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La mano ensangrentada del dictador

El dictador no aceptó las proposiciones del general Falcón ni para reformarlas. Las rechazó de buenas a primera, hecho que demostró las partes se encontraban lejanas a formular un arreglo

  • JIMENO JOSÉ HERNÁNDEZ DROULERS

15/05/2019 05:00 am

En su libro titulado “Vida y papeles de Urdaneta el joven”, el escritor trujillano Mario Briceño Iragorry relata sobre la llegada del general José Antonio Páez el 29 de noviembre de 1861 a Puerto Cabello. Para ese momento el llanero entraba a esa ciudad como dictador de Venezuela y marchaba a entrevistarse con el general Juan Crisóstomo Falcón, líder de la Revolución Federal.

Esta reunión entre los dos grandes jefes de aquel histórico momento se logró gracias a largas conversaciones de ambos bandos y quedó en celebrarse el 8 de diciembre en el Campo de Carabobo, lugar en el que se selló la independencia de Venezuela el 24 de julio de 1821.

Dejemos que sea el mismo Briceño Iragorry quien narre los acontecimientos de esos días:

-El 28 de Noviembre parte el general Páez, Jefe Supremo de Venezuela, por vía de La Guaira hacia Puerto Cabello acompañado de los Secretarios de Estado, del Licenciado José Santiago Rodríguez y del general Domingo Hernández. Con él viaja también nuestro amigo el general Urdaneta. Van en el vapor “Venezuela”, que a remolque conduce las goletas “Tovar” y “Carabobo”, donde viajan el Estado Mayor y la columna “Maturín”, que sirve de guardia personal al dictador.-

El 29 llegaron a Puerto Cabello, donde la población era enemiga del régimen de facto del centauro. La población recibió la comitiva de manera fría, sin emoción alguna. Los pocos amigos de Páez se congregaron para saludarlo, en el salón de la casa del sr. José María Pérez Marcano, donde se ofreció un suntuoso banquete para festejar al Presidente de la República.

Páez aprovechó el brindis para referirse, con entusiasmo, a la conferencia que celebraría en diciembre con el general Falcón.

-Este Páez de ahora no es el Páez rústico de 1821. Habla con soltura y propiedad. Sus maneras son las maneras de un gran señor. Sus palabras tienen el brillo que le presta el pulimiento adquirido en su trato con hombres de mayor cultura y en el estudio a que ha dedicado sus fecundos ocios.-

En aquella ocasión deseaba impresionar el auditorio y así sucedió. En un arranque, pues no era orador afamado, inició el que será conocido como uno de sus más famosos y breves discursos por lo acontecido al pronunciar sus palabras.

-Ciudadanos: Abominemos la guerra, matemos al monstruo de las revoluciones, y procuremos que en estas conferencias de Carabobo, donde hace cuarenta años se selló la independencia de Colombia, quede también sellada la paz de Venezuela, para que no se vuelva a derramar sangre hermana.-

Al decir aquello dio un golpe sobre la mesa para dar énfasis, pero en ese preciso instante sucedió algo extraño, del techo cayó un chorro de sangre manchando el puño del dictador.

Según relata el escritor: -Se busca la causa del suceso y alguien explica que, pisando en la parte alta sobre los cascos de las botellas, un criado ha sufrido abundante hemorragia que destila entre las ensambladuras del tablado. ¿Podrá este hombre con las manos signadas por la sangre firmar el pacto que ponga fin a la contienda? ¿Será augurio de la concordia esta lluvia extraña que rubrica las palabras del dictador?-

El sábado 30 de noviembre, día después de su sangriento discurso, el general Páez hizo su entrada a Valencia a las seis y media de la tarde en una entusiasta aclamación.

-En todos los espíritus bulle la alegría por la vecindad de la concordia y el pueblo frenético, siempre dispuesto a agasajar a los hombres que simbolizan el poder, lo saluda con hurras entusiastas y riega flores a su paso como si se trata de festejar un vencedor. El pueblo, y sobre todo este pueblo de Valencia, quiere a Páez como símbolo vivo de la antigua heroicidad que puso a la espantada la contumacia del poderío español. Su misma senectud pronuncia los relieves de leyenda en que se enmarca su existencia cargada de gloria singular. No es a los ojos del público el caudillo de la guerra civil, sino el Padre de la Patria, el Centauro novado por los años, que viene al encuentro de los hombres nuevos que le disputan el derecho de mandar a la República.-

Se pensaba habría concordia en el país después de la reunión de Páez y Falcón el 12 de diciembre. Un poco más de media hora duró la conversación de los caudillos. Todos se sorprendieron de la corta duración de la misma, pues existía una infinidad de cuestiones a discutir para lograr un armisticio entre conservadores y liberales.

Todo parecía ir bien encaminado hasta que procedieron a reunirse los consejeros de ambos bandos, ya que el encierro no rindió frutos. El dictador no aceptó las proposiciones del general Falcón ni para reformarlas. Las rechazó de buenas a primera, hecho que demostró las partes se encontraban lejanas a formular un arreglo capaz de producir un cese a las hostilidades.

Quizás fue el discurso del puño bañado en sangre el mal augurio que anunció a los supersticiosos que la guerra federal continuaría su curso de manera indeterminada.

Jimenojose.hernandezd@gmail.com

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