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Eloi Yagüe Jarque: “La ficción puede servir para aliviar el dolor”

El autor hispano-venezolano está promocionando la novela "Ellos eran tan bellos", publicada por ediciones Carena y finalista del Premio Spectrum Arts

  • DULCE MARÍA RAMOS

16/06/2019 01:00 am

Eloi Yagüe Jarque (Valencia, España, 1957), escritor y periodista, emigró a Venezuela en 1965. Hoy, cincuenta y cuatro años después, regresa a su tierra natal, a sus orígenes. Conocido por las novelas negras Cuando amas debes partir (2006) y Las alfombras gastadas del Gran Hotel Venezuela (1999), protagonizadas por el detective Fernando Castelmar, ahora el autor se aleja del género policial y asume el reto de contar su historia familiar a partir de otros dos géneros: las memorias y la ficción. 

En Ellos eran tan bellos (2019), el lector no solo encontrará a un hombre en Caracas tratando de reconstruir su pasado familiar y migratorio a partir de las fotos que encuentra en una antigua maleta (autoficción); también conocerá la historia de amor de sus padres: Amparo y Eloy en la España de Franco (ficción).

“En un momento determinado de mi trayectoria literaria me di cuenta que había una fuerte pulsión autobiográfica en mi escritura, pese a que mis primeras novelas son policiales. Decidí entonces asumir la afirmación de Jorge Luis Borges en el sentido de que toda escritura es autobiográfica y cedí a la tentación de escribir sobre mi propia familia y las circunstancias que llevaron a mis padres a decidir emigrar a Venezuela, muy similares a las que imperan hoy allí: escasez de alimentos y medicinas, colapso de los servicios públicos, hegemonía de un partido único y un gobierno represivo y autoritario, y falta de oportunidades para los jóvenes, entre otros. Pudiera decir que 20% de mi novela es crónica familiar y 80% es ficción”, asegura Yagüe Jarque.

–En la novela, Eloy -su padre- y su maestro de pintura reflexionan sobre la figura del artista y la censura en la época de Franco. Sin embargo, en Venezuela, los escritores -a diferencia de los periodistas y medios de comunicación- no han sido censurados. ¿Cómo ha visto usted este proceso? 
–No coincido, yo como escritor he sido censurado. En España existió la censura previa durante el franquismo, pero también fue derogada, al menos formalmente, mediante una ley, aunque se siguió ejerciendo de otras maneras. En Venezuela no hay censura previa, pero hay otras formas de censura, como por ejemplo, que retiren tus libros de una feria por unas declaraciones que has dado, o que te ataquen desde un periódico oficial por haber expresado críticas al gobierno en un artículo de opinión. La peor de todas es la intimidación porque busca que tanto los periodistas como los escritores se autocensuren.  

–También se cuestionan ante esta idea: “La política no es buena para un artista”. ¿Está de acuerdo con esta postura? 
–Una de las cosas que más me duelen de la Venezuela actual es la división que existe entre los creadores, intelectuales y artistas, hasta el punto de negarse y excluirse mutuamente. La política es una forma de servicio público, pero cuando se convierte en una postura fanatizada y mezquina, como la que impera actualmente, se cae en posiciones excluyentes. Tan destacado poeta venezolano es Eugenio Montejo como Ramón Palomares, independientemente de sus posturas políticas. En Venezuela se ha llegado al extremo de descalificar incluso personalmente a artistas por ser de uno u otro bando. Rechazo la política como vendetta, como venganza, como la maquinaria de exterminio del otro en que se ha convertido. La cultura debe ser un punto de encuentro, tal vez el único que nos queda en estos momentos. No podemos contaminarla de sectarismo. 

-“Es raro llegar a la edad provecta y comenzar a extrañar al padre, especialmente cuando se ha vivido toda una vida sin él”. En su caso, ¿qué representa para figura del padre? 
 –Mi padre murió muy joven, a los 25 años por una enfermedad muy agresiva. No puedo culpabilizarlo por haber fallecido. Es verdad que lo eché de menos durante mucho tiempo, y sentí dolor por su ausencia, pero eso acabó hace muchos años. Desde hace mucho tiempo estoy reconciliado con él. Esta novela fue el cierre de todo un proceso. La investigación sobre la muerte de mi padre acaba de concluir al visitar su tumba y al obtener su partida de defunción. Ya estamos en paz.  

“Lo único que pretendía fue hacer un homenaje a las personas que hicieron posible mi existencia recreando las condiciones en que vivieron, para que no cayeran en esa especie de infierno de la memoria que es el olvido”, continúa. 

–En su obra existe cierta nostalgia por una Caracas que no existe, la Caracas donde usted creció y vivió. Si bien nada es permanente, ¿hasta qué punto la destrucción del país es por la Revolución y la herencia que nos dejó Chávez? 
–Me marcan mucho los lugares y me duele el deterioro actual de Caracas. Es cierto que todo cambia y yo no soy partidario del “todo tiempo pasado fue mejor”, me parece una afirmación quejumbrosa y aunque me estoy haciendo viejo, prefiero no caer en la nostalgia, que siempre me ha parecido un sentimiento peligroso porque te lleva a la inmovilidad. Hay quienes prefieren quedarse enganchados en el pasado, yo no. Lo que me duele de Caracas es la desidia de las autoridades, la falta de conciencia ciudadana, el desgaste de una ciudad que podría ser muy bella y vivible si todos sus habitantes decidieran cuidarla. 

-En el libro aparece su detective Castelmar. ¿Hasta qué punto es su alter ego? ¿Por qué no puede ayudarlo ante la duda de cómo murió su padre? 
–Castelmar es un personaje serial de mis primeras dos novelas, que creé cuando pensé que me iba a dedicar a la novela negra. Se parece a mí, pero cada vez menos porque yo envejezco y él no. Es un periodista que investiga, a veces a su pesar, muertes o crímenes que ocurren a su alrededor. En realidad, quien lo salva es Dávila, su mejor amigo, que es jefe policial. Castelmar no puede ayudar al narrador de la historia, solo el narrador puede ayudarse a sí mismo y es la ficción la herramienta que le permite responder algunas interrogantes. Castelmar advierte al narrador que como personaje tiene limitaciones. 

-¿Qué es más doloroso: la realidad o la ficción? 
–Desde luego que la realidad puede ser más dolorosa. Una cosa es un asesinato ficticio y otra es ver en vivo cómo una tanqueta policial pasa por encima de un manifestante. La ficción en todo caso puede ayudar a aliviar el dolor. Ante la ficción tú tienes la opción de cerrar los ojos. Ante la realidad no hay defensa posible. 

-En la novela cuando habla de su hermano dice: “Él todavía cree en el paraíso socialista, yo hace tiempo que dejé de hacerlo”. ¿Cuál fue su fascinación por Chávez y, por ende, su desilusión con este personaje y su proyecto político? 
–En mi juventud fui militante de izquierda, pero con el tiempo me di cuenta que la utopía socialista no pasaba de ser eso: una utopía, mientras que el socialismo real era una mierda. A entenderlo me ayudaron lúcidos dirigentes como Teodoro Petkoff. Sin embargo, no dejé de ser socialista democrático. Nunca sentí “fascinación por Chávez”, cuando llegó al poder creí que podría mejorar la situación social, pero esa ilusión duró apenas un instante hasta que quedó al descubierto el proyecto personalista del comandante.  

-La historia de un inmigrante empieza en su maleta. En su caso, ¿qué tenía esa maleta cuando partió de España a Venezuela y ahora en su regreso, tantas décadas después? 
-Pues la maleta tendría muy poco, ahora lo que más tiene es ropa de invierno pues si a algo temo es al frío. La maleta seguirá rodando hasta el final de mis días porque la mudanza nunca termina. Ahora está llena de recuerdos, que pesan menos. Quiero irme así, ligero de equipaje, como diría Machado.  

-Y finalmente, ¿cómo es la ventana por donde mira un extranjero, un inmigrante? 
–La ventana del asombro. Siempre digo a mis estudiantes de periodismo narrativo que conserven la actitud propia de los cronistas de Indias, que cuando llegaron al Nuevo Mundo lo miraban todo con los ojos del asombro. Cada amanecer es un Nuevo Mundo, solo hay que estar atento a la vida porque de cualquier situación puede surgir una historia. Incluso de tu propia vida. 

@DulceMRamosR

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