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JOSÉ URRIOLA C.

MIRADA EXPUESTA || “Cazador de charcos”

El fotógrafo y escritor caraqueño, residenciado en México, rememora su infancia a partir de los charcos que la lluvia deja

  • JUAN ANTONIO GONZÁLEZ

17/02/2019 01:00 am

El relato que sigue fue escrito a partir de las imágenes con las que el comunicador social, productor, guionista, director, investigador, docente y novelista José Urriola (Caracas, 1971) desanda por su memoria. Un cuento atravesado por la nostalgia e ilustrado con fotografías del propio autor, residenciado actualmente en Ciudad de México, y que, en esencia, convierten un hecho cotidiano y anodino, como los charcos que forma la lluvia en el pavimento, en poesía pura.

No hay mucho que decir, más que invitar a ver y a leer.



Ese charco se aparecía con fidelidad de perro callejero siempre en el mismo lugar, el peor de todos, mi predilecto en el jardín. Y me arruinaba las tardes de juego. Quedaban cancelados todos los mundiales de fútbol que allí se libraban diariamente. Sufría entonces yo, sufrían también el guayabo portero y la pared manchada de balonazos que me hacía los pases de gol.

   

Yo detestaba ese charco que dejaba la lluvia y que tardaba tantísimo en secar. Porque no había manera de mudarlo a otra parte, no podía el tipo buscarse otro lugar, tenía una precisión milimétrica para estorbar. Un metro más allá o unos centímetros a la derecha y no hubiera pasada nada, pero tenía que ser allí, justamente ahí.



Conocí el mal humor y la frustración infantil gracias a ese charco tan constante como impertinente. Hasta que papá se dio cuenta y decidió hacer algo al respecto. Fue así como nació el cuento de El charquito que dejó la lluvia, una historia que papá no llegó a escribir pero que me contaba todas las tardes de lluvia y también todas las posteriores al aguacero, mientras el charco se dignaba a secar.



La historia iba de un charco que dejaban las lluvias justo en medio del jardín y de cómo se conformaba alrededor de él una comunidad de entrañables visitantes: un matrimonio de sapos, una familia de azulejos, un equipo de grillos, la Sra. Paraulata con su marido el Sr. Tordo, los Cucaracheros que habían tenido otra vez sus pichones en nuestro lavandero. Y toda esa gente era feliz porque tenía por fin dónde comer y beber, dónde conversar y compartir.



Ese charco era el epicentro de la vida, un lugar necesario para que pudiera existir todo lo demás. Y mientras papá me echaba aquel cuento, siempre el mismo pero distinto, siempre con sus giros insospechados en la historia y con el protagonismo balanceado hacia nuevos personajes, nos íbamos de puntillas hasta el jardín armados con unos binoculares para poder espiar mejor a la Comunidad del Charco.

Y mirábamos bien, con una mirada atenta y detallista, como quien mira por primera vez, porque luego íbamos a buscar en los libros de mamá de biología y de Aves de Venezuela a toda esa gente que ahora habitaba nuestro jardín, para ponerles nombres y apellidos, para indagar también qué hacían por aquí y hasta cuándo.

Creo que el viejo cumplió con su propósito pero no imaginó el impacto profundo que tendría en mí ese charquito que dejó la lluvia. Porque fue allí, en ese instante, cuando se dio el punto de inflexión, el cambio de mirada. La pasión por el fútbol se alternaba ahora con la fascinación por mirar. Y ya no me abandonarían jamás ni una cosa ni la otra.



Me he convertido con el paso de los años en cazador de charcos. En esencia es la consecuencia del mismo juego desvelado por papá durante mi infancia: mirar el charco con otros ojos, inventar las historias de lo que allí se refleja y de lo que allí converge durante su existencia, antes de que sobrevenga la inevitable evaporación. Soñar con que a la vuelta de la esquina, allí justamente en el sitio por el que siempre se pasa, puede hallarse una compuerta a otro mundo, todo un universo de bolsillo y a escala. Otra Tierra a la que se puede visitar sin necesidad de naves espaciales que tardarán siglos en ser construidas, de esas –menos ciencia que ficción– capaces de recorrer millones de años luz en fracciones de segundo.

No conoceré otro planeta, no dispongo de tantísimo futuro, pero mira qué curioso, qué cosa mágica y fascinante, el microcosmos que se asoma en ese charco al que le acabamos de pasar por al lado.

mirada.expuesta@gmail.com

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