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Lisbeth Salander ha muerto, el cine la ha matado

Hoy se estrena "La chica en la telaraña" o lo que queda de la saga "Millennium"

  • JUAN ANTONIO GONZÁLEZ

09/11/2018 01:00 am

Lo peor que le ha podido pasar a Lisbeth Salander, el personaje con el que el escritor noruego Stieg Larson (1954-2004) repartió por todo el mundo la salvaje frialdad de la novela negra nórdica, es haber quedado desfigurada en las sucesivas adaptaciones al cine que se han hecho a partir de la trilogía Millennium, del propio Larson. 

En el filme sueco Los hombres que no amaban a las mujeres (Niels Arden Oplev, 2009), descubrimos a esta hacker involucrada en la investigación del posible asesinato de una joven integrante de una familia adinerada, con el rostro, hasta entonces desconocido, de la actriz Noomi Rapace, cuya mirada profunda y buenas condiciones físicas la hicieron ideal para encarnar a Salander, la misteriosa, la atormentada, la chica entre dark y punk, con piercings en todo su cuerpo y el enorme tatuaje de un dragón recorriendo su espalda. 

Ocho meses después del estreno de la primera adaptación al cine de la trilogía de Larson, llegó a las pantallas La chica que soñaba con un fósforo y un bidón de gasolina y apenas dos meses luego, se estrenó la versión fílmica del tercer libro de la saga: La reina en el palacio de las corrientes de aire. Ambas protagonizadas por Rapace, pero con la dirección más descarnada y pirotécnica del danés Daniel Alfredson. 

Todavía a esa altura, Salander poseía los pómulos sobresalientes y el cabello escaso de la actriz que originalmente la interpretó. Pero no pasó mucho tiempo para que el cineasta estadounidense David Fincher intentara hundirse en el alma nórdica con su versión cinematográfica del primer libro de Larson: La chica del dragón tatuado (2011). 

Aunque cauto en su adaptación, Fincher no logró sumir al espectador en la atmósfera sosegada pero ultra-violenta de la historia contada por Arden Oplev y Alfredson. La tentación a las secuencias de acción trepidante y la elección de la actriz neoyorquina Rooney Mara, de una belleza gélida muy cercana a la de las divas del Hollywood dorado, imprimieron a su Salander una sofisticación que no poseía la original y que la hicieron bastante más cercana a una heroína reivindicativa que a la joven con un pasado de abusos de las primeras películas. 

Ella está de regreso 

Hoy se estrena en Venezuela La chica en la telaraña, adaptación de la primera novela que escribió David Lagercrantz a partir de los personajes creados por Larson, Lo que no te mata te hace más fuerte

Dada la evidencia -la película, quiero decir-, la verdad es que de Lisbeth Salander solo queda el nombre, pues la mutación del personaje que ya se entreveía en La chica del dragón tatuado alcanza aquí su cima. Ahora hay que hablar de una hacker que se mueve en un mundo corporativo, despegado del común de la sociedad, que posee destrezas casi sobrehumanas y que más que lidiar con las taras de su niñez y adolescencia, se convierte en abanderada de las luchas feministas, algo muy apropiado para el Hollywood del #MeToo. 

Esta nueva Salander poco tiene de la chica bisexual, alcoholizada, traumatizada y de memoria prodigiosa que conocimos en el pasado. Lo único que conecta con la Salander de Rapace es que es una fumadora compulsiva. Y no se trata de rechazar los cambios por rechazarlos, sino de dejar constancia de la transformación de una criatura de la ficción con la que se criticaron conductas sociales reprochables como la misoginia y el abuso infantil, a otra criatura puesta al único servicio de los fines comerciales del espectáculo cinematográfico. 

La Salander de 2018 es más heroína que humana, más invencible que vulnerable. La encarna una actriz de pómulos no tan filosos: la bella Claire Foy (The Crown), cuyos esfuerzos histriónicos se sienten en la pantalla a pesar de que en La chica en la telaraña -pésima traducción- todo se reduzca al sexista propósito de castigar a los hombres maltratadores. 

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