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Modelo de Santidad

El doctor Hernández obró en la caridad y permaneció en la observancia de sus principios hasta su última hora. Sirva, pues, como inspiración para todos los que se desempeñan en favor de los otros...

  • LINDA D'AMBROSIO

13/07/2020 05:00 am

Se estima que la Iglesia católica cuenta en Venezuela con unos 31 millones de fieles, distribuidos en veinticinco Diócesis, nueve Arquidiócesis y tres Vicariatos Apostólicos.

En un país en el que, según esas cifras, el 98% de la población es creyente, la beatificación del doctor José Gregorio Hernández ha sido recibida no solo como un acto de justicia, en atención a los méritos de los que hizo acopio durante su breve vida, sino también como un espaldarazo a nuestro vapuleado orgullo nacional: la exaltación del héroe siempre ha sido un recurso que estimula la cohesión y el sentido de pertenencia a un grupo, independientemente de su naturaleza (militar, deportivo o, como en este caso, religioso). 

Sin embargo, quizá vale la pena detenerse a reflexionar sobre algunos aspectos relacionados con la beatificación del doctor Hernández.

Tal vez son nuestras raíces afrocaribeñas las que nos hacen tan supersticiosos. En casi todas las culturas existe la pretensión de manipular las fuerzas celestes mediante gestos propiciatorios, con la esperanza de que los dioses nos sean favorables. Más allá de nuestra fe, se ofrecen flores, velas y hasta sacrificios indistintamente al doctor Hernández y a María Lionza, con la intención de obtener favores y gracias. Se efectúan promesas como quien ofrece una recompensa, una gratificación, en un país en el que, como dice la psicóloga Mariela Michelena, “las mujeres visitamos con más frecuencia a las brujas que al ginecólogo”.

Es interesante revisar nuestro concepto de Santidad. Pareciera que seguimos aferrados a esa idea medieval, en la que cada gremio tiene su propio patrón (Santa Cecilia es la patrona de los músicos y Santa Apolonia la de los dentistas, por ejemplo), y en la que hasta hay una sub-especialización de los santos según el tipo de merced que uno aspire a obtener: Santa Eduvigis provee las casas, San Cayetano concede su favor en las apuestas, San Pancracio es eficaz para buscar trabajo y, obviamente, el doctor Hernández, como médico al fin, es el natural intercesor en el área de la salud. Y, sin desmerecer las manifestaciones de fervor popular, sin menoscabo de la conveniente devoción a los santos, perdemos de vista lo que es fundamental: los santos son personas que la Iglesia nos propone como modelo de vida. Es decir: no se trata solamente de apelar a la intermediación del santo para obtener una gracia: se trata, ante todo, de la inspiración que este supone para lo que debe ser nuestro día a día.

Cierto es que los santos son intermediadores. Ejemplo de ello es María cuando, en las bodas de Caná, pide discretamente la ayuda de su Hijo al señalar que los anfitriones ya no tienen vino. Pero esta es una idea con la que estamos familiarizados. En cambio no nos damos cuenta de que nosotros mismos estamos llamados a ser santos. 

El Apóstol Pablo señala: «Sigan ustedes mi ejemplo como yo sigo el ejemplo de Cristo Jesús» (1 Tim. 1, 16). Así pues, otros que nos han precedido nos demuestran cómo recorrer ese camino.

Un beato con corbata y sombrero nos resulta suficientemente próximo en el tiempo como para recordarnos que los santos no son ángeles, sino humanos que, con la gracia de Dios, y a punta de voluntad y perseverancia, pasan, como diría Pedro de Jesucristo en casa de Cornelio, haciendo el bien (Hechos, 10:38)

El doctor Hernández obró en la caridad y permaneció en la observancia de sus principios hasta su última hora. Sirva, pues, como inspiración para todos los que se desempeñan en favor de los otros, los creyentes en atención a su fe, y los no creyentes en atención a la solidaridad, la justicia y la paz.

linda.dambrosiom@gmail.com


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