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“El río de la vida”

Oí decir a García Márquez en la vivienda de Miguel Ángel Capriles, con motivo de entregarle su cédula ... “que había llegado a ser escritor a cuenta de su timidez”...

  • RAFAEL DEL NARANCO

24/08/2019 05:00 am

En unas antiquísimas tablas de barro se lee que 2500 años antes de Cristo, “mientras la mimaba / Con sus arrumacos. / Seis días y siete noches, / Enkidu, excitado, / Hizo el amor con Lalegre”

Así comienza “El poema de Gilgamesh”, la más antigua balada al amor conocida. Surgió en Mesopotamia, y el personaje fue Gilgamesh, el quinto rey de la ciudad sumeria de Uruk. 

A partir de esa gesta se ensambló un vínculo irrompible de trovas, versos, melodías, novelas, teatro, sinfonías, querencias y un torrente inmenso de palabras en que la pasión asume su morada perenne por encima del hipogeo en que reposa la perseverante Parca. 

Esta semana de fuego torrencial sobre el Mediterráneo, cuya alta temperatura parece que llegó para quedarse a razón del severo cambio climático, salir a la calle da pereza, siendo causa forzada para repasar antiguos papeles encajonados. 

En esa tarea de removerlos, nos encontramos con un artículo de Gabriel García Márquez titulado “El río de la vida”. Había sido insertado en el diario madrileño “El País” en marzo de 1981. 

En su escrito, el colombiano cuanta su contacto con el río Magdalena de tanta historia y de él mismo. Sobre esas aguas, Gabo subió y bajó entre sus márgenes infinidad de veces siendo un joven estudiante. El primer recorrido lo hizo en 1943, y en su biografía, “Vivir para contarlo”, revive aquellos desplazamientos con rememorada nostalgia. 

Es notorio que buena parte de su admirable literatura arrumbó por el emblemático río. Sobre esas corrientes describió la odisea de Simón Bolívar en “El general en su laberinto”, siendo a su vez aliento, exaltación y santo desvarío amoroso en “El amor en los tiempos del cólera”

Para una extensión de lectores el libro magno del colombiano es “Cien años de Soledad”; en nosotros, “El amor en los tiempos del cólera”, y es que este es la continuación de las pasiones de José Arcadio Buendía sobre otros vericuetos, conteniendo el saborcillo de la innata esencia paisa donde los personajes poseen, si eso cabe, más existencia propia que los de Macondo. 

El Magdalena, en cuyos ribazos El Libertador encontró su laberinto, se hincó una efusión inflamada como ningún Buendía, con mil años que viviera, lograría culminar, al ser la misma tan humana que uno, como lector sensitivo, la palpaba y salía cubierto de un resudor ardiente y a su vez humedecido. 

En esos folios, asumiendo como angustia la infección intestinal causada por el agua del Magdalena, las figuras de Fermina y Florentino eran el amor humano que los propios dioses en la Odisea envidiarían. 

Úrsula, en “Cien años de soledad”, da miedo. Con una sola mirada se posesiona de semblantes, destellos, almas y piedras. A conciencia, entre ella y Fermina Daza, uno se queda por afinidad afectiva con esta última, al ser ese relato ribereño, arriba y abajo, en donde el furor del cólera deja de ser ilusorio, y se humaniza de forma portentosa; tanto, que uno siente los suspiros enfermizos de ese romance construido de permanentes rechazos, separaciones y reencuentros durante más de 70 años. 

 En el artículo que mencionamos -“El río de la vida”– Márquez cuenta que los viajes de su época juvenil eran sorprendentes, afirmando que los capitanes de esos buques fluviales eran autócratas, aunque de buen trato. 

“Los tripulantes -refiere- se llamaban marineros por su extensión como si fueran del mar. Pero en las cantinas y burdeles de Barranquilla, a donde llegaban revueltos con los lobo de mar del mar, los distinguieron con un nombre inconfundible: vaporinos”. 

Los viajes en esos vapores eran lentos, y cuando encallaban, podían pasar semanas varados sobre los arenales. Gabo señala algo emotivo: “En aquellos buques los pasajeros parecían una sola familia”. 

Tiempo después, oí decir a García Márquez en la vivienda del Country Club de Miguel Ángel Capriles, con motivo de entregarle su cédula que no tuvo cuando llegó a trabajar en la revista Elite -publicación que años después uno sería su director- “que había llegado a ser escritor a cuenta de su timidez”

Ahora el Magdalena es un hilillo de agua en muchas partes de su recorrido. Los habitantes de las orillas ya no beben su agua ni comen su pescado. “Sólo reciben –como dicen las señoras- mierda pura”. 

Han pasado años de ese artículo, y nosotros no hemos vuelto a ver esas márgenes fluviales, aunque sabemos certeramente que los altos niveles de contaminación y la deforestación, son tan solo algunas de las problemáticas que se han conjugado contra el gran río madre. 

Cierto día expresó Gabo: “Mi verdadera vocación es la de prestidigitador, pero me ofusco tanto tratando de hacer un truco, que he tenido que refugiarme en la soledad de la literatura. Ambas actividades, en todo caso, conducen a lo único que me ha interesado desde niño: que mis amigos me quieran más”. 

Eso es certero y lo ha obtenido con creces. 

rnaranco@hotmail.com

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