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Robo en la oscura noche

  • EDGAR MORENO-URIBE

08/11/2018 01:00 am

Culminó a sala llena la primera temporada de Oscuro, de noche, estremecedor melodrama de Pablo García Gámez, que se presentó del 27 de septiembre hasta el 4 de noviembre en el teatro Alberto de Paz y Mateos. Esta producción, depurada creación de Carlos Arroyo para la Compañía Nacional de Teatro y su elenco estable, fue programada inicialmente para 24 funciones pero un robo imprevisto, característico del teatro del absurdo o de la comedia del arte, paralizó momentáneamente la temporada y no se hicieron tres funciones de las ocho de las dos semanas finales, porque además renunciaron dos intérpretes.

Gracias a un duende o un terrenal personaje, algunos diríamos que seguramente lo enviaron Federico Garcia Lorca o Isaac Chocron, a su vez instigados por el legendario Tespis o el mismo Alberto de Paz y Mateos, se deshizo el sórdido maleficio: aparecieron y fueron devueltos los 100 dólares que se habían fugado de la billetera del actor-protagonista y con la colaboración, super profesional, de los sustitutos Ludwing Pineda y Arturo Santoyo, se reanudó la temporada y todo culminó con gran nivel profesional. El teatro, una vez más, conjuró al crimen. 

La vindicta pública, o sea los mismos comediantes del montaje, quienes conocen a los interpretes de tan estremecedor y grotesco miniteatro, seguramente se lo callarán o lo repetirán por todos los vericuetos del teatro, que son muchos, ayudados además por las redes sociales y el fantástico Facebook. 

No hubo, por supuesto denuncias ante las autoridades, pero todos los saben ahora y hasta algunos lo escenifican en la intimidad, recordando, cual áspera moraleja, que al ladrón lo hace la ocasión y advirtiendo que jamás se deben cargar joyas ni billetes exóticos y dejarlos a la vista en los camerinos para tentar a los cacos que siempre pululan, quienes también se llevan los celulares inteligentes.

Ese fue un no deseado colofón -donde la realidad copió otra vez al teatro- para la temporada, cuya última representación aplaudimos a rabiar y con un tanto de dolor por muchas de las razones ya expuestas. 

TEATRO Y REALIDAD

Hay que recordar, pues, que el teatro venezolano del siglo XXI tiene ya otro dramaturgo comprobado desde el escenario con ese Oscuro, de noche de Pablo García Gámez (Caracas, 22 de septiembre de 1961), cuya saga en ocasiones terminó siendo una glosa más de la historia social, política y económica de este país que lo hace posible.

Contar el texto teatral que se representó -y tuvo hasta ese robo consumado y después frustrado- no es lo adecuado, porque debe el espectador escucharlo y ver su interpretación escénica, para asimilarlo y esperar que se dé la indispensable catarsis. No obstante podemos advertirle al lector de estas líneas que se trata de un drama -donde además hay una peculiar “música urbana contemporánea”, más dirigida a los sentidos que a la razón- sobre la conocida y bastante sufrida violencia urbana, que no es exclusiva de Caracas. 

Ahí, en la tarde noche de un viernes, Kenny Barrios (25 años) fue asaltado y muerto para robarle su recién adquirida motocicleta. Sus padres, Cristóbal y Zenobia, se enteran de la macabra noticia y comienzan a luchar contra las imágenes negativas que brotaron sobre su unigénito. Ellos hacen lo posible para cumplir con los rituales funerarios, pero encuentran una kafkiana serie de obstáculos burocráticos, mientras que la preguntona abuela paterna, Mercedes, que está seriamente enferma, agudiza la crisis familiar. Los medios de comunicación mencionan que la víctima tenía actividades ilegales, al tiempo que el proceso en la morgue dura más de lo debido y en las funerarias se niegan a velar el cadáver. Sus deudos tratan de resolver cada problema en la marcha, buscando encontrar una paz que no llega. Mientras tanto, tres testigos cuentan sus versiones sobre ese crimen y se niegan a compartirlas con las autoridades. Y como el héroe tenía una amada, Lucía, ella narra cómo fueron sus amores. El final, además del prólogo, actuado por un payaso sirve para reiterar que es una historia de la vida real, a la que todo el mundo le tiene miedo porque le puede pasar a cualquiera. No hay moraleja ni tampoco mensaje, solo una advertencia: que lo dice todo en su título: Oscuro, de noche.  

Y aquí cabe dejar constancia que el texto de García Gámez carece de las tradicionales didascalias y la común estructura general de una introducción, la exposición, el clímax y un desenlace; solo unas líneas semiperdidas en 30 apretadas páginas, destinadas a plasmar un obra de un largo acto único y 32 fragmentos para ser ubicables en el tiempo y el tiempo circulares. La modernidad reclama la suyo, pero al final lo clásico emerge, está ahí. Es, pues, un texto no convencional donde García Gámez apunta a la médula de la esfera privada de la familia de Kenny que ha sido desequilibrada o herida. El detonante es el hecho que le ocurre al Kenny y lo que importaba era ver qué pasaba en el mundo de Zenobia y Cristóbal, ver Lucía lanzando sus románticas líneas desde la lira circense y las locuras de la anciana Mercedes, cual abuela lorquiana. Mucho trabajo en escaso tiempo para el trabajo global. 

Así lo entendieron el director Arroyo y su elenco de más de 13 actores que durante dos meses lucharon para darle vida escénica o teatral. Y nosotros estuvimos ahí, cual “mirones de palo”, presenciando esa lucha contra tiempos, verbos y espacios físicos donde se desarrollaban las acciones preñadas de emociones y lágrimas. Una experiencia que nos dejó mucha enseñanza sobre el arte de la dirección y la actuación. 

Diremos que valió la pena acompañar ese proceso, el cual terminó siendo también nuestro de tanto leer y releer cada línea y poder así lograr ponderar las pugnas de cada actor con sus personajes, cuyas historias inventaron ellos. No se puede ni se debe hacer crítica desde la comodidad de una butaca.  

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