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Después del descubrimiento de la conjura

Llegó el día que el Obispo tuvo que reportarle al Príncipe de la Paz los pormenores de lo acontecido durante aquellas jornadas

  • JIMENO JOSÉ HERNÁNDEZ DROULERS

09/10/2019 05:00 am

Al mes de haber sido develada la conjura del 13 de Julio de 1797, el Obispo de Caracas, Juan Antonio de la Virgen María y Viana, comenzó a entablar las piezas de lo que venía sucediendo en La Guaira antes de apagar el incendio.

Esa misma madrugada, a pesar de su enfermedad y los achaques de la vejez, se levantó milagrosamente del lecho, al igual que Lázaro resucitó entre los muertos, para levantar un contingente de soldados, realizar sus pesquisas y controlar la situación en el puerto. Gracias a la Virgen María Santísima del Carmen todo salió bien.

A sabiendas que los principales implicados en la revuelta gozaban de libertad en alguna isla no muy lejana, durante un mes dedicó sus esfuerzos a examinar el estado de fortificaciones, almacenes y tinglados en los alrededores de La Guaira. Buscaba, con cara de pocos amigos, infundir respeto ante la tropa, así como los fieles vasallos de la corona, al igual que terror entre los insurgentes.

Durante un mes se movió como una mosca, volando de un lado al otro, arrimándose a las esquinas menos pensadas en silencio, todo para escuchar los relatos ajenos desde la distancia, pero de cerca de un mismo tiempo, pulsando con seis patas los hilos de la telaraña, todo en aras de hallar una salida a la trampa.

Llegó el día que el Obispo tuvo que reportarle al Príncipe de la Paz los pormenores de lo acontecido durante aquellas jornadas, más de una semana rezó todos los días al levantarse y antes de acostarse, en sus plegarias buscaba una respuesta para su alma y fe, intentando armar conjeturas en su cabeza.

Tenía varias semanas queriendo escribir una carta que le daba miedo redactar, pero la noche del 18 de Agosto aconteció un milagro. Una vez finalizado el servicio eclesiástico de las seis de la tarde se aproximó un hombre vestido de militar al confesionario, buscaba el perdón de Dios, con propósito de enmienda y derramando lágrimas. Se trataba de un Oficial Comandante de Ingenieros llamado Patricio Ronán, quien, arrepentido por sus pecados contra la corona, se arrodillo frente a Su Excelencia y prometió instruirle a fondo sobre la terrible tempestad que amenazaba a toda la Provincia y el resto de las colonias.

Según confesó al Obispo, era uno de los involucrados principales en la conjura. Pedía clemencia de Su Majestad el Rey, a cambio de proporcionar a las autoridades testimonios, cartas con nombre y fecha, todo en aras de colaborar con las investigaciones, prometiendo que sería en lo sucesivo: -El más exacto vasallo en todos los deberes que la religión le imponía para con su Rey, y la Patria.-

Al tanto de la detención de Manuel Rico y Montesinos, Ronán sabía que tarde o temprano terminaría encerrado en una mazmorra del Castillo de San Carlos, por ello acudió ante su eminencia. Le imploró al Obispo que tuviera misericordia de un buen cristiano que erró en su juicio, un borrón que deslucía el mérito de sus servicios por el cual se arrepentía de modo sincero, buscando el perdón de Dios y el Rey. Se ofreció como fiel vasallo a descubrir en todo su corazón y más de decena y media de involucrados, con la intención de obtener perdón de Su Majestad y salvar el pellejo. Por eso, y tan solo por eso, el prelado propuso la idea de intervenir con sus oficios para que sus errores no sirviesen de demerito en su brillante carrera como Oficial del Comandante de Ingenieros.

El Obispo, atribulado por su enfermedad y el conocimiento que el cura vicario del puerto, oficiales de Reales Casas y milicianos formaban parte en la trama de la rebelión, sintió el arrepentimiento de Ronán. Por ello le ofreció la protección del Rey, le aseguró el perdón divino, y que sería atendido como fiel vasallo de la corona, todo con la condición que le diera testimonio de los hechos e involucrados para librar la Patria de las muchas desgracias que la amenazaban.

Obró con el fin de tomar decisiones inmediatas en prevenir los males que podían seguirse tras las arremetidas de las autoridades, lo primero era saber quien era fiel o no a Su Majestad, y eso le ofrecía Ronán a cambio de la absolución.

Fue por eso que no solo otorgó el indulto del Oficial del Cuerpo de Ingenieros, sino que juzgó conveniente publicarlo al día siguiente, buscando que todos quisiesen aprovecharse de la misericordia y beneficencia del buen cristiano Rey acudieran a sus instancias, todo con el fin de conocer lo que venía sucediendo en La Guaira antes que se descubriera la rebelión fallida liderada por Gual y España.

Jimenojose.hernandezd@gmail.com

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