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Servicios públicos, una reflexión

Venezuela no puede seguir corriendo la arruga respecto a la situación que atraviesan los servicios públicos de nuestro país. Y esto pasa por preguntarnos a qué se debe que hayamos llegado a esto

  • DAVID UZCÁTEGUI

15/03/2019 05:00 am

Definitivamente Venezuela no puede seguir corriendo la arruga respecto a la situación que actualmente atraviesan los servicios públicos de nuestro país. Y esto pasa por tareas como preguntarnos a qué se debe que hayamos llegado a esto, además de cómo podemos superarlo. 

“Se pierde la razón de existencia del Estado cuando este no vela, cuida ni asegura la prestación eficiente y oportuna de los servicios públicos fundamentales, cuando no rinden cuenta sus funcionarios a cargo, y cuando los entes controladores y reguladores no aplican las sanciones previstas en la Ley”, señaló el planificador ambiental y social Hernán Papaterra, en nota publicada en el diario El Universal, el 7 de agosto de 2018. 

Si bien es cierto que, mirando hacia atrás, nuestra nación jamás contó con servicios óptimos de luz, telefonía, transporte, aseo, gas o aguas, sí es también verdad que en algún momento se contó con estándares bastante aceptables y, además, con la voluntad y el propósito de mejorar las cosas. Y, sobre todo, con la certeza de que era posible mejorarlas. 

Había sentido de lo que era el progreso, y era a lo que todos aspirábamos: a nuestro derecho de ser respetados como ciudadanos, tanto desde la administración pública como desde los prestadores de servicios privados. 

Baste como ejemplo aquel elevado nivel de calidad del Metro de Caracas, que se convirtió en referente de un transporte masivo de vanguardia y que enorgullecía a sus usuarios de tal manera, que eran ellos los primeros y muy celosos cuidadores de su integridad y eficacia. 

Desde nuestra perspectiva, se han cometido varios errores garrafales en las dos últimas décadas. Y eso es lo que estamos pagando hoy. 

El primer error fue sin duda la nacionalización. Cargar a la administración pública con la responsabilidad de tareas que pueden ser acometidas por la empresa privada, es una ruta segura al fracaso. 

En el caso particular de Venezuela, la nación se sobrecargó con la tarea de ofrecer servicios que, si bien no eran los mejores para el momento, ya tenían buenos estándares de prestación. Y el reto era superarlos. Sin embargo, esto no se logró. Muy por el contrario, los niveles han descendido dramáticamente, y no se ve solución al final del túnel. 

La nacionalización trajo otro pecado capital: el rellenar la nómina de estas empresas con personal políticamente afín al gobierno de turno, por encima de la opción de buscar personal adecuadamente calificado. 

El entender la prestación de servicios básicos como una posibilidad de hacer propaganda al modelo de gobierno imperante, comprometió de manera muy delicada la calidad del servicio ofrecido. 

Porque si bien pensamos que estos aspectos de la vida ciudadana deben estar en manos de particulares, le toca al gobierno supervisar y garantizar la eficiencia en la operación, por parte de quienes sean favorecidos con estas concesiones. 

Por si fuera poco, la excelencia en los servicios públicos permite optimizar la calidad de vida de la gente, al optimizar su día a día y propiciar que puedan enfocar su atención en la familia, los estudios y el trabajo. En dos palabras, crecer como seres humanos. 

En el lado opuesto, el lidiar con falencias en los mismos significa pérdida de tiempo y energía, es un torpedo en la línea de flotación para las tareas cotidianas, consume energía, roba el foco y nos hace a todos menos eficientes, limitando también nuestra capacidad de disfrute y de compartir con los nuestros. 

Es adicionalmente uno de los más eficaces instrumentos para profundizar las diferencias entre ciudadanos, ya que quienes ostentan mayor poder adquisitivo siempre podrán pagarse suplidores de mayor calidad, mientras los que no tienen opción deben conformarse con una calidad que dista de la merecida, de la que es su derecho. 

También es clave la educación ciudadana. Y al mencionar este aspecto, nos referimos al derecho que tiene la gente de exigir calidad en el servicio. Y al deber que tiene el gobierno de ofrecerlo, sea a través de organismos privados o tomando para sí mismo esta responsabilidad. 

Pareciera que la gente no tiene derecho a alzar su voz cuando lo que recibe es menos que bueno. Y esto es una anormalidad que debe ser superada con urgencia. 

Por otra parte, el apuntar a la excelencia en tales tareas es sin duda otra manera de empujar la prosperidad del país. 

Es urgente e importante enfocar este sector de la economía como un potenciador del bienestar económico, para la creación y multiplicación de riqueza, así como para su distribución entre los habitantes de un país. 

La nación y la ciudadanía merecen servicios públicos de primera, y más allá de eso, tenemos la posibilidad de crearlos, mantenerlos y disfrutarlos. Solamente necesitamos la voluntad de hacerlo. 

duzcategui06@gmail.com

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