y el aceite, pero combinados sabiamente constituyen la felicidad hasta la muerte o por un posible y único maravilloso rato no solamente para poderosos gobernantes o millonarios sino para todos los humanos que pueden preparar sus arepas y rellenarlas con lentejas para alimentar así al cuerpo que materializa sus deseos y luce la cubierta de sus almas.

¿Y por qué advertimos esto? Porque hemos visto y disfrutado al montaje multisápido y venezolanizado que ha logrado la directora Marisol Martínez con su versión escénica del texto Calígula (1957) de Albert Camus, el cual inició temporada en la sala de la Fundación Rajatabla, aquel famoso e histórico miniteatro anexo a la parcela donde funciona actualmente la Universidad Nacional de las Artes. 

Hay que recordar que La Fundación Rajatabla no es la misma desde las muertes de sus fundadores- Carlos Giménez (1993) y Francisco Alfaro (2011)- pero la institución y la sala han sobrevivido gracias a la habilidad gerencial de William López y otras personas que lo acompañan en esa magna empresa para no dejar fenecer a una de las importantes agrupaciones privadas del teatro vernáculo de los últimos 50 años. 

Existe, pues, una realidad inobjetable: antes y después del “capo” Giménez, Rajatabla ha sobrevivido casi mágicamente, por ahora, a las complejas cuatro largas décadas de permanencia en la vida cultural de Venezuela. Serán las nuevas generaciones de espectadores las que digan la última palabra. 

Es por eso que ahora, porque el teatro no puede desaparecer por caprichos de unos amigos y los siempre traidores, la Fundación Rajatabla y la Alianza Francesa se unieron para presentar al clásico Calígula, de Albert Camus, versionada al español por Joaquín Vida, bajo la dirección de Marisol Martínez y la producción general de William López. El público tiene ahora la oportunidad de descubrir un espectáculo un pelín “extravagante” en el que el protagónico Calígula se muestra como una persona incapaz de ser feliz a pesar de su libertad sin límites, de dictador, boceto de lo que puede llegar a ser un gobernante. 

La directora Martínez (nieta de la legendaria pareja de pioneros como lo fueron Lily Alvarez Sierra y Gabriel Martínez) demuestra su estremecedora puesta en escena, “atemporal, ecléctica, ambientada en una época que podría ser cualquiera, inclusive la actual, que expone la poética de lo inhumano y narra cómo la adicción por el poder hace de Calígula un tirano”. 

Gracias a la muy contemporánea lectura de Martínez, el amor, la amistad, o la compasión, son despreciados por el gobernante Calígula al no encontrarle ningún sentido a la existencia. “La incapacidad de sentir éstas emociones reflejan el vacío de la vida; él intuye que con o sin ellas, el sufrimiento continuará”, expone y materializa la directora en su lectura escénica de este clásico del teatro moderno, el cual ya había sido visto en los escenarios venezolanos durante las décadas pasadas. 

 La pieza del laureado francés Albert Camus desnuda la psicología del personaje en una crítica al extremo de lo absurdo. Sus personajes teatrales transitan esta historia borderline sobre el legendario y delirante emperador romano que, si bien al principio fue admirado por sus conciudadanos, se convirtió en un tirano enloquecido que fue arrastrado por su adicción al poder y su búsqueda de lo imposible. El despotismo y la muerte serían las herramientas principales de su lógica para gobernar.

El propio Camus decía que “Calígula puede volver en cualquier momento y en cualquier lugar”. La vigencia de ésta obra, en un siglo convulso, como este XXI, y desesperanzado, en el que algunos gobernantes amenazan con destruir la tierra, se asoma inquietantemente. 

Manteniendo la tradición de Rajatabla, desde la óptica de su director fundador Carlos Giménez, ésta obra habla sobre el poder, la injusticia, los pueblos oprimidos y las desigualdades sociales. Son temas recurrentes al arte y la sociedad contemporánea, abordados también en montajes anteriores de Rajatabla, como Fuenteovejuna, Señor presidente y Mi país está feliz, entre otros, todos dirigidos por Giménez. Marisol Martínez conduce, pues, precisamente al talentoso y sólido elenco encabezado por Elvis Chaveinte, Vito Lonardo, Aitor Aguirre y Abilio Torres, Luis Ernesto Rodríguez, Pedro Borgo, Armando Andrés González, Andersson Figueroa, Nakary Bazán y Alfredo Braca. El diseño de escenografía quedó a cargo de Héctor Becerra; iluminación de David Blanco, vestuario de Marisol Martínez y Randimar Guevara. 

Hay que subrayar que Calígula se basa en la vida del emperador romano y de ahí parte su historia. El tema es el de este personaje, quien se vuelve loco a partir de la muerte de su hermana con quien tenía relaciones incestuosas. Al principio desaparece unos días. Sus leales compañeros temen por él ya que suponen que la pérdida de Drusila le está dando un sufrimiento mortal. Cuando Calígula retorna de “su retiro” viene totalmente cambiado. Ha adoptado una nueva lógica para su vida, quizá para amortiguar el enorme dolor de la pérdida de su amada. El cambio que manifiesta es totalmente extremo: era un muchacho inocente, dócil y bueno y se ha convertido en un tirano. Adopta una lógica incomprensible y trata de conseguir los imposibles. El poder comienza a utilizarlo sin límite alguno, lo que según él lo convierte en un hombre libre, más capacitado que los propios dioses. Manda a matar a quien se le antoja, les roba en sus narices las mujeres a sus amigos, les quita a los ricos sus herencias para dárselos al estado, etc. Su actitud comienza a disgustar a la gente a sumo grado y comienzan los patricios a urdir su plan de venganza y muerte, a manos de Quereas, su líder. 

No es sino hasta sus cuatro años de reinado que se dan las condiciones propicias para que estos lleven a cabo su plan tan elaborado. El fin de la obra es cuando están apuñalando a Calígula y en medio de sus estertores este aun logra exclamar triunfante y agónico “¡Todavía estoy vivo!”

Es, pues, Calígula una cita ineludible con el teatro urgente que se hace ahora en Caracas. Y aquí hay recordar a Mario Briceño -Iragorry quien decía que si creemos en la justicia, en la igualdad y en la libertad como posibilidades normativas, no cultivemos la injusticia, ni celebremos la desigualdad, ni menos aún sirvamos los planes que buscan la esclavitud del hombre. No podemos ser como Calígula, ni sus tropicales imitadores. 

@EAMORENOURIBE
 emorenouribe@gmail.com   


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