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El mercado

JIMENO JOSÉ HERNÁNDEZ DROULERS. En una de las partes de este largo trabajo sobre la vida en Caracas, hace el periodista referencias al mercado de la ciudad, el valor de los productos y alimentos

  • JIMENO JOSÉ HERNÁNDEZ DROULERS

12/09/2018 05:00 am

En 1858 llegó a Caracas un viajero y periodista norteamericano llamado H.E. Stanford. Desembarcó en el puerto de la Guaira para emprender el viaje al lomo de una mula por el viejo y empinado camino del cerro hasta alcanzar la ciudad de Santiago de León, donde se alojó en la posada del italiano Basetti, la cual funcionaba en una de las antiguas mansiones coloniales del centro. 

Durante su estadía en la capital venezolana, Stanford dedico su tiempo a estudiar la vida y costumbres de los caraqueños. Posteriormente plasmaría los relatos y observaciones de su viaje entre las páginas del “Harper´s New Magazine”, que fueron reproducidas muchos años más tarde por la “Gaceta Muskus”, gracias a la traducción al castellano del Dr. Alejandro Huizi Aguiar, quien desempeñó el cargo de agregado de negocios de Venezuela en Washington a mediados del siglo XX. 

En cuanto a las primeras impresiones que le causaron la vista del caraqueño común, comenta el norteamericano: -Las gentes aquí son en su mayoría mestizas; las mujeres del pueblo usan mantas blancas, un tipo de pañolón largo sobre la cabeza, recordando un tanto a las mujeres de Constantinopla; los hombres llevan un pantalón suelto, de color marrón, que les llega hasta la rodilla, y sobre éste, una camisa suelta, un alegre pañuelo, si lo tienen, debajo de un sombrero de hoja de palma o de fieltro, y en los pies, sandalias, si las poseen.- 

En una de las partes de este largo trabajo sobre la vida en Caracas, hace el periodista referencias al mercado de la ciudad, el valor de los productos y alimentos que allí se expandían, aprovechando también para hacer una que otra recomendación gastronómica. 

-El centro del mercado está lleno de puestos con toldos, donde se vende la carne flaca de ganado, la cual es el alimento más barato, y el consumo de ella es de una res “per capita” al año.- 

Le llama la atención haber visto puestos de papelón a montones -siendo éste una especie de azúcar parda, y vendiéndose en pequeños panelas de forma cónica. Al igual que varias clases de pan de maíz y casabe, que califica como -alimentos ambos muy populares en las clases pobres.- 

Le sorprende la escaza cantidad de puestos de frutas y vegetales, pero dice que: -El vegetal más importante es el plátano; el más delicioso es la parcha, fruto de la planta llamada flor de la pasión. 

Asombra al turista el precio de todas esas cosas, todo es caro menos la carne. -las papas, cuestan cinco dólares el “bushel”, que equivale a unas 70 libras en peso.- Los productos lácteos no escapan de su atención ya que el importe de estos, a pesar que los llanos se encuentran llenos de ganado, son bastante elevados. -Una libra de mantequilla equivale a 60 centavos de dólar y es importada de los Estados Unidos.- 

En cuanto a la venta de aves de corral y sus productos anota que: -las gallinas cuestan un dólar cada una; pavos, cinco; y se venden cuatro huevos por un real, o sea diez centavos.- 

Los huevos son empaquetados nítidamente en pares, envueltos y atados juntos en hojas de maíz, así los transportan al lomo de burros sin dificultad alguna o el riesgo que se les quiebre la cáscara derramando su contenido. Agrega, en una nota curiosa, que: -los huevos hacen a veces de monedas, pues la mujer a quien preguntamos el precio de unos cambures responde: “Dos huevos, por querer decir 5 centavos.”- 

Sobre la moneda utilizada en las transacciones comerciales que se realizan en las inmediaciones del mercado comenta que: -La única moneda venezolana es el “centavano” de cobre; el resto de las piezas en circulación está constituido por monedas americanas, inglesas y francesas; la doble águila americana, o “morocota” como la llaman, y el “soberano” inglés, son las dos monedas de oro más comunes.- 

Sin duda, lo que más sorprende a Stanford es que siendo en Venezuela tan pródiga la naturaleza, el mercado luzca tan desprovisto y los precios de las cosas sean tan elevados. Entiende el asunto al detenerse a charlar un rato con la mujer de la venta de los plátanos y su esposo. 

-Pregúntesele a aquel individuo atezado, quien se apoya indolentemente absorbiendo el humo del tabaco que su mujer le preparó con esmero. Con esfuerzo abre los ojos y dice: “¿Por qué? ¿Para qué trabajar señor? La comida está a mano de cada árbol. ¿Qué puede impedir cogerla a quien quiera? Cuando deseo una cobija nueva, o un machete, o un poco de aguardiente, traigo unos pocos plátanos u otra fruta al mercado y obtengo lo que pido por ella y todo lo que deseo para un mes completo. 

Quizás sea por ello que: -en las mejores mesas de Caracas, los vegetales y mejores platos vienen directamente de Francia; en el mercado puede uno estar seguro de no obtener lo que desea.- 

Jimenojose.hernandezd@gmail.com 
@jjmhd       

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