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Uno de los grandes misterios del catolicismo

Estigmatizados famosos: historia y curiosidades

Diversos católicos devotos han sufrido en sus cuerpos las heridas de la crucifixión de Jesús a lo largo de los últimos ocho siglos. Para los fieles se trata de milagros, para la ciencia es un asunto de la mente.

  • Michael Nissnick

19/03/2018 10:14 am

Caracas.-En estos días de Semana Santa la liturgia católica gira en torno a la muerte de Jesús en la cruz por la salvación de la humanidad. A lo largo de la historia del cristianismo ha habido quienes han llegado al extremo de padecer en sus cuerpos el mismo sufrimiento experimentado por el Hijo de Dios. Son los llamados “estigmatizados” o “estigmáticos”, en alusión a los “estigmas” o heridas de la crucifixión: manos, pies, costado y cabeza.

Más allá de las versiones piadosas que defienden este fenómeno como auténtica muestra de gracia divina,  varias han sido las propuestas que han tratado de explicarlo desde la ciencia, entre ellas histeria, estrés, sugestión por hipnosis o muy especialmente procesos sicosomáticos, mediante los cuales el estigmatizado proyecta en su cuerpo el fuerte fervor religioso que experimenta, por lo general producto de éxtasis o trances místicos. En todo caso, al menos algo es seguro: las “heridas sagradas” dan fe del inmenso poder y misterio de la mente humana.

Durante los últimos ochocientos años se han registrado más de trescientos casos de estigmatizados, casi todos en países católicos y en una proporción de siete mujeres por cada hombre. En los próximos párrafos hablaremos de siete de los más conocidos.

San Francisco de Asís

El primer caso registrado de estigmatización ocurrió el 14 de septiembre de 1224 y tuvo como protagonista a uno de los santos más carismáticos de la historia de la Iglesia: Francisco de Asís, fundador de la orden que lleva su nombre, gran amigo de los animales, iniciador de la tradición de los pesebres navideños y autor de bellos poemas como el “himno al sol” y la “oración por todos”.

En aquel día de la Santa Cruz Francisco, de cuarenta y dos años, oraba en lo alto del italiano monte Auvernia y meditaba profundamente sobre el misterio de la Pasión de Cristo. Se le apareció entonces un brillante serafín de seis alas en cuyo centro nuestro fraile distinguió la figura de un hombre crucificado. De él salieron rayos de luz que perforaron las manos, pies y costado de san Francisco, causándole los estigmas, que una fuente histórica describe así: “aparecían las manos y los pies taladrados como de clavos cuyas cabezas se hallaban en las palmas de las manos y en las plantas de los pies, fuera de la carne, y las puntas retorcidas se veían en el dorso de las manos y de los pies, y remachados de modo que por el agujero del remache se podía introducir fácilmente el dedo como en un anillo; las cabezas de los clavos eran redondas y negras”.

San Francisco de Asís llevó las marcas durante el resto de su vida. Murió en octubre de 1226 y fue declarado santo dos años después. 

Santa Catalina de Siena

Esta religiosa dominica del siglo XIV experimentó un tipo particular de estigma.  Su biógrafo Raimundo de Capua cuenta que el 1 de abril de 1375, cuando tenía veintiocho años, Catalina oraba en una iglesia de Pisa cuando entró en éxtasis y se elevó varios centímetros por encima del suelo. Cuando descendió informó a Raimundo que había recibido los estigmas de una aparición de Cristo crucificado, a la que había solicitado una gracia especial: “Señor, mi Dios, te ruego que estas cicatrices no aparezcan exteriormente en mi cuerpo”. Y mientras yo estaba hablando, los rayos sangrientos se hicieron brillantes, adquiriendo un aspecto de luz, llegando en esa forma hasta las mencionadas partes de mi cuerpo”.

Catalina llevó estos “estigmas invisibles” hasta su muerte en 1380 a la edad de treinta y tres años. En 1970 fue proclamada “Doctora de la Iglesia”, siendo una de las cuatro mujeres que hasta hoy ostenta dicha distinción.

Santa Rita de Casia

Tras la muerte de su marido e hijos, Rita de Casia ingresó en la orden agustina, donde vivió una vida de recogimiento y oración. En 1428, a los treinta y seis años, Rita oyó un sermón sobre la coronación de espinas que la impresionó mucho. Poco después, mientras meditaba frente a un crucifijo, sintió que una luz salía de la imagen, llegaba hasta su frente y desde entonces sintió un fuerte dolor en ese lugar, semejante a una espina recién clavada.

Además del dolor, se le formó una llaga maloliente y purulenta (una anomalía si se considera que los estigmas suelen despedir aromas dulces)  que acompañó a Rita durante sus restantes catorce años de vida. Murió en 1457 y hoy se la invoca como patrona de las situaciones difíciles y desesperadas.

Magdalena de la Cruz

No siempre los estigmas tienen un origen divino, sino todo lo contrario. Es el caso de la monja española Magdalena de la Cruz. Nacida en 1487, experimentó sus primeras visiones a los cinco años e incluso intentó crucificarse cuando era niña. Con el paso del tiempo su fama creció como la espuma gracias a los estigmas que experimentó durante treinta y nueve años y sus supuestos dones para las profecías, los milagros y las visiones místicas. Se la llegó a considerar una santa viviente, fue elegida abadesa de su convento e incluso el rey Carlos I de España le pidió que bendijera la cesta de bautismo de su hijo, el futuro Felipe II.

Todo cambió drásticamente cuando Magdalena enfermó en 1543. Sintiéndose próxima a la muerte y desesperada de estar en paz con su alma, la monja confesó que sus supuestas virtudes divinas en realidad eran obra del demonio. Aquello desembocó en un auténtico escándalo y llevó a la prisión de Magdalena de la Cruz en 1544 y su juicio por parte de la Inquisición en 1546. A causa de su fama y sus buenas conexiones con la nobleza, la otrora “santa” se salvó de la hoguera, pero fue condenada a pasar el resto de su vida en un convento de clausura en Andújar, donde soportó humillaciones como la de tumbarse todos los días en el suelo frente al comedor para que las demás religiosas caminaran sobre ella. Murió en 1560.

Beata Ana Catalina Emmerick

En cierta ocasión, un famoso actor y director de cine oraba en su estudio y buscaba inspiración para su próxima película cuando un libro cayó de su biblioteca. Las impactantes descripciones de la crucifixión de Jesucristo que contenía el volumen convencieron aquel director, llamado Mel Gibson, de que estaba ante la respuesta que buscaba. El resultado fue su impactante película “La Pasión de Cristo”, estrenada en 2004.

El libro en cuestión era un conjunto de visiones de Ana Catalina Emmerick, religiosa y mística nacida en el noroeste de Alemania en 1774. Proveniente de una familia humilde, Catalina ingresó en un convento agustino a los veintiocho años. En 1813 una enfermedad la inmovilizó en su cama de forma permanente y por aquellos días también empezó a sufrir los estigmas y alimentarse únicamente de una hostia consagrada diaria.