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Sucre, un prócer humano

La figura de Sucre merece una revisión de su vida. Y sí, hay que valorarla más por su tenacidad, por la adversidad de su momento histórico y por haberse impuesto a las enormes pruebas que enfrentó

  • DAVID UZCÁTEGUI

08/02/2019 05:00 am

De nada sirve a una nación tener una colección de próceres, si ésta no inspira a sus ciudadanos a buscar el mayor bien posible para el país aquí y ahora. Los venezolanos ciertamente somos muy afortunados en ese sentido, ya que hemos tenido hombres ejemplares en nuestra historia, aunque el pedestal de gloria evita que los sintamos cercanos y nuestros, como debería ser. 

En esta oportunidad compartimos esta reflexión a propósito de Antonio José de Sucre, conocido como El Gran Mariscal de Ayacucho. Y nos vino a la memoria porque hace pocos días celebramos un nuevo aniversario de su natalicio, acontecimiento fechado el 3 de febrero de 1795. 

Fue hijo de una familia pudiente y con arraigada tradición militar, lo cual hizo que su destino pareciera estar escrito en el ejército. Su madre falleció cuando él tenía siete años y se enroló en una academia militar. Allí aprendió matemáticas y artillería, además de valores como la lealtad y la disciplina, que le servirían para los exigentes compromisos que le esperaban en su vida. 

En las páginas de nuestra historia está retratado quizá como el más humano de nuestros próceres. El de mayor bonhomía y el más transparente en su sentir; sin que por ello dejara de tener el empuje y la determinación ejemplares que le permitieran jugar un papel determinante, no solamente en la independencia venezolana, sino en la de otras naciones. 

Sucre fue uno de los héroes de la independencia latinoamericana más alabados y queridos. Se destacó como militar en las diversas victorias que logró en los campos de batalla, evidenciando su talento natural para dirigir tropas. 

De esta manera consiguió triunfos esenciales para liberar al continente del dominio español, siendo la Batalla de Ayacucho su mayor victoria bélica. Como político ejerció la presidencia de Bolivia y se preocupó por los servicios públicos y el correcto funcionamiento del gobierno. 

Fue riguroso en el cumplimiento de las penas por crímenes o hechos de corrupción, pero también se dice que fue piadoso y justo con los vencidos.

Adicionalmente, propició causas relacionadas con la abolición de la esclavitud y un trato más humano hacia los indígenas. Por si fuera poco, resaltó como diplomático a la hora de participar activamente en el Armisticio de 1820. Fue, en resumen, una de las figuras más completas de la época independentista de nuestra América. 

Como lo expresa muy acertadamente el historiador Tomás Polanco Alcántara, “el símbolo de la continuidad de Bolívar era Antonio José de Sucre. Paulatinamente, por su talento personal, por sus dotes intelectuales y por su espíritu altivo, digno y limpio, Sucre se fue convirtiendo en el complemento indispensable de Simón Bolívar. Respetado por los argentinos, los chilenos y los peruanos, admirado por los bolivianos y quiteños, sin enemigos en Venezuela y en la Nueva Granada y con todos sus antecedentes, Sucre estaba destinado a ser el natural sucesor de Bolívar”. 

Y quizá su mejor característica fue el desprendimiento. Supo entregar el poder cuando la circunstancia lo obligó a hacerlo, como también –según los historiadores– lo supo ejercer con el carácter necesario. No se apegó a él ni mucho menos a abusar del mismo. Desde lo que sabemos, lo utilizó como instrumento de bien hasta donde pudo, hasta donde las mezquindades humanas se lo permitieron. 

Movió con genio las piezas de la guerra, aunque lo que nos llega de él nos lo pinta como un hombre de paz. Suponemos que no le debe haber sido fácil transitar por esos cruentos caminos; pero al verse en la circunstancia cumplió el compromiso de manera ejemplar. 

Otra de sus características fue la fidelidad inquebrantable a Simón Bolívar, más allá de los numerosos momentos adversos que debieron enfrentar ambos. Incluso, después de sus logros en la guerra de independencia, tuvieron que afrontar los reveses que todos ya conocemos como historia. Pero eso no impidió que permanecieran en la misma trinchera, trabajando por lo que consideraban el mejor destino para nuestras naciones, hasta el final. 

A principios de 1830, cuando ya era evidente que se desintegraría, la Gran Colombia convocó en Bogotá el que sería su último congreso. Tras hacer acto de presencia en el lugar, Sucre salió de Bogotá camino de Quito. 

En una emboscada en Berruecos, fue asesinado el 4 de junio de 1830. Se le atribuye su muerte a José María Obando, jefe militar de la provincia de Pasto. Al escuchar las noticias de su muerte Bolívar dijo: “Lo han matado porque era mi sucesor”. 

No somos amigos de glorificar a seres humanos, por más hazañas que hayan completado; sin embargo, la figura de Sucre merece una revisión de su vida. Y sí, hay que valorarla más por su tenacidad, por la adversidad de su momento histórico y por haberse impuesto a las enormes pruebas que enfrentó. 

duzcategui06@gmail.com

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