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Apuntes desde Madrid

Cada individuo que deja su país se va con una memoria y un sentido de nación distinto. ¿Cómo van las telenovelas?, ¿Aquel local al que íbamos existe?, Fulano me dijo que estuvo en Venezuela el verano

  • JONATHAN REVERÓN

23/04/2019 05:00 am

El hombre es un ser de naturaleza 
vallejianamente débil, 
un pequeño animal acosado 
que mira con asombro los «dones de la tierra» 
Alberto Márquez

No, no me fui. Estoy aquí porque vine a presentar mi segundo largometraje documental. No me vine. Es la aclaratoria que me veo obligado a hacer ante algunos paisanos. 

La queja de quien “vive allá” y “no se va” es vista por muchos colegas como un lamento cansino. Algunos amigos reflexionan de la siguiente forma: ¿No te gusta lo que estás viviendo? Vete, pues. Emigrantes con quienes he compartido se encuentran redescubriendo el sentido de sus íntimos bregares, esas luchas que se logran vencer con otra emigración, la interior. 

Victimizarse es una reacción natural de los seres expuestos a la violencia, también es una postura cuya recurrencia harta a quienes también sortean altibajos para concretar la estabilidad en su nuevo país. 

Mi acento está en todas partes. A todos los niveles. En la cajera del automercado, en el ejecutivo del barrio de Salamanca. 

Cada individuo que deja su país se va con una memoria y un sentido de nación distinto. ¿Cómo van las telenovelas?, ¿Aquel local al que íbamos existe?, Fulano me dijo que estuvo en Venezuela el verano pasado y gozó una... Podemos hacer de la nostalgia una partícula invisible o la bola de nieve que nos aplasta. 

La política interna española se mete en los miedos del emigrante venezolano. Mis amigos declaran y coinciden con el mismo volumen (bajito) en un punto: la extrema (derecha e izquierda). Yo les digo que a los muertos hay que tratar de dejarlos tranquilos. 

Lo escribo a vuelo de pájaro, interpretando el tráfico de calles, aceras, como el insistente visitante de Madrid que soy desde 2002: hay una población mayoritariamente joven. Insisto, desconozco la estadística. Hay coherencia entre la gente de la capital y los afiches electorales. Me pregunto si es un momento en el que las canas están subvaloradas. 

En el metro observo menos lectores de libros o “kindles” y más celulares. Más selfies, menos narrativa. Hasta el más baquiano usa el bastón de Google Map. Intuyo que el uso de redes vive su efervescencia y me recuerda mi visita a Tokio en 2013. Todos los hombros chocan entre sí absortos ante la pantalla. Claramente me salta desde el gran contraste que significa vivir en Caracas y sus robos de teléfono. Mi espíritu conservador advierte deshumanización. Espero exagerar. 

En una entrevista solté dos rodillas de chivo que tenía atragantadas. Cuando me han preguntado por la solución de la crisis venezolana, mis enunciados son: “Ruanda y Haití no se hicieron en un día”. Por un lado me inquieta que la necesaria ayuda humanitaria transcurra en el tiempo y se pueda convertir en producto interno bruto. Por el otro se hace menos soterrada la guerra civil en el colapso, en el odio fraterno que al inflarse nos arroja. 

Vine por primera vez a los 19 años, romantizado por la cultura que consumía a través de las señales internacionales de la televisión española. Vine en los umbrales de Cadivi y en mitad de nuestros “paros indefinidos”. Todavía recuerdo la franqueza del taxista catalán, una actitud que en aquel momento me pareció poco solidaria: “¡Cómo se les ocurre llevar un mes sin trabajar!”, me decía el chofer con reclamo, denunciando estupidez en la estrategia. 

Cuando descubrí que mi vida cabía en dos maletotas, entendí que el apego es la base de nuestros sufrimientos. No hay que echar raíces. Me sueltan en una barra ante un par de cafés cortados. Yo me sigo repitiendo como mantra una verdad de Constantino Cavafis: “Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado”. 

@elreveron

elreveron@gmail.com

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