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Desprecio o aceptación del corrupto

ECCIO LEÓN. No es un fenómeno nuevo porque la maldad humana no es nueva, si por la maldad entendemos en última instancia, la ignorancia de las leyes inexorables de la naturaleza.

  • ECCIO LEÓN R.

13/06/2018 05:00 am

Sin duda estamos atravesando uno de los momentos más complejos de la historia del país. La corrupción ha llegado a niveles que afectan no solo a los que se involucran en estos actos. La corrupción se ha introducido en el “día a día” de todo y está impactando negativamente no solo a personas e instituciones, sino en las relaciones que se dan entre ellas, es decir, afectando a la cultura misma, entendida como el conjunto de relaciones humanas y sociales. 

Hoy todo es corrupción y el término puede aplicarse a cualquier actividad, grupo humano o persona con una impresionante variedad de matices. Parece como si el país entero se estuviera descomponiendo en partes y hubiera seres especiales destinados a señalar y condenar la putrefacción de esas partes. A tal punto llegan las cosas que para hacerse notar o poder ganar prestigio en el mundillo de los conocidos o reconocidos, hay que agregar al historial ciertos elementos de corrupción para estar a tono con lo que se ha vuelto un "status" generalizado, claro que dentro de lo permisible. 

Porque la corrupción pasa factura, la corrupción tiene efectos perversos conocidos. Erosiona el capital humano y político del país, quiebra el funcionamiento de las instituciones, corrompe los lazos de interacción social y acarrea ineficiencias para el funcionamiento de la economía. Aunque el tema puede abordarse desde muchos ángulos. Los corruptos no son gente honrada. Esto es evidente, pero parece que a fuerza de hablar de la corrupción y de sus efectos nos olvidamos de que los corruptos son personas amorales, sin moral o sin valores sociales de convivencia y solidaridad. En otras palabras: son unos egoístas, sinvergüenzas, hipócritas, mala gente, fanfarrones. 

Si miramos los casos de corrupción, mas sonados indican que la sociedad actual de cómplices no sancionan demasiado estos comportamientos. ¿Por qué es esto así? Expertos periodistas de investigación en este campo han sugerido tres posibles explicaciones. 

La primera es la teoría del intercambio implícito. A veces se asume que toda la corrupción es igual, pero no tiene porqué, es posible que haya un beneficio (económico) implícito que llegue a la sociedad cuando el sujeto hace cosas ilegales. Frases como "será corrupto pero es simpático", o "Es corrupto pero es mi amigo" una vía que justificaría que no hubiese castigo moral. 

Una segunda explicación se relaciona con el rol de la ideología y los medios de comunicación. Es conocido que la ideología puede exonerar los casos de corrupción del sujeto cercano a nuestras posiciones. En algunos casos estos se combinan con un sistema de medios muy polarizado que reproducen casi perfectamente alineamientos cómplice y que hacen que si la denuncia de corrupción la hace un medio "contrario", no se le dé credibilidad. 

La última explicación es la del cinismo antipático. La idea es que si todos los bandidos son percibidos como corruptos enchufados, los ciudadanos no verán razones para cambiar su opinión. El predominio de sentimientos de anti-gestor o desafección ciudadana harían que el castigo sea menor y de ahí la clásica estrategia de acusar a los demás de corrupción cuando se es acusado. 

Es la hora de los corruptos, de los que saben aprovechar hasta la última gota de miseria moral para hacer de ella un negocio rentable. 

No es un fenómeno nuevo porque la maldad humana no es nueva, si por la maldad entendemos en última instancia, la ignorancia de las leyes inexorables de la naturaleza. De acuerdo a las filosofías tradicionales, en nuestro mundo objetivo todo está sujeto a la ley de causa y efecto, de acción y reacción. Por lo tanto, no hay mal que no tenga una respuesta en concordancia, tarde o temprano. 

Podemos quitar máscaras, pero lo fundamental es llegar a la causa que obliga a usar máscaras. Mientras no se promueva una verdadera transformación humana y el despertar activo de una conciencia superior y equilibrada, la corrupción seguirá existiendo. La labor es ardua y compleja, de largo alcance y gran paciencia, pues se trata de forjar a cada uno de los individuos que componen las sociedades, de modo de lograr hombres y grupos sanos, apoyados en valores morales estables y positivos. 

Otro efecto negativo es la informalidad. La corrupción y la informalidad, en mucho van de la mano, pues ambas promueven las economías sumergidas, la matraca, el robo, la extorsión y la estafa cambista; por mencionar solo algunos aspectos. 

En fin, parece que cada vez es más difícil salir de este dinamismo pernicioso de corrupción y violencia ciudadana. Concluyo señalando que para recuperar la confianza, hace falta más que un discurso, hace falta el compromiso de todos por forjar una sociedad mejor. La corrupción encarna la progresiva desintegración de una sociedad, un proceso lento pero inexorable que lo corroe todo. Una depravación de las costumbres por la cual el individuo desprecia todos los valores sociales y familiares para sustituirlos por sus “valores” personales en función de sus ambiciones. 

@el54r 

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